Historia y política de España


La cara más espantosa de las guerras es la de las atrocidades, y casi siempre son las más terribles las que quedan impresas en la memoria y en el imaginario colectivo. Durante la guerra civil española las atrocidades cometidas fueron muchas -hubo mucha más ‘muerte’ fuera del campo de batalla que dentro de él- pero conviene tener presente el importante papel que jugaron la prensa internacional y la propaganda política en la visión social del conflicto -dentro y fuera de España-, durante su desarrollo, en las décadas de la dictadura y, lo que es más importante, durante la democracia española; en España esas visiones sesgadas, ofrecidas por las fuentes menos solventes y más interesadas, siguen teniendo un papel fundamental a la hora de crear opinión. Los historiadores se preocupan por ser fieles a los hechos, cada uno a su modo, pero los hechos son inalcanzables. Lo que de verdad importa de la Historia, es la opinión que se genera sobre ellos; lo que pensamos de los hechos históricamente narrados, nuestras ideas sobre ellos. La Historia sólo alimenta y cultiva esas ideas. En nuestra época postmoderna, instalada en el relativismo y el consenso, ‘la verdad’ es patrimonio de cada cual, así que tanto vale una opinión como otra. Y con la Historia sucede eso mismo, pero de un modo muy acentuado. De hecho, es quizá la causa de que cada época y cada generación reescriban la Historia tal como la entienden, negando la de la generación anterior -el eterno conflicto generacional-. La época actual concede muy poco valor a la Historia, porque no es una ciencia con finalidad práctica e inmediata -no da dinero, no da para vivir, salvo para una minoría mal seleccionada-. La reescritura actual de la Historia interesa muy poco o nada fuera del gremio historiador. De ahí que cualquiera pueda decir lo que se le antoje, porque la razón es hija del éxito; lo que un personaje de éxito -económico y/o social- pueda decir es mucho más de lo que diga un sesudo profesor con aspecto anticuado y un poco perdido, ajeno a la realidad.

Y es que la guerra civil es, en sí misma, toda una mitología nacional contemporánea. Dado el interés del español por tener razón en todo -un rasgo patrio intemporal-, y su sensibilidad política e ideológica, la guerra civil tiene una importancia capital en la opinión pública. Existen dos versiones de la guerra, y seguirán existiendo por mucho tiempo, porque forman parte del acervo ideológico de las corrientes de opinión política. Antony Beevor, un excelente historiador militar británico al que respeto profundamente, no fue en su famoso libro La Guerra Civil Española (Barcelona, Crítica, 2005) capaz de sustraerse a las tentaciones ideológicas. Mientras que en el resto de sus obras más famosas (Stalingrado, y Berlín 1945: la caída) da lo mejor de su prosa al relato bélico, en La Guerra Civil hace un alegato de la República que sorprende. Su ejemplo vale para manifestar el irresistible magnetismo político de la contienda. Y ello por muchas razones. En el tratamiento de la segunda guerra mundial, por ejemplo, se muestra menos maniqueo -y eso que el régimen nazi fue mucho más duro en sus prácticas que el franquista- que en el de la guerra civil. Quizá se deba a que Franco, el gran vencedor de la contienda, tuvo un éxito total y absoluto tras su victoria: gobernó España durante treinta y seis años (1939-1975) y tuvo el raro privilegio de ‘morir en la cama’ debido a enfermedades propias de su avanzada edad, y no en un atentado o en un golpe de estado. Muy pocos dictadores de su época lo consiguieron en la Europa de la Guerra Fría. Y es que Franco, como Stalin en la URSS, o Fidel Castro en Cuba, gozaron de la adhesión política y moral de, al menos, la mitad de sus compatriotas. De otro modo, hubieran sido desplazados antes o después. A Franco se le pinta actualmente como un auténtico hijo del diablo, dechado de todos defectos y perversiones que pueda tener cualquier político -fue un dictador al fin y al cabo, y la opinión democráctica hoy en Occidente es incontestable-. Y además se insiste machaconamente en su falta de aptitud y cualidades como general. Y sin embargo, los hechos son tercos: ganó casi todas las batallas de la Guerra Civil, y luego mantuvo el poder en sus manos durante décadas. ¿Puede un mal general y un mal político conseguir esos éxitos? También se argumenta que lo consiguió liquidando a la mitad de España, lo cual es una paradoja. Las dictaduras asesinas -y la franquista lo fue sin duda- acaban ahogándose en su propia sangre, porque empujan a la gente a combatirlas desesperadamente. Pero los españoles que la combatieron fueron muy pocos, y estaban muy politizados. Se ha intentado aureolarlos de heroísmo -el miliciano, la miliciana, el guerrillero, el exiliado- pero las contradicciones de su misma exaltación han dado un resultado artificial. España ha patrocinado campañas culturales para poner de relieve el llamado "terror blanco", que finalmente han caído en el olvido y la indiferencia generales. La gente no siente ya la llamada de la sangre de los asesinados políticos. Han pasado más de dos generaciones desde 1939. De la Guerra Civil en España sólo se conservan vagas ideas sobre la maldad del Ejército -nacional-, la Guardia Civil y la Iglesia. Y poco más.
El origen de esta visión, dominante hoy en España, estuvo en buena medida en la prensa internacional que relató el conflicto para el mundo occidental -sobre todo anglosajón-, que fue luego recogida por la ‘generación progresista’ que capitalizó todas las esferas sociales, políticas y culturales de la primera democracia española, en la década de 1980. Y sin embargo, la visión de los republicanos que vivieron el conflicto fue muy distinta de la suya. Muchos republicanos de la tercera edad renegaron de los ‘amaños’ y del descaro con que la generación de sus hijos comenzaba a tratar la historia del conflicto. Pero fueron silenciados. No se les hizo caso -total, eran viejos-, y la razón tenía que estar de parte de los jóvenes, fuera cual fuese su versión de la guerra, por más que fuera vivida por sus mayores -contaminados ideológica y culturalmente por tantos años de dictadura-.

Víctimas y a la vez vehículos de la propaganda de guerra, los corresponsales de periódicos extranjeros se dejaron caer en la trampa de dar por buenas "informaciones" sensacionalistas -total, ir a España era una aventura a las profundidades del odio, y había que contarlo así- que les llegaban de parte interesada, o que recogían ellos mismos sobre el terreno; había que vender morbo y heroísmo, y así se hizo; la confusión, la rapidez de los acontecimientos y las precarias comunicaciones, así como la lejanía del conflicto, permitían toda suerte de mitificaciones, sobre todo las más impresionantes; recurrir al bulo exagerado y morboso era tentador. Las primeras impresiones que enviaron algunos periodistas británicos, poco inclinados a creer a los caóticos republicanos -el caos resta credibilidad a las fuentes- partieron sobre todo de fuentes nacionales. El mundo, aprensivo desde la Revolución Rusa ante la visión del caos y la violencia de la extrema izquierda, quiso oír la versión de la propaganda nacional. Lógicamente, el prestigio de la República en el mundo decayó, y ello pesó en su contra cuando necesitó adquirir armamento en los meses cruciales de la guerra. Las atrocidades y el vandalismo de que daban cuenta muchos periódicos anglosajones -y la prensa británica tenía entonces un gran prestigio- calaron hondo entre los círculos diplomáticos y políticos de las democracias occidentales, Gran Bretaña y Francia sobre todo. El gobierno del Frente Popular de Francia -mucho más democrático que el de su homónimo español-, encabezado por el socialista Léon Blum, descartó la simpatía ideológica por los revolucionarios españoles -sus groseras formas no eran aceptables en democracia- y, alarmado por la reocupación alemana de Renania en la primavera de 1936, decidió no identificarse con los revolucionarios -ni españoles ni soviéticos- y confiar en la línea política de Gran Bretaña en las relaciones internacionales -el apaciguamiento de Hitler y el aislamiento ‘sanitario’ de la Unión Soviética-.

La batalla de la opinión pública del mundo occidental no la ganó la República hasta el bombardeo de Guernica, en abril de 1937, cuando ya la guerra estaba casi perdida para el gobierno revolucionario republicano. Durante el verano de 1936, los corresponsales británicos fueron víctimas de sus propios clichés sobre el "carácter violento" de los españoles, dando crédito a narraciones fantásticas, cuando no totalmente imaginarias, de los que huían de las zonas de peligro, tanto bélico como revolucionario.
Fueron seguramente las atrocidades de significación religiosa las que más se difundieron fuera de España; el vandalismo antirreligioso desenfrenado de los revolucionarios españoles armados se presentaron en los periódicos británicos como una reedición de la Guerra de los Treinta Años, o de las persecuciones religiosas medievales, y que hacían estremecer de horror a los lectores -sensacionalismo- ante una nueva "barbarie". De la Revolución Rusa apenas se tenían imágenes en el recuerdo colectivo; los reporteros gráficos anglosajones llenaron esa laguna fotografiando los horrores de la revolución española, inspirada en el obrerismo marxista. Muchos milicianos se dejaron fotografiar orgullosamente con el resultado de saqueos o incendios en iglesias y conventos, o con la broma macabra -muchas fotos hubo de ella- de posar junto a momias y esqueletos de eclesiásticos, sacados de sus tumbas no se sabe bien para qué -odio irracional y grotesco, y burda profanación lúdica-.

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