Primera Guerra Mundial



Guerra submarina sin
restricciones.

Con
este panorama interno, el gobierno alemán tomó la fatal decisión de golpear en
la raíz misma de la fuerza industrial de su enemigo, recurriendo a la guerra
submarina sin restricciones. Hindenburg y Ludendorff comprendían perfectamente
el riesgo que ello suponía, es decir, la probable entrada de Estados Unidos en
la guerra; pero calculaban que cuando la participación de los norteamericanos
se hiciera efectiva, ellos ya habrían ganado la guerra. Era, como dijo un
estadista alemán, la última carta que les quedaba: y si no son triunfos, estaremos perdidos durante siglos. No iba muy
desencaminado.

En
1914 pocas armadas habían comprendido el potencial del submarino. Los motores
de los primeros modelos, impulsados por gasolina, sólo los hacía adecuados para
la defensa costera, e incluso cuando, poco antes de la guerra, fueron equipados
con motores diésel, siguieron siendo básicamente sumergibles, muy vulnerables en superficie y con una capacidad de
inmersión muy limitada. Su poder letal quedaría demostrado unas semanas después
de estallar la guerra cuando un submarino alemán hundió tres incautos cruceros
británicos en el Canal de la Mancha. No obstante, atacar buques de guerra era
juego limpio, pero hundir mercantes desarmados no lo era. Durante más de tres
siglos de guerra comercial, las potencias marítimas europeas habían elaborado
complicadas normas respecto al tratamiento de los barcos mercantes en alta mar
en tiempos de guerra. Los países beligerantes tenían derecho a detenerlos y a
registrarlos en busca de contrabando,
es decir, de material de guerra. Si se encontraba esta clase de material, el
buque tenía que ser escoltado al puerto más próximo, donde un tribunal de presas marítimas decidiría
si el cargamento era o no contrabando, y si lo era, quedaba confiscado. Si por
alguna razón no era posible llevar a cabo este procedimiento, el buque podía
ser destruido, pero sólo después de desalojar y poner a salvo a los pasajeros y
a la tripulación. En la práctica, la única nación beligerante capaz de
semejantes maniobras y precauciones era Gran Bretaña; mantener esas normas
suponía la eliminación del tráfico marítimo de las potencias centrales, puesto
que éstas no poseían buques de superficie suficientes para funciones de policía
marítima y de rescate de tripulantes –aun en el hipotético caso de que
consiguieran igualar el potencial de la armada británica y prevenir una acción
defensiva por parte de ésta–. Eran normas adecuadas para la interacción de los
mercantes con buques de guerra (británicos) en situaciones de calma. Nada de
eso era aplicable a los submarinos. No había espacio suficiente para acomodar a
otra tripulación, para manejar los buques apresados, ni para alojar a los
prisioneros. Si emergían a la superficie con el propósito de dar aviso de
ataque, se hacían vulnerables a cualquier armamento que su víctima pudiese
llevar, exponiéndose asimismo a que su posición fuera inmediatamente revelada
por radio; pero hundir el buque sin aviso y sin salvar a la tripulación era,
desde el punto de vista de las estrategias navales de preguerra, impensable.

Sin
embargo, el bloqueo había sido siempre fundamental para la evolución de la
guerra entre las potencias marítimas, y con la llegada de la industrialización
lo fue más que nunca. En las guerras entre sociedades agrarias, el bloqueo sólo
podía destruir el comercio, y con él la riqueza que permitía que los estados
continuaran con el conflicto. La población podía seguir alimentándose. No
obstante, el bloqueo en sociedades industrializadas, especialmente en aquellas
en aquellas tan bien urbanizadas como la británica y la alemana, no sólo
interrumpía el comercio, creando así (según se creía) el caos financiero, sino
que también destruía la industria, privándola de materias primas, por no
mencionar la hambruna que provocaba en las poblaciones urbanas, impidiendo el
avituallamiento de alimentos importados. Ésta era la pesadilla que había
perseguido a los planificadores y publicistas británicos antes de la guerra,
cuando contemplaban lo que implicaría perder el dominio del mar. Y el almirantazgo británico esperaba alcanzar
la victoria sobre Alemania utilizando esta arma sin necesidad de mayores
compromisos militares en el continente.

Hacia
1916 el bloqueo británico estaba logrando sus objetivos. Los alemanes podían
llevar a cabo de forma esporádica maniobras evasivas a través de las potencias
vecinas neutrales –Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega– y sus científicos
habían ideado la elaboración de productos nacionales capaces de sustituir a las
importaciones más esenciales, como tejidos, caucho, azúcar y sobre todo
nitratos para explosivos y fertilizantes artificiales. Sin embargo, la presión
estaba siendo verdaderamente letal. La mortalidad entre las mujeres y los niños
pequeños había aumentado en un 50% y las enfermedades relacionadas con el
hambre, como el raquitismo, el escorbuto y la tuberculosis, eran endémicas en
Alemania. Al final de la guerra, los cálculos oficiales alemanes atribuían
directamente al bloqueo 730.000 muertes. Probablemente la escasez fue debida a
las distorsiones de la economía causadas por las enormes exigencias bélicas.
Pero la propaganda gubernamental podía atribuir de manera plausible a la
brutalidad de los británicos todas las penurias sufridas por la población
civil. ¿Por qué no hacer sufrir a su vez a los británicos?

Infligir
sufrimientos a los británicos no sólo parecía factible a ojos de la mayoría de
los alemanes, sino que lo consideraban totalmente legítimo. Aquéllos ya habían
forzado, si no quebrantado, la ley internacional, cuando en noviembre de 1914
declararon zona de guerra todo el Mar
del Norte, por donde los barcos neutrales sólo podían navegar mediante una
autorización de la armada británica. Los alemanes respondieron en febrero de
1915 declarando zona de guerra todos
los accesos a las Islas Británicas, en cuyas aguas destruirían todo mercante
hostil a ellos, sin poder garantizar la
seguridad de las personas y mercancías a bordo
. Tres meses más tarde (mayo
de 1915), los británicos intensificaron la confrontación anunciando su
intención de apoderarse y confiscar cualquier mercancía que sospechasen
destinada a Alemania, fuese cual fuese su propietario o supuesto destino. De
este modo impusieron el bloqueo absoluto de todo comercio con Alemania sin
respetar los derechos de neutralidad ni las definiciones legales de
contrabando. Esto levantó enormes protestas en Estados Unidos, que cien años
antes había entrado en guerra con Gran Bretaña por aquella misma cuestión; pero
apenas iniciadas las condenas, el 6 de mayo de 1915, un submarino alemán hundió
el lujoso transatlántico británico Lusitania
en la costa del sur de Irlanda durante un viaje procedente de Nueva York. Sin
duda el buque llevaba contrabando en forma de municiones y el consulado alemán
en Nueva York había advertido a los ciudadanos norteamericanos el riesgo que
corrían en aquel viaje. A pesar de todo, 128 norteamericanos emprendieron el
viaje, pereciendo la mayoría de ellos junto con más de 1.000 pasajeros.

La
conmoción que este hecho supuso para la opinión mundial fue comparable al
hundimiento del Titanic tres años
antes, y fue explotado por la propaganda británica hasta la saciedad como un
ejemplo más del horror alemán. Ahora
se pone de manifiesto con toda claridad que en la batalla por la opinión
pública norteamericana, Alemania estaba en franca desventaja: mientras que el
bloqueo británico sólo les costaba dinero a los norteamericanos, el alemán les
costaba vidas. Tras el hundimiento de otro barco de pasajeros, el Arabic, el mes de agosto de 1916, y
aunque solamente se perdieron dos vidas norteamericanas, las protestas de
Estados Unidos fueron tan violentas que la armada alemana prohibió a los
comandantes de sus submarinos el hundimiento a simple vista, obligándoles a
abandonar el Atlántico y el Canal de la Mancha. Esto significaba que los
comandantes de los submarinos tenían que ceñirse ahora a las leyes de la guerra de cruceros, que implicaba
emerger para identificar y detener a los buques sospechosos –que a menudo iban
armados, y podían ser incluso buques de guerra británicos camuflados como
barcos neutrales desarmados– y asegurarse de que tanto los pasajeros como la
tripulación estuviesen a salvo en los botes salvavidas antes de hundir su
barco, dando así tiempo suficiente para que sus víctimas comunicasen por radio
su posición y la de sus atacantes. A pesar de todo, las pérdidas que infligían
eran considerables. A finales de 1915 habían hundido buques aliados por un
total de 885.471 toneladas, y a finales de 1916, 1.230.000 toneladas más. La
armada británica parecía incapaz de detenerlos. ¿Qué no harían si sus manos no
estuviesen atadas?

Para
analizar esta cuestión, el estado mayor de la armada alemana nombró a un grupo
de expertos, que llegó a importantes conclusiones. Afirmaban que los británicos
sólo disponían de unos 8.000.000 de toneladas de buques aptos para cualquier
propósito. Si se conseguía aumentar el índice de hundimientos a 600.000
toneladas al mes, y los barcos neutrales eran ahuyentados, en el curso de seis
meses Gran Bretaña carecería de alimentos básicos como el trigo y la carne; su
producción de carbón quedaría paralizada por falta de madera escandinava para
el mantenimiento de los pozos, que tendrían que reducir su producción de hierro
y acero, minimizando a su vez la capacidad de reemplazar los buques perdidos.
La rendición de los británicos en los seis meses siguientes era pues
estadísticamente segura, tanto si Estados Unidos entra en la guerra como si no.

Para
muchos alemanes que no estaban al tanto de estas estimaciones, el asunto de la
guerra submarina a ultranza parecía ahora abrumador, y se llevó a cabo un
debate público sobre aquella cuestión durante la segunda mitad de 1916. Por un
lado estaba la armada, el alto mando y las fuerzas políticas de la derecha. Por
otro, el ministerio de exteriores, el canciller Bethmann Hollweg y los
socialistas del Reichstag. Bethmann Hollweg no confiaba en las estadísticas.
Estaba convencido de que una guerra submarina sin restricciones provocaría la
entrada de Estados Unidos en el conflicto, y aquello garantizaría la derrota de
Alemania. Pero no encontraba otra alternativa que no fuese la de firmar la paz,
y las únicas condiciones de paz que el alto mando estaba dispuesto a considerar
nunca serían aceptadas por los aliados.

 

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