Primera Guerra Mundial


Presiones internas a
principios de 1917.

Los
protagonistas originales, Rusia y Austria, estaban más que dispuestos a firmar
la paz. Las presiones en sus frentes internos eran casi insostenibles. En todas
partes había escasez de comida, combustible y materias primas industriales,
–consecuencia, no tanto del bloqueo aliado– como de las insaciables exigencias
del sector militar de la economía. La tremenda inflación provocó la entrada de
los bienes básicos de consumo en el mercado negro. Los beneficiados fueron los
especuladores de las industrias de guerra, cuyo descarado alarde de sus recién
adquiridas riquezas intensificó el odio social. Los campesinos todavía podían
acumular reservas y recurrir a una economía de trueque. Por lo tanto, los que
más sufrieron fueron los asalariados urbanos, que tenían que hacer colas
durante horas –a menudo bajo las codiciones de un tiempo inclemente– para
obtener los únicos productos disponibles, casi siempre de muy mala calidad. Las
huelgas y los motines del hambre se hicieron endémicos en todos los países de
la Europa central y oriental. Las penurias internas –junto con las pérdidas
sufridas por sus ejércitos– no dieron cabida a los sentimientos patrióticos, ni
a las lealtades dinásticas, que sustentaban a los imperios ruso y austriaco
desde 1914. A finales de 1916 ambos imperios comenzaban a desintegrarse. En
noviembre murió Francisco José, de 86 años, y se tuvo la impresión de que
aquello presagiaba un fúnebre futuro para la doble monarquía. El joven Carlos,
su sucesor, empezó a negociar bajo mano con Francia para rendirse por separado.
Pero Alemania ejercía tal influencia sobre Austria, que acabó controlando tanto
su esfuerzo bélico como su política, cortando todo afán de rendición separada.

En
Rusia los aliados occidentales nada hicieron para sostener políticamente al
zar, que en febrero de 1917 había sido casi derrocado por una revuelta del
hambre, capitalizada por políticos y revolucionarios de izquierdas. En Londres y
París no estaban dispuestos a firmar la paz. Primero, sus eficientes y poco
corrompidas burocracias todavía podían manejar de forma competente la economía,
evitando así grandes penurias a los civiles; segundo, el dominio del mar les
daba acceso al abastecimiento de los países americanos. Aunque la deuda
creciente generada por las masivas compras de suministros americanos era una
bomba de tiempo para Inglaterra, de momento se le concedieron créditos
prácticamente sin límite. El hastío de la guerra aumentaba manifiestamente
entre franceses y británicos; los socialistas, que habían arrimado el hombro
para luchar por sus naciones cuando estalló la guerra, comenzaron a hablar de
la necesidad de firmar la paz. En 1917 esa corriente era minoritaria en la
opinión pública de los aliados, y la rabia se descargaba contra la conducción
del conflicto y sus resultados, pero no contra su continuación. A ambos lados
del canal, la implicación creciente del sector civil en el sostenimiento de la
guerra trajo la intrusión de los políticos civiles en la gestión de la misma.
Joffre fue políticamente responsabilizado de la carnicería de Verdún, y los
políticos lo reemplazaron por un militar más dócil, Robert Nivelle. A Douglas
Haig le fue mejor en Inglaterra pese al desastre del Somme: el descontento
popular se cebó en el gobierno de Herbert Asquith, que llevaba su gestión
política y su administración pública de forma descuidada y chapucera. En
diciembre de 1916, Asquith fue sustituido en su puesto de primer ministro por
David Lloyd George: un “hombre del pueblo”, a quien se atribuía con justicia la
creación de la infraestructura que soportaba los esfuerzos de la guerra y que
gozaba del carisma de un líder de guerra nato. El estado de ánimo general tanto
en Francia como en Gran Bretaña a finales de 1916 no se decantaba tanto a favor
de la paz –evidentemente no mientras los alemanes permaneciesen en Bélgica y en
el nordeste de Francia–, como de hacer la guerra de forma más eficaz.

Éste
era también el sentir de los líderes militares alemanes. Mientras que en
Francia y Gran Bretaña los reveses militares habían llevado a una afirmación
del liderazgo civil, en Alemania los éxitos militares, especialmente los
cosechados en el frente oriental, habían reforzado de tal manera la reputación de
Hindenburg y Ludendorff que, cuando desplazaron a Falkenhayn del mando de los
ejércitos en agosto de 1916, prácticamente tomaron también las riendas del
país. Pero a pesar de que Falkenhayn había perdido el cargo y el poder, sus
ideas habían triunfado. La experiencia de Verdún y el Somme convenció a sus
sucesores de que la naturaleza de la guerra había cambiado sustancialmente. Ya
no se trataba de un conflicto que había que resolver en el campo de batalla, a
través de una destreza y una moral militar superiores, sino de un conflicto de
resistencia entre sociedades industriales, en el que el control de las fuerzas
armadas se combinaba sólidamente con el control de la producción y distribución
de los recursos disponibles. Los civiles eran parte intrínseca de la maquinaria
de guerra, al igual que los militares; por consiguiente era lógico que fueran
puestos bajo control militar. Así pues, el alto mando creó un ministerio supremo de guerra (Oberste
Kriegsamt), para controlar el trabajo y la industria, y aprobó una ley del servicio auxiliar
(Hilfdienstgesetz), que hizo que toda la población quedara sujeta a un servicio
militar obligatorio. De hecho los militares crearon una burocracia superpuesta,
paralela a la civil, y en abierta competencia con ésta, en lo relativo al
gobierno del país. Los militares se convirtieron en burócrata y también en
políticos. El estado mayor de Ludendorff fomentó una campaña a favor de los
objetivos triunfalistas de la guerra establecidos en el programa de septiembre
de 1914: el control permanente de Bélgica y del norte de Francia, junto con
extensas anexiones de territorios en Polonia y el oeste de Rusia (el llamado
Oberost).

Actuando
de este modo empeoraron las tensiones que empezaban a dividir a la sociedad
alemana. Los socialistas, cuyo electorado radicaba en las clases obreras, eran
el partido más fuerte del Reichstag, que todavía tenía poder para votar o vetar
los créditos de guerra (Kriegsanleihen). En 1914 se les convenció para que
dieran su respaldo a lo que se les había planteado como una guerra defensiva
contra la agresión rusa. Ahora los rusos habían sido totalmente derrotados. La
solidaridad de las clases obreras se vio quebrantada por la inteligente
política de cooperación del ejército con los sindicatos y los sustanciosos aumentos
salariales en las industrias relacionadas con la guerra, pero el malestar
crecía y comenzaba a exigirse una paz sin
anexiones ni indemnizaciones
, que encontró un mayor apoyo en las ciudades
donde la escasez de alimentos provocaba ya importantes disturbios. La pérdida
de la cosecha de la patata en otoño de 1916 obligó a la población urbana más
pobre a subsistir todo el invierno con una dieta prácticamente a base de nabos.
Las terribles pérdidas en Verdún y en el Somme –1.500.000 hombres muertos o heridos–
se habían cobrado su peaje en la moral alemana, tanto civil como militar. No
obstante, por más eficaz que fuera el alto mando en exprimir y obtener mayor
productividad de la economía alemana, cada vez resultaba más improbable que el
pueblo alemán respaldase la guerra durante otro año más.

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