Primera Guerra Mundial


La Ofensiva de Brusilov.

Paradójicamente,
la contribución rusa a la ofensiva aliada de 1916 fue la más eficaz de toda la
guerra, hoy reconocida casi por todo el mundo. En marzo los rusos habían atacado
en el sector norte del frente, en dirección a Vilna; pero, a pesar de ser
superiores en número, armamento y municiones, fueron rechazados con un saldo de
100.000 bajas. No obstante, Rusia mantuvo sus compromisos con los aliados y
lanzó en junio un ataque en el frente de Galitzia, a las órdenes del general
Alexei Brusilov, que abrió un boquete de 30 km de ancho entre los ejércitos
austrohúngaros, penetró unos 90 km en sus líneas e hizo 500.000 prisioneros. El
éxito de Brusilov puede atribuirse en parte a la baja moral de las fuerzas
austrohúngaras, y a la pésima calidad de su alto mando, junto con el
–aparentemente– ilimitado coraje del soldado ruso. Pero todavía fueron más
importantes la preparación y las ideas puestas en marcha para la operación: la
detallada planificación, la estrecha cooperación entre la infantería y la
artillería, la inmediata disponibilidad de las reservas para aprovechar los
primeros triunfos y, sobre todo, las medidas tomadas para garantizar la
sorpresa. Éste era un indicio de que los ejércitos comenzaban por fin a
encontrar la salida de aquel punto muerto táctico.

Para
los rusos aquella iba a ser una victoria pírrica. Sus ejércitos sufrieron casi
un millón de bajas, y nunca se recuperaron. Su éxito infundió valor a la vecina
Rumanía, el último país neutral de los Balcanes, para unirse a los aliados.
Pero el ejército rumano resultó ser tristemente incompetente, y no tardó en ser
aplastado por una ofensiva más bien modesta, en la que participaron tropas
austrohúngaras, búlgaras y alemanas. Al frente de la misma destacó el general
Falkenhayn, lo que rehabilitó parcialmente su prestigio perdido en el oeste.
Rumanía quedó devastada, –con todas sus reservas de grano y petróleo–, recursos
que para la doble alianza comenzaban a escasear de modo alarmante. A pesar de
todo, las perspectivas de victoria no parecían próximas. La pregunta que ahora
se hacían ambos bandos –cada vez con mayor desencanto– era: si no hay
perspectivas de victoria, ¿por qué no firmar la paz?

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