La UNIFICACIÓN del CRISTIANISMO


318 a 381 ARRIO, presbítero (= sacerdote y maestro) de Alejandría, enseña que Cristo ha sido creado (no tiene pues vida eterna) por Dios, y no es igual a éste. Posteriormente suaviza esta distinción aceptando que son de sustancias semejantes (‘homoiusia’). Esta desviación de la doctrina cristiana prende rápido y arraiga, lo que obliga a CONSTANTINO el GRANDE a convocar un concilio de toda la Iglesia cristiana:
325 El CONCILIO de NICEA separa las doctrinas cristianas divergentes de las ortodoxas y fija y reafirma estas últimas. Formula una profesión de fe universal (oración del ‘credo’), según la doctrina del epíscopo ATANASIO (el ‘credo’ o ‘signo niceno-constantinopolitano’): Cristo es igual a Dios en naturaleza por el principio de ‘Homusia’ (distinta de la ‘Homoiusia’ de Arriano), esto es, identidad de sustancia.
381 El CONCILIO de CONSTANTINOPLA (II concilio ecuménico cristiano, reunión de todas las comunidades cristianas en contacto con Roma y/o Constantinopla) confirma las definiciones dogmáticas del Concilio de Nicea, dada la persistencia del arrianismo, sobre todo en los grandes pueblos góticos (visigodos y ostrogodos).

Los PADRES de la IGLESIA

  1. JERÓNIMO (ha. 345 a 420), dálmata, traduce la biblia de sus idiomas originales (arameo y griego) al latín, la lengua más hablada de su época. Su traducción se conoce como ‘Vulgata’ (= popularizada, difundida entre el vulgo o pueblo).
  2. AMBROSIO de MILÁN (ha. 340 a 397), galo-romano nombrado epíscopo de Milán, elabora (siguiendo el modelo retórico de CICERÓN sobre las virtudes romanas) doctrinas sobre las virtudes y los deberes de los cristianos, y sobre las normas del culto: "De officiis ministrorum"
  3. AGUSTÍN de HIPONA (354 a 430), afro-romano nacido en Tagasta (Numidia, act. Argelia), se convierte al cristianismo ya adulto (386), y su rigurosa vida religiosa y sus estudios sobre el cristianismo lo llevan el 395 al cargo de epíscopo de Hippona (cerca de Carthago, act. Túnez). Sus obras más famosas son "De civitate Dei" (separación y oposición de lo terrenal humano a lo celestial divino) y sus "Confesiones". Agustín defiende la coexistencia de la razón humana con la fe cristiana, y afirma que para salvarse es necesario primero recibir la ‘Gratia Dei’, la GRACIA de Dios. El hombre, por sí solo, no puede alcanzar la salvación sin el apoyo de Dios.
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