Conflicto social y religión en el Renacimiento


La escalera que conducía desde el hombre hasta Dios tenía muchos escalones. Una ventana en la iglesia de San Lorenzo en Beauvais, mostraba a un hombre arrodillado solicitando la intercesión del santo titular; S. Lorenzo, a su vez, mira suplicante hacia la Virgen María, quien mira hacia Cristo, quien por su parte mira hacia Dios padre. Aquellos que deseaban desbrozar los escalones de santas reliquias, devociones marianas y símbolos eucarísticos, a fin de acudir sin intermediarios a Dios, sin intervención sacerdotal, estaban aislados, y su número no aumentó perceptiblemente con el paso de la Edad Media a la Edad Moderna. Únicamente en Bohemia estaba extendida la herejía, como un legado de la convulsa época de Jan Hus. Los utraquistas, que practicaban la comunión bajo las especies del pan y el vino, y leían los Evangelios y las Epístolas en su checo vernáculo, tenían una cierta importancia social, con poderosos respaldos entre las clases medias rurales, y en ciertas ciudades, en su mayor parte checas, se les permitía practicar sus ritos heréticos, que la población católica y las autoridades locales veía como excéntricos pero carentes de peligro social o violencia.

Mucho más extremistas eran los “Hermanos Bohemios”, que se encontraban prácticamente fuera del alcance de la ortodoxia católica, escondidos entre los inmensos bosques y las montañas de sus territorios. En una carta al humanista Erasmo de Rotterdam, el jefe de los Hermanos Bohemios Jan Slechta, un checo culto que contaba con cierto desahogo económico, explicó sus opiniones religiosas, políticas y sociales: describía al papa y al clero católico como el Anticristo y sus secuaces. Los Hermanos Bohemios elegían a sus propios obispos, seglares analfabetos con mujeres y familia. Se saludaban unos a otros con el apelativo de “Hermano” y no reconocían otra autoridad que la de la Biblia. Sus sacerdotes oficiaban la misa sin usar vestiduras litúrgicas especiales, utilizaban pan con levadura para la Eucaristía y su única oración era el Padrenuestro. Negaban la transustanciación y consideraban idolátrica la adoración de la hostia como cuerpo de Cristo. Ridiculizaban los “votos” (especie de juramentos) pronunciados en nombre de los santos, las oraciones por la salvación del alma de los muertos y la confesión de los pecados. No guardaban ninguna festividad religiosa, salvo los domingos, la Navidad, la Pascua y el día de Pentecostés.

La importancia de los Hermanos Bohemios residía sobre todo en la influencia que ejercían sobre las gentes que llegaban de todas las regiones de la Europa Central para trabajar en las minas de plata checas que había en sus territorios. No muy distintas eran las creencias de los Valdenses, una secta que encontraba su máximo arraigo entre los valles alpinos del Piamonte y el sudeste de Francia, y que en Italia contaba con comunidades dispersas en las zonas montañosas como los Abruzzos o la Calabria interior. Enemigos declarados de los curas católicos, recelosos de toda práctica cuya legitimidad no se pudiera extraer de los Evangelios y de las Epístolas, creían que toda persona que viviera una vida pura podía administrar los sacramentos que ellos consideraban únicamente como la carne y la sangre de Cristo. Vivían en la pobreza (la mayoría de ellos, sin habérselo propuesto, pues habitaban regiones de clima duro y suelos áridos) y se preparaban para ayudar a la misa ortodoxa en los pueblos católicos cercanos a sus comunidades, con el fin de desviar la atención de la Iglesia y prevenir las repetidas persecuciones violentas vividas desde sus orígenes en el siglo XII. A partir de 1488 se les persiguió sañudamente y su número quedó muy reducido.

Tras los Hermanos Bohemios y los Valdenses, un tercer grupo con similares rasgos de heterodoxia y conflictividad era el de los Lollards ingleses, que trataban de mantener vivas las ideas de John Wycliff, líder populista y hereje destacado: rechazaban la transustanciación eucarística, la confesión de los pecados, las oraciones por la salvación de los difuntos y el celibato eclesiástico. Recelaban de toda ceremonia que no fuera de origen bíblico e insistían en la gran importancia de leer individualmente la Biblia en su lengua vernácula, el inglés. Las ideas de los Lollards se circunscribían por lo general a sectores sociales pobres y marginados. Aunque se podía legalmente condenar a muerte a un Lollard si, después de descubierto y retractado, reincidía, los obispos católicos ingleses no los persiguieron sistemáticamente. Su número era escaso y muchos de ellos se retractaban de sus creencias lolardas tras ser detenidos por vez primera y no reincidían. Es imposible decir cuántas personas que no eran Lollards, aunque se les podía identificar como tales, aceptaron la influencia del grupo lolardo por los argumentos que esgrimía contra la riqueza ritual del clero católico y su exclusividad, así como por su odio contra el papado y los altos impuestos que recaudaba en Inglaterra.

Además de estas sectas, cada una de las cuales poseía (o en el caso de los Lollards había poseído) alguna “firma” como comunidad organizada e independiente de la Iglesia, en toda Europa se daban casos de vez en cuando de individuos que, movidos por algún tipo de perturbación psíquica, profanaban la hostia tirándola al suelo o gritaban que el papa era el Anticristo, o que iban a engendrar a un nuevo Salvador. La ausencia de una clara idea del progreso secular, añadida a la perdurable tradición de los “sueños quiliásticos” medievales, suponía que, en los momentos de fuerte tensión política o social, las más apasionadas predicciones sobre el advenimiento del Anticristo o el Fin del Mundo se bosquejaran sobre el futuro, sin que aparecieran como inherentemente inverosímiles. Los excesos místicos condujeron a unos pocos grupos de “alumbrados dejados” en España a proclamar que la unión personal con Dios los libraba de la inclinación al pecado (impecabilidad) y justificaban los excesos sexuales que practicaban “en estado de iluminación”  por la imposibilidad de pecar (impecancia).

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