Demasiado corazón: el gobierno de Alexandra


La zarina Alexandra quería al zar Nikolai II, su marido, con locura; conocía a fondo sus debilidades pero deseaba, a fuerza de voluntad y esfuerzo, hacer de él un gran soberano absolutista. Pero lo alejó de sus parientes, y lo envió a dirigir el ejército lejos de la capital, con el deseo de que recuperase el papel personal de emperador y padre de la patria, papel que había perdido a raíz de la Revolución de 1905. Cuando Nikolai se fue al frente, dejándole a su mujer la dirección política de Rusia, Alexandra le escribió quizá demasiado a menudo: varias cartas al día desde agosto de 1915 a febrero de 1917. Amor y política se mezclaban en la correspondencia, tristemente arrastrada por el corazón y el sentimiento únicamente, a despecho de cualquier cálculo político racional:

“Por fin te manifiestas emperador y verdadero autócrata, sin lo cual Rusia no puede existir. Si hubieses cedido en ese punto, te hubiesen sacado pronto otras concesiones –no hay más salvación sino en tu firmeza–. Sé lo que te cuesta y sufro terriblemente por ti. Perdóname, ángel mío, por no haberte dejado en paz y por haberte molestado tanto. Pero conozco demasiado bien tu carácter excepcionalmente débil; tuviste que vencerlo esta vez para vencer solo contra todos. La historia de esas semanas y días representará una página gloriosa de tu reinado y de la Historia de Rusia. Dios, que es justo y está a tu lado, salvará el país y el trono por medio de tu fortaleza.”

La persuasión de la zarina arruinó la última posibilidad de salvar la situación política rusa dentro del marco constitucional, con la participación de las élites y de la tímida opinión pública. De ahí en adelante no hubo gobierno, ni administración organizada. Todo cayó en las inexpertas e ingenuas manos de la zarina y de sus poco escrupulosos favoritos. Influencias como la del misterioso Grigori Rasputin, campesino de Siberia y curandero –el único capaz, aparentemente, de aliviar los sufrimientos del enfermizo heredero del trono, el niño Alexéi, nacido con hemofilia– nombraba y destituía desde ministros hasta simples funcionarios.

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