Un coche desbocado y sin cochero


Durante la primera guerra mundial, el zar Nikolái II, en vez de ampliar el apoyo social al régimen autocrático, quiso obtener un cierto provecho de la emergencia bélica para anular las concesiones políticas hechas a regañadientes a raíz de la Revolución de 1905. Por su parte los liberales rusos, paralizados por el miedo a una segunda revolución populista como la de 1905, después de acariciar la idea de un “pequeño golpe de estado” contra el zar pero sin eliminar a la monarquía, desistieron de ella en el invierno de 1916. Pero la situación había quedado circunstancialmente en un cuadro de dislocación social y política total, de modo que los más clarividentes se sentían “como en un coche que corre por una bajada cada vez más empinada, cuando de repente se da cuenta de que no hay cochero en el pescante”, en palabras de Tiuchev. Nada podía salvar al zar, ni siquiera el incómodo y lacerante asesinato de Grigori Rasputin, perpetrado el 17 de diciembre de 1916 por un pariente cercano del zar.

Si algo hubo de decisivo en el invierno de 1916 fue que el generalato ruso se desligó del zar. Los chismes sobre los escándalos de la corte (infundados pero vigorosos), sobre las “traiciones” de los civiles en la retaguardia, y sobre la corrupción de la zarina Alexandra y su “amigo” Grigori Rasputin, se infiltraron entre el mando y la oficialidad del ejército ruso. Los militares profesionales se convencieron a sí mismos de que la incapacidad y la corrupción de los políticos eran la causa de sus derrotas (y no su propia incapacidad o los graves problemas estructurales del ejército ruso); algunos de ellos comenzaron a hablar abiertamente de deponer al zar Nikolái II. El oscuro y fanático líder revolucionario Vladímir Ilich Ulianov “Lenin” se tomó muy en serio el descontento militar. En la primera de sus Cartas desde lejos, en enero de 1917, destaca los “esfuerzos sobrehumanos de los embajadores de Francia y Gran Bretaña para impedir acuerdos separados y una paz separada, querida por Nikolái II (nosotros los bolcheviques también seguiremos deseándola e intentaremos alcanzarla con el Kaiser Wilhelm II). Han organizado un complot con los Octubristas, los KD y parte del estado mayor supremo y de la guarnición de Petrogrado para destronar a Nikolái Romanov.” El “sacratísimo” sociólogo Max Weber, piedra de toque de los historiadores de los últimos cincuenta años, también concedió gran importancia al fenómeno militar:

“La revolución estuvo determinada por la actitud personal del zar. Después de los triunfos del ejército ruso, no supo aprovehar el éxito parcial de 1916 para salirse de la guerra con una paz honorable. Después de la debacle militar, la derrota y la ocupación de Rumanía en el otoño de 1916, existía todavía la posibilidad de un entendimiento con la Duma nacionalista, burguesa y monárquica […] Su error decisivo fue el de querer gobernar por sí mismo […]”

En el invierno de 1916, el zar se había convertido para su propia desgracia en un obstáculo que la misma monarquía rusa debía dejar apartado a un lado para mantener su supervivencia. Weber insistió en que, en lugar de compartir el poder formal con las fuerzas conservadoras preponderantes en la Duma, el zar prefirió hostigarlas: “Su odio hacia los ‘zemstva’ (asambleas regionales) no logró sino desorganizar el funcionamiento económico del país y de las capitales.” La quiebra técnica de los ferrocarriles rusos, provocada por las asfixiantes exigencias de la campaña militar en Rumanía, explica el desabastecimiento alimentario en Petrogrado, aunque “ninguna rebelión de las masas habría podido tener consecuencias constitucionales, y habría sido ahogada en sangre, como la Revolución de 1905”, si los militares no hubieran abandonado al zar a finales de 1916. “Pero, a causa de la actitud del zar, participaron la ‘intelligentsia’ burguesa y la mayoría de los militares profesionales del ejército, no dispuestos ya más a tolerar que sus hordas de soldados marcharan contra sus familias en suelo patrio. Para los más capaces, era indispensable eliminar al impredecible y desorientado monarca.”

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