Guerra Civil Rusa: la “ajustada” victoria


Los "Blancos" fueron aniquilados en el invierno de 1919

De entre todos los factores desatados en la Guerra Civil Rusa, el que probablemente hizo más por salvar a unos bolcheviques desesperados ante su catastrófica situación militar, fue la total falta de coordinación entre los ejércitos “blancos” de 1919 –el del almirante Koltschak, y los de los generales Denikin y Yudénich–. También jugó un papel importante la actitud de las fuerzas anarquistas de Néstor Makhno en Ucrania: en un principio combatieron a los bolcheviques y no hicieron frente a los “blancos” de Denikin, pero luego se volvieron contra éstos y contra los destacamentos expedicionarios de la Flota Francesa –provenientes de la “Extraña Guerra de Salónica” (1916-1918)–. Sin embargo, la elección de Makhno y sus hombres fue errónea: una vez aplastados los “blancos” y evacuados por los barcos de guerra franceses, los bolcheviques los combatieron sin piedad, a muerte, y los pocos anarquistas que sobrevivieron fueron enviados a morir a los campos de concentración de Siberia y el Ártico. En el invierno de 1919-20 la “Contrarrevolución” de los “Guardias Blancos” –en la terminología bolchevique– terminó definitivamente, después de dejar devastadas las mejores regiones agrarias de Ucrania, y también las de productividad intermedia al sur de los Urales, el Cáucaso y el sur de Siberia, tierras esteparias y de “chernoziom” [tierras negras].

Néstor Makhno, lider anarquista ucraniano

En 1920 le llegó el turno a los anarquistas ucranianos de Makhno, que fueron “liquidados” por un Ejército Rojo ya fogueado en las campañas del año anterior, y con su maquinaria de reclutamiento, armamento y formación a plena potencia. A renglón seguido, las tropas “rojas” iniciaron la caza de los “Verdes” en los bosques de la Rusia Central y Bielorrusia. Y por último, eliminadas todas las fuerzas militares más o menos organizadas, las unidades militares fueron asociadas a los mandos de la “Cheká” para reprimir las revueltas campesinas que habían logrado triunfar un poco por todas partes, y que privaban al territorio bolchevique de la comida que tanto necesitaba. Las bandas campesinas sin jefes ni ideología no llegaron nunca a merecer un puesto en las historias soviéticas de la Guerra Civil Rusa, pero fueron con mucho el mayor ejército –en número de hombres– que se enfrentó a la revolución bolchevique. Fue una guerra en forma de miles de pequeños focos insurreccionales inconexos, que no costó mucho esfuerzo extinguir. Fue una “guerra contra el campesino” que quedó asignada en la historia oficial a la etapa del “comunismo de guerra”: probablemente, una de las más importantes para entender cuál fue la relación que se estableció en la URSS (fundada en diciembre de 1922) entre los revolucionarios bolcheviques y el pueblo ruso.

Cartel propagandístico bolchevique

La victoria de los bolcheviques –dejando al margen los factores que no dependieron de su voluntarismo bélico– se debió a su capacidad para formar un gobierno centralista, y para imponer autoridades locales tan pronto como el Ejército Rojo ocupaba un territorio. Ese control territorial fue posible gracias al llamado “segundo escalón”, integrado por miembros del partido comunista y de la Cheká (policía política, más y mejor armada que las unidades militares). Trotski, Lenin y sus colaboradores crearon una maquinaria de guerra completa, de la que surgiría después el nuevo estado soviético –marcado desde sus inicios por un rabioso militarismo, creado por el propio Lenin–. De cómo controlar su territorio y extraer todo el potencial de su retaguardia, los “blancos” no tuvieron ni la más mínima idea, y lo pagaron muy caro. Fueron buenos militares –lejos de los burdos tópicos que los presentan como “nulidades”– pero no supieron ser ni políticos ni administradores. El éxito del “segundo escalón” comunista contribuyó a que el soldado bolchevique, a pesar de los pesares, se batiera con una tenacidad excepcional, sobre todo a la defensiva.

Cartel industrialista

El romanticismo revolucionario y la mística de estar creando un mundo nuevo y mejor, animó a muchos jóvenes cadetes, oficiales y comisarios del flamante Ejército Rojo de Trotski. Los militantes comunistas que formaban los cuadros del partido, el ejército y el estado –una amalgama institucional dominada totalmente por el partido– se sentían ardientes revolucionarios, dispuestos a todo y a más, a morir por la revolución y sus líderes. Se sentían los mejores, los elegidos de su generación, y por lo tanto fueron capaces de exigir a sus subordinados lo imposible. Cuando su exaltación se enfrió en 1921, a la vez que fueron reprimidas las revueltas “intrabolcheviques” de Tambov y Kronstadt, el partido comunista había asegurado en sus manos todo el control: su dictadura se había instalado ya, para no irse jamás. La historia de aquellos años fue como un libro en blanco: no podía predecirse qué sucedería a continuación. Incluso hoy es una selva muy resistente al desbroce de los historiadores, en la que mitología, propaganda y realidad siguen tan unidas que es difícil distinguir una de otra. A medida que se van abriendo más y más archivos rusos, el desconcierto aumenta entre los historiadores que se adentran en ellos.

El "tren rojo del progreso"

Nunca hubo dos bandos claramente definidos en la Guerra Civil Rusa. Hubo, eso sí, coaliciones que se hacían y deshacían con enorme facilidad, y grandes masas “flotantes” de hombres armados que, según la fortuna de la guerra, pasaban de un bando a otro, o a un tercero. La confusión fue la característica predominante de la Guerra Civil Rusa. Los “Blancos” fueron los primeros en ser desarbolados por el vendaval del caos, pero a los “Rojos” les pasó exactamente lo mismo después de su victoria: quedaron desorganizados y descompuestos. Lo cierto es que la Guerra Civil Rusa marcó a Rusia y a sus dominios, a sus habitantes y hasta a los militares y políticos que vencieron en ella. El horror, la crueldad y unos padecimientos atroces, llevados a extremos insufribles, engendraron una desmoralización, un “mejor no saber, mejor no pensar, mejor no recordar” que lastró toda la evolución posterior de la URSS. El nuevo estado soviético se fue construyendo sobre una economía devastada, sobre un país rural en barbecho forzoso, retrotraído a unas condiciones peores incluso que las medievales. Y sin embargo, la mayor catástrofe para el pueblo ruso llegó justo al acabar la guerra: fue la hambruna de 1921-1922 y el “comunismo de guerra”.

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