Guerra Civil Rusa: testimonios directos


Soldados "rojos" muertos fotografiados para la propaganda

En 1919, las únicas dos ofensivas dignas de tal nombre que organizaron los “Ejércitos Blancos” fueron la del Almirante Kotschak, lanzada desde Siberia hacia la Rusia Central, en los meses de marzo y abril, y la del general Anton Denikin desde Ucrania, en julio, hacia el norte. En octubre, el gobierno bolchevique se vio por momentos amenazado de muerte por un último ataque lanzado por las reducidas fuerzas al mando del general Yudénich, que desde la vecina Estonia llegaron hasta las puertas de Petrogrado. Trotski, “el bombero de la revolución”, salió a la desesperada con las tropas a mano en la ciudad y conjuró el peligro in extremis. Como sucedió en la guerra civil española de 1936 a 1939, el mayor drama de la guerra se vivió fuera de los campos de batalla. En países pobres y atrasados como la Rusia de 1919 –o la España de 1937– la combinación de asesinatos políticos, venganza sobre venganza, con el hambre, el saqueo de los ejércitos de paso, y la total indefensión y el abandono de una población civil campesina en su inmensa mayoría, literalmente generó escenas de un horror apocalíptico. Hasta los menos abandonados, los soldados revolucionarios, lo perdieron todo, y no pudieron seguir creyendo en las promesas bolcheviques: “Lo peor de todo eran los estragos que causaban el hambre y el tifus. Las divisiones rojas del frente de Estonia, infestadas de piojos y muertas de hambre, se desmoralizaron al oir los primeros disparos” cuenta el socialista Viktor Serge en sus Memorias de un revolucionario. “En trincheras desmoronadas, los combatientes macilentos y desesperados de hambre daban una imagen de tristeza irremediable, no podían hacer más ni aguantar más. Llegaron las lluvias frías del otoño, sin esperanzas, sin triunfos, sin calzado, sin comida, y para muchos soldados era ya el sexto año en filas, cuando la mayoría de ellos había hecho la revolución para ganar la paz. Se vivía atrapado en un círculo infernal, el de una serpiente que se mordía la cola y apretaba entre sus anillos a las muchedumbres hasta matarlas…”

Cartel contra la deserción

Muchas veces, la deserción en masa era un problema grave, puesto que nadie creía ya ni en el pasado ni en el futuro revolucionario: “El abecé del comunismo les predicaba en vano que tendrían su tierra, su justicia, su paz, su igualdad, cuando dentro de poco llegara el “milagro” de la revolución mundial. Lenta e inadvertidamente, nuestras divisiones se derretían bajo el pálido sol de la miseria. Un movimiento extremadamente “pernicioso” había surgido en todos los ejércitos de la Guerra Civil, blancos, rojos o negros: el de los Verdes. Su nombre procedía de los bosques en los que se ocultaban y luego se encontraban los desertores de todos los ejércitos que ya no querían guerrear por y para nadie, ni por los generales, ni por los Comisarios. No querían otra cosa que luchar para salvarse, combatir para sí mismos, para huir y dejar atrás aquel infierno, para no volver nunca a participar en ninguna guerra. Los había por toda Rusia. Sabíamos que en los bosques de la región de Pskov, los efectivos de los “Verdes” crecían –llegaron a totalizar varios miles de hombres, aunque nunca se pudo saber con exactitud–. Se habían organizado, tenían un mando unificado, dejaban en paz a los campesinos y éstos no los denunciaban a nuestras fuerzas. El Ejército Rojo estaba siendo devorado por los rumores que contaban cómo entre los Verdes se podía vivir, y sobrevivir.”

Panaderos de un ejército antibolchevique

“Los casos de deserción se multiplicaban también apenas se tenía noticia de que los generales del enemigo distribuían pan blanco entre sus hombres. El espíritu de casta de los oficiales del antiguo régimen neutralizaba, afortunadamente, ese peligrosísimo mal: insistían en llevar hombreras, en exigir el saludo militar, en hacerse llamar “Su Honor”, esparciendo así a su alrededor tal hediondez, que algunos de nuestros desertores, una vez saciada su hambre, volvían a desertar, regresaban a pedir perdón –lo cual no era ninguna solución en absoluto, pues se temía que hubieran sido enviados de vuelta como espías, y se les fusilaba en el acto– o se unían a los Verdes. De los dos lados del frente, los efectivos eran “fluidos”. El 11 de octubre el Ejército Blanco del general Yudénich tomó Yamburg, en la frontera de Estonia. A decir verdad, apenas hubo resistencia. Nuestras tropas esqueléticas –o más bien, lo que quedaba de ellas– se desbandaron y desaparecieron: fue un asunto muy feo, y le costó la cabeza a más de uno. El ejército nacional del general Denikin ocupaba ya toda Ucrania y había conquistado la ciudad de Orel. El almirante Koltschak, “jefe supremo de la Contrarrevolución”, dominaba toda Siberia y amenazaba los Urales.”

"la desesperación animó el espíritu de resistencia"

En contra de las versiones clásicas ya en la historiografía, en torno a la “Intervención Aliada” en la Guerra Civil Rusa, muchos rusos, incluidos algunos bolcheviques “de carrera”, recibieron a las tropas expedicionarias occidentales con los brazos abiertos: “Los británicos ocupaban Archangelsk, donde uno de los revolucionarios de más veteranía, Tchaikovsky, un antiguo amigo de mi padre, presidía un “Gobierno Democrático” que fusilaba sin miramientos a los rojos.  Rumanos y franceses han sido expulsados hace poco de Odessa por un ejército negro [anarquista] pero la flota francesa sigue estacionada frente a las costas ucranianas del Mar Negro. La revolución soviética en Hungría había sido derrotada por los ejércitos húngaros apoyados por los rumanos. En resumen, cuando hacíamos balance, las previsiones eran que la revolución entrara en una agonía irreversible, que una dictadura militar “blanca” acabaría por triunfar y liquidarnos a todos, en la horca o ante el pelotón de fusilamiento. Sin embargo, esta convicción nítida, en lugar de extender el desánimo, insufló en todos nosotros el coraje de la desesperación, y la guerra continuó…”

 

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