Guerra Civil Rusa: el “comunismo de guerra”


La propaganda era el primer aviso...

La consigna económica de los bolcheviques durante la Guerra Civil fue “¡Todo para el frente!”, y se cumplió a rajatabla. Para no morir de frío y de hambre, la gente huyó de las ciudades, empezando por los obreros industriales, ya que el dinero de sus salarios había perdido todo su valor, debido a la inflación desbocada. Lúcidas observaciones de su época se pueden hallar en las Memorias de un revolucionario de Victor Serge: “La frase de san Pablo “El que no trabaje, que no coma”, pintarrajeada por todas partes, se hacía irónica, pues precisamente, para poder comer, había que pasar el día buscando algo que poder cambiar en el mercado negro en vez de ir a trabajar. Los obreros pasaban su tiempo en las fábricas muertas, transformando piezas de máquinas en utensilios domésticos que poder trocar, y en suelas de zapatos las correas de transmisión, con el fin de intercambiarlas en el mercado clandestino por comida. Para conseguir un poco de harina, de manteca o de carne, había que pagar a los campesinos, que las traían ilegalmente a las ciudades, objetos de consumo doméstico o ropa, o telas para hacer ropa en casa. Por fortuna, los pisos de los burgueses liquidados en las ciudades, aún conservaban buenos tapices, cortinas, vajillas y ropa de casa. Con el cuero de los sofás se hacían unos zapatos aceptables, y con las cortinas, trajes. Como los negocios de los acaparadores habían desorganizado del todo los lentísimos y exhaustos ferrocarriles, las autoridades bolcheviques prohibieron el transporte de comida por los particulares. Colocaron en las estaciones destacamentos de Chequistas armados hasta los dientes, que confiscaban sin piedad la harina oculta bajo las ropas de las mujeres…

Niños en la carreta del enterrador: el hambre

“El partido comunista mandó rodear los mercados por la “Militsia”, la policía de orden público que, disparando al aire –y a veces al bulto– se ponía a confiscar comida en medio de los gritos y los llantos de los viejos y las mujeres “sorprendidas con alimentos ilegales”. Los Destacamentos Especiales de la Cheká y la Militsia se volvieron tan temidos como odiados. La palabra “Comisariocracia” y los chistes de humor negro sobre la gordura de las estrellas rojas comenzaron a circular. Los viejos creyentes anunciaban el fin del mundo y el reinado del Anticristo. El invierno infligía a la población de las ciudades una tortura indescriptible. No había ni calefacción ni alumbrado, pero a la gente no le importaba, porque lo que faltaba era comida: todo el mundo –o casi todo– pasaba hambre. Niños, ancianos y enfermos debilitados morían por millares. El tifus, transmitidos por los piojos de una población sin posibilidad de lavarse, causaba estragos. Todo eso lo vi y lo viví durante largo tiempo. En los grandes pisos desiertos de Petrogrado, la gente se reunía en una sola habitación; vivían apiñados alrededor de una pequeña estufa de hierro forjado o de ladrillos, asentada sobre el entarimado [parquet] chamuscado, y cuya chimenea llenaba de humo un rincón de la ventana. Se la alimentaba con el entarimado de las habitaciones vecinas, con los muebles reducidos a astillas, y con libros. Bibliotecas enteras desaparecieron así, hechas humo. Yo mismo, para mantener encendida la estufa de una familia a la que me sentía ligado, les llevé para quemar una serie completa de las “leyes del imperio”, con verdadera satisfacción…

La Cheká controlaba las estaciones y requisaba la comida escondida

La gente pasaba el día con un poco de avena y con suerte, con un trocito de carne de caballo medio podrida. Compartía, en el círculo de su familia, un pedazo de azúcar en fragmentos ínfimos, y cada bocado que alguien tomaba cuando no le tocaba provocaba un drama familiar. La Comuna [el gobierno municipal revolucionario] hacía todo lo que podía para alimentar a los niños; ese “todo” siempre fue irrisorio. Para mantener el abastecimiento cooperativo, surtiendo en primer lugar a los cuadros del Partido, al Ejército, a la Flota, y al proletariado amargado y desolado, se enviaba a los lejanos campos a destacamentos de incautación de Chequistas que los mujiks trataban de expulsar a golpe de horquilla, provocando su propio exterminio. Cuando vencían los campesinos sobre los bolcheviques, cogían al jefe del grupo, un comisario, lo rajaban del cuello a la ingle y le llenaban la cavidad abdominal con trigo crudo, dejándolo al borde de la carretera como signo de advertencia a los que vinieran después…”

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