Los “ríos” de gente hacia los Campos del Gulag


Los "Zeks" caían como los judíos de Hitler

En la voluminosa trilogía de Aleksandr Solzhenitsyn Archipiélago Gulag, el autor, que estuvo preso durante años en los campos de concentración del “Gulag” soviético, hace historia de los grupos que fueron llegando a la red de los “Campos” para cumplir penas de trabajos forzados, de las que muchos no regresaron. Solzhenitsyn, que se sintió ruso de corazón y hasta las tripas, hace referencia a la sucesión de las diversas oleadas de presos como la Historia de nuestros Ductos, o de “flujos”. En la entrada anterior esta resumida la composición y el volumen del primero de esos Flujos, el que coincidió con los años felices de la NEP. En 1929 llegó otro flujo de presos nuevos a la red de los Campos: el procedente del doble proceso de Colectivización-Deskulakización en el campo soviético, “un flujo tan grande como el Río Ob” formado por varios millones de campesinos (literalmente) hallados culpables de no se sabía bien qué, pero que habían sido vistos como Kulaks. Y no sólo llegaron los hombres así deskulakizados, sino también sus familias, aunque unos y otros por separado, en dos oleadas sucesivas pero separadas en el tiempo y, por supuesto, también en la distribución geográfica. Fue la primera operación de desplazamiento de pueblos enteros: “la primera experiencia de ese tipo, por lo menos en la Edad Moderna; Hitler la repetiría con los judíos, y luego Stalin con las “naciones infieles” o sospechosas de serlo” relata Solzhenitsyn.

Invierno en Salek (RSFSR Rusia)

En 1930 y hasta 1936 el flujo de los Kulaks y sus familias se mantiene e incluso crece, incrementado por los flujos menores generados por el proceso de Colectivización agraria, que en sus fracasos iniciales va repartiendo culpas al azar entre ingenieros agrónomos, directores de Koljoses (granjas colectivas impuestas por el estado) y Sovjoses (granjas estatales militarizadas), comisarios comunistas que se opusieron a la Colectivización forzada, “saboteadores” y “espigadores” o “los que reúnen espigas”, esto es, los campesinos pobres que, por haber sido tachados como Kulaks o haber sido excluido del Koljós de su pueblo, cortaban a escondidas algo del trigo del Koljós para poder comer y no morir de hambre. La vigente Ley del 7 de agosto de 1932, conocida popularmente como “Ley del Siete-Ocho” (07/08/1932) prescribió penas de diez años de trabajo en los campos de concentración por haber cortado trigo a escondidas, delito tipificado como “atentado contra la propiedad socialista”. El pequeño flujo de los espigadores fue creciendo hasta convertirse en un gran río, porque los padres mandaban a sus hijos pequeños a cortar un poco de trigo por la noche, con la esperanza de que llamasen menos la atención de los guardias que vigilaban los campos. Nuevamente, familias enteras fueron deportadas al “archipiélago” de los campos, pero a “islas” diferentes. En 1935 comienza a afluir otro gran río producto de las investigaciones en torno al asesinato “terrorista” de un gran líder comunista petersburgués, Sergei Kírov, muerto a tiros por un joven comunista algo exaltado, quizá impulsado por celos y por haber sido castigado injustamente por el Partido.

Muchos campesinos como estos fueron enviados al Gulag sin que llegaran a saber por qué

Otro río trae a los Alemanes del Volga, rusos descendientes de colonos alemanes asentados en la cuenca del Volga medio llegados para colonizar la región en una campaña organizada por la zarina Catalina II la Grande en el siglo XVIII. En 1937 llega un inesperado río de miembros del Partido, funcionarios del Estado, oficiales del Ejército Rojo, e incluso miembros de los “Órganos” de seguridad del Estado. Varlam Shalamoff dijo al respecto en su relato El Último Combate del Mayor Pugachov, en relación a esta diversidad: “Durante los años treinta detenían a la gente casi al azar. Muchísimas personas fueron víctimas de una falsa y extraña teoría en boga, según la cual “la lucha de clases se activaría en la medida en que se fuera fortaleciendo el socialismo”. Profesores, burócratas del Partido Comunista, militares, ingenieros del estado, obreros y campesinos llenaron cárceles y Campos, pero no poseían ninguna “virtud” que lo explicara, aparte quizá de su honradez personal o su inocencia, cualidades éstas que sólo servirían para debilitar su aguante moral como presos. No eran enemigos del poder soviético, ni criminales de rango estatal, pero morían sin entender cuál había sido su delito si es que habían cometido alguno. Morían de hambre y de frío casi ingenuamente…”

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