El “Fondo de Desarrollo del Extremo Oriente”


Un paciente en la enfermería de Kolyma, 1938

Se ha hablado mucho en España de cómo los prisioneros de guerra tomados por el bando vencedor fueron condenados a trabajos forzados construyendo carreteras. Mucha gente cree que eso fue una muestra más de la crueldad del militarismo revanchista de Franco y sus partidarios. Pero no, ni era una idea del general dictador, ni se hacía sólo en España. Es más, la única potencia internacional que intentó poner freno al franquismo, la Unión Soviética de Stalin, empleaba el mismo método pero a una escala muchísimo mayor. El ministerio del interior soviético, oficialmente denominado Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos o N.K.V.D. en sus siglas en ruso, poseyó con dós décadas de antelación sobre las SS de Hitler, un imperio económico conceptualmente igual al erigido por los nazis con el trabajo esclavo de sus prisioneros, pero “movido” por el trabajo esclavo de millones de sus propios nacionales, rusos y de otras nacionalidades pertenecientes a la URSS, condenados por delitos comunes o políticos. Dentro de dicho imperio, la segunda “explotación” en importancia después de la minería era la construcción de carreteras y vías férreas. Los presos políticos y comunes del NKVD, mezclados y revueltos, construyeron literalmente sobre los huesos de sus compañeros, a medida que iban muriendo, la llamada “brecha central” siberiana, una red viaria de 2.000 km de distancia entre sus extremos, con una importante serie de ramificaciones. Esa labor era mucho más leve que la de las minas, y la reservaban a antiguos “Zeks” [prisioneros] condenados a penas de sólo confinamiento, no de trabajos forzados. Las minas de carbón por su parte eran mucho menos mortíferas que las de oro; el trabajo en la navegación fluvial era, en comparación con todos los demás, “un paraíso”.

Una de las escasas bombas contra incendios de Kolyma

En los Sovjoses, granjas agrícolas propiedad del estado soviético, para los presos esclavos había la posibilidad de comer, y por lo tanto de sobrevivir. Lo terrorífico era el “Oro”, al cual se asignaba al 90% de los presidiarios, porque los mataba deprisa y había que reponer los “contingentes” de trabajadores a gran velocidad. Según Varlam Shalamoff, que vivió una veintena de años en los campos de concentración del “Gulag”, acrónimo en ruso que significa “Dirección Estatal de los Campos Correccionales de Trabajo”, en las Minas de Magadán y Kolyma, “en 1938 no se tenía en cuenta el frío que hiciera en la mina a menos que bajara por debajo de -56º C. Desde 1939 a 1947, a -52º C, y posteriormente, a partir de 1952, a -46º C.” Son temperaturas inconcebibles para un español, que sólo con pensar en -10º C se siente ya muerto y congelado. Según Shalamoff “el Campo en 1938 era un cúmulo de horrores, abyección y corrupción; los años siguientes, los de la segunda guerra mundial y su postguerra, fueron todos terribles, pero no tenían ni punto de comparación con el de 1938. Y otra cosa: no se puede entender el Campo sin conocer el papel de los presos comunes” [los condenados por delitos criminales comunes, como robos, asesinatos, violaciones etc.]. “Precisamente el mundo de matones, ladrones y proxenetas que era el Campo, con sus leyes, su ética y su estética arraigadas en la mafia ancestral, corrompieron el alma de todos los que estuvimos allí: presos, detenidos, guardianes, directores y hasta espectadores.” El NKVD vio garantizado su terrorífico poder sobre los presos políticos del “Gulag” apoyándose en parte en las viejas estructuras de las mafias rusas.

También se usó el trabajo infantil en los Campos

Los presos esclavos del Gulag fueron llegando a los campos de concentración para su reeducación por el trabajo en diversas oleadas o “flujos”, como los llamó Aleksandr Solschenitsyn, premio Nobel y antiguo preso del Gulag, al que dedicó una voluminosa trilogía: En 1921, en los últimos compases de la Guerra Civil Rusa,  llegan los presos capturados al ser derrotadas la Revuelta de Tambov (campesinos) y el Motín de Kronstadt (marinos de la Flota Roja). Comienza la afluencia, discreta pero ininterrumpida, de estudiantes, miembros del Partido Socialista Revolucionario o SR, de comunistas mencheviques, de cristianos ortodoxos y católicos uniatas, de teósofos, de místicos y de espiritistas hasta que en 1926 comienzan a llegar los condenados por los juicios contra la supuesta “Oposición Obrera” y contra los “trotskistas”, categorías en las que caerían muchos futuros internos de los Campos. En 1928 comenzaron a llegar presos Yakutos, tras ser aplastado un levantamiento popular de sus pueblos contra el poder soviético. En 1929 aparecen presos Buriato-Mongoles, que habían fracasado también en otra revuelta popular de carácter étnico-religiosa. Al mismo tiempo empezaron a llegar grupos de presos vinculados por sus carreras profesionales: profesores de diversas disciplinas, como Historia o Estadística. En aquel grupo llegaron dos famosos autores rusos, Mikhail Bakhtin y Dimitri Likhachev. También fueron llegando los “Nepmani”, los que al amparo de la NEP habían podido formar un pequeño negocio o empresa legal, fenómeno que había disgustado siempre a los comunistas de pura cepa; y con ellos los llamados “ingenieros saboteadores” y los “Spetsy” o especialistas, técnicos empleados por el estado en diversas ramas de la producción industrial que habían caído en desgracia de forma misteriosa, es decir, a causa de falsas acusaciones o delaciones de miembros del Partido.

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