¿Stalin o Lenin?


La Revolución es inseparable del Terror

Lenin, preguntado por la necesidad del “Terror revolucionario” dijo, citando a Robespierre: “un régimen dispuesto a ejercer un terror ilimitado no puede ser derribado.” Fue Lenin quien empezó a ejercer ese Terror ilimitado, con la aprobación alucinada de todos los bolcheviques, temerosos del “viejo maestro” que parecía ver más allá de los límites del sentido común y la racionalidad. El Gran Terror de 1936-1939 ha pasado a la Historia como la cumbre de los crímenes estalinistas y como la más fanática de sus hazañas, porque fue dirigido primero contra las élites soviéticas, contra los hombres de Stalin, lo cual le dio una dimensión aterradoramente surrealista. En la Historia soviética oficial, el Gran Terror era la divisoria entre el leninismo (bueno) y el estalinismo (malo). Por eso mismo, ese episodio recibió mucha más atención que la Colectivización-Deskulakización, o las Hambrunas del 22 y del 33. Sin embargo, cuando Stalin apunta y subraya la declaración de Robespierre de 4 de febrero de 1791 en que afirma que “hay que gobernar a los enemigos del pueblo con el Terror”, demuestra que es quizá el mejor alumno de Lenin, quizá sólo superado por Felix “Acorazado” Dzerzhinsky. El mismo campeón de “manos limpias” del humanitarismo revolucionario, Maksim Gorki, llegó a escribir, en noviembre de 1930 que “si el enemigo no se rinde, hay que exterminarlo”… o, en enero de 1935, que “hay que exterminar al enemigo sin misericordia ni piedad”. Entonces se descubre en toda su lógica la poesía komsomolita que proclamaba que ¡fusilarlos es poco, es poco, muy poco! ¡Carroña emponzoñada, crápulas, canallas imperialistas que ensucian nuestras orgullosas balas socialistas! Los jóvenes, como siempre, quieren emular a sus padres y maestros. Ningún gobierno infligió jamás tantas bajas por muerte a sus propios súbditos como el soviético en tiempo de paz.

Mujeres de "kulaks": ninguna de las fotografiadas sobrevivió a 1938.

Mao Zhe Tung repetiría la hazaña leninista treinta años más tarde con su delirante Revolución Cultural. La Alemania nazi de 1938, con sus 25.000 detenidos en un sistema concentracionario de sólo dos años de existencia, parecía un tímido aprendiz de una Unión Soviética con cerca de veinte años de empleo sistemático de los métodos de reeducación socialista por el trabajo. Para los protagonistas de aquella época, tanto verdugos como víctimas, tanto soviéticos como espectadores extranjeros, la represión interna en la URSS aparecía como un misterio tan grande como terrible. Para muchos historiadores, sobre todo en América, aún no ha dejado de serlo. En el expediente personal de Genrich Yagoda se recoge una escena registrada durante su cautiverio; el ex presidente de la OGPU declara ante un agente del NKVD que “Dios existe”, y ante el asombro de éste, continúa: “muy sencillo: de Stalin no merezco más que la gratitud, por mis leales servicios; pero de Dios he merecido el más duro castigo que existe, por haber violado miles de veces sus mandamientos; y ahora, mira dónde me encuentro, y decide tú mismo si Dios existe o no.” Entre los antiguos cazadores del “contrarrevolucionario”, transformados en presas, hubo reacciones menos metafísicas. No faltaron los que ya en el corredor de la muerte reflexionaron y se sintieron culpables, pero no de lo que figuraba en sus expedientes —traición, espionaje, sabotaje, terrorismo— sino de lo que habían hecho durante años, los años de su carrera política y militar, en nombre de la Revolución.

Extra del aniversario de Pravda

Entre los que no eran comunistas de carnet y hombreras, la misma idea tomó la forma de una argumentación casi atávica: toda la Historia de Rusia en el siglo XX es una concatenación de castigos en cascada; la Revolución de Febrero castigó al zarismo y a la nobleza por su inmovilismo y su egoísmo; la de Octubre y la Guerra Civil Rusa castigaron a los burgueses y a los intelectuales por haber llamado irresponsablemente a abrir la caja de los truenos de la Revolución; la Colectivización de 1929-1932 fue el castigo a los campesinos por su rapacidad, y por su crueldad a la hora del “Reparto Negro” y durante la Guerra Civil; las Purgas y el Gran Terror no fueron sino la más reciente oleada de castigos, lanzada contra los comunistas, culpables de crímenes contra todos los anteriormente castigados; así, a la hora de la invasión alemana de 1941, la “hora de Rusia”, habían sido señalados todos como culpables, y todos habían pagado por sus crímenes; por ello, Rusia vencería a Alemania, por haber sido purificada previamente de todos sus crímenes. Aunque la lógica de esta versión de los hechos pueda parecer irracional, el caso es que consiguió enlazar las tres décadas más sangrientas de la URSS con un discurso dotado de coherencia propia.

Como las "ruedas de molino" del Terror Rojo...Sin embargo, para los que daban vueltas al misterio del Gran Terror de 1936-1939, éste debía de encerrar algún tipo de lógica racional. Los más avisados, sabiendo que Lenin había aprendido buena parte de su doctrina de las lecciones de la Revolución Francesa, desempolvaron las Memorias de ultratumba de Chateaubriand y se encontraron con algo parecido a una explicación de lo que estaba sucediendo puertas adentro de la URSS: “El Terror fracasó porque no llegó a durar el tiempo mínimo necesario. No consiguió sus objetivos porque no consiguió cortar suficientes cabezas. Habría necesitado 400.000 ó 500.000 ejecuciones más. Precisamente le faltó tiempo para llevar a cabo las necesarias matanzas a escala masiva para dar culmen a los primeros crímenes inconclusos, de los cuales no se pudo recoger ningún fruto, por no haber terminado de madurar faltos del último sol de la tormenta.” Stalin tuvo tiempo suficiente para dejar madurar los frutos brotados del “Terror Rojo” de 1917-1922, y recogió una abundante cosecha madura; pero una vez puesta en marcha, ya no encontró el botón de “stop” de la máquina de las ejecuciones. Un lúcido comentarista de toda esta situación escribió: “Cuando la cantidad toma una enorme importancia, se transforma en “calidad”; no sólo se transforma en calidad, sino que da a toda la sociedad a la que afecta un nuevo perfil, un nuevo sentido. Es el milenario problema bíblico de Sodoma, la pregunta de Dios “¿Cuántos justos?” Ocurrió… igual que con el genocidio hitleriano. No es que haya más, ni qué pese más. Todo es diferente, incomparable, por más que se trate de la misma cosa: sobrepasados ciertos límites, la lógica del Terror “despega” de los parámetros racionales y se vuelve incomparable, una fuerza en perpetuo movimiento ajena a toda lógica externa.”

La Línea Férrea del Baikal-Amur Magistrale, construida por los presos esclavos del Gulag

Esa terrible invención del siglo XX que casi todos asociamos automáticamente con los fascismos, el llamado Totalitarismo, llega a convertirse en “otro mundo posible”, pero en clave de negrura y espanto. El siglo pasado se abrió con una guerra tan monstruosa, que dejó a todo el mundo perplejo, dado el aterrador contraste entre la nimiedad de las causas que la desencadenaron y la inmensidad de la destrucción que acarreó. Se prolongó posteriormente con matanzas masivas nunca vistas hasta entonces. Los nombres del “Fondo de Desarrollo del Lejano Oriente” a orillas del Río Kolyma, y el de “Holocausto”, simbolizado por las industrias de la muerte de Auschwitz, designan fenómenos de los que la humanidad no tenía una experiencia previa comparable. Es un hecho comúnmente aceptado que la más alta concentración de asesinatos se dio en las zonas que conocieron la más ambiciosa de las experiencias históricas. Se trataba, tanto para el comunismo como para el nacional-socialismo, de acabar con el viejo mundo para construir el del hombre nuevo.

La Revuelta de Tambov de 1921

Los dos movimientos pretendieron erradicar para siempre el Mal político y social, purificando la Tierra; lo que ambos lograron engendrar fue el Mal en exceso, confundiéndolo con el bien. Un personaje de Vasili Grossman lo explica así en Vida y destino, en una escena situada en 1942: Pude ver en acción la fuerza implacable de la idea del bien social que nació en nuestro país. La vi durante la Colectivizacion total; la vi una vez más en 1937. Vi que se exterminaba a la gente en nombre de una Idea del Bien, tan bella y humana como la del cristianismo. Vi pueblos enteros morir de hambre; vi en Siberia a hijos de campesinos deportados muriéndose en la nieve; vi convoyes llevando a Siberia a cientos de miles de personas de Moscú, de Leningrado, de todas las ciudades de Rusia, gente de la que se había dicho que eran “enemigos” de la grande y luminosa Idea del Bien Social. Esa Idea grande y bella mataba sin piedad a unos, les destrozaba la vida a los demás, separaba a las mujeres de sus maridos, arrancaba a los padres de sus hijos… Ahora, el horror del fascismo alemán está flotando sobre el mundo. Los gritos y los llantos de los moribundos llenan el aire. El cielo está ennegrecido, el humo de los hornos crematorios ha extinguido el sol… Pero esos crímenes inauditos, nunca antes vistos en todo el Universo, jamás antes vistos por el hombre sobre la faz de la Tierra, se cometen en nombre del Bien.” Y el estudioso y ensayista de la Historia soviética Alexander Wat añade: “La pérdida de la libertad, la tiranía y el hambre hubiesen sido más fáciles de soportar sin la obligación de llamarlos “libertad”, “justicia” y el “Bien” del pueblo.” Lo peor era tener que vivir en una sociedad encantada por una esquizofrenia sedienta de sangre, en una confusión total. Esa confusión caracterizaba a un sistema de dominación sin precedentes que se presentó bajo dos manifestaciones diferentes y opuestas, el comunismo y el nazismo.

Fusilero letón en 1918, paradigma del "hombre nuevo"

Nazismo y comunismo extrajeron de la primera guerra mundial el dinamismo y los recursos necesarios para llevar a término su “dominación total” sobre el máximo espacio posible, y a la máxima profundidad social posible. La idea de la movilización de todos los recursos (materiales y humanos) y de todas las energías, bajo un solo mando, pasó de la utopía a la realidad con la radicalización, la legitimación y la industrialización de la violencia en la Gran Guerra de 1914-1918. Los dos modelos totalitarios exigieron una obediencia incondicional y, además, fe ciega en sus líderes. Tuvieron seguidores fanáticos, despertaron creencias y radicalismos hasta entonces reservados a los sistemas religiosos, dados por perdidos. Que se hayan construido por medio de la violencia no les quita nada de esa dimensión “religiosa”. Victor Serge dio fe testamentaria del Totalitaritarismo en la URSS en la última carta que dejó, fechada el 1 de febrero de 1933: “En la hora actual estamos cada vez más en presencia de un estado totalitario, castocrático, absolutista, embriagado por su propio poder, para el cual nada cuenta el hombre como individuo.” Los fascistas italianos habían inventado el término “totalitario” para poner de manifiesto el contraste ontológico existente entre su concepto de estado y el del liberalismo. El éxito del término fue inmediato: se usó para crear una categoría única en la que poder clasificar a todas las dictaduras de partido único que habían aparecido dentro y fuera de la vieja Europa; Nikolay Berdijayev, Carl Friedrich y Waldemar Gurian desarrollaron a partir de la categoría totalitaria las bases de toda una teoría sociológica del totalitarismo, culminadas por H. Arendt y Z. Brzezinsky después de 1945. En esencia, dicha teoría sitúa los orígenes del totalitarismo en un triple proceso: una identificación entre el poder y la sociedad; una homogeneización del espectro social; y un encierro maximalista de la sociedad.

La máquina revolucionaria es como la "locomotora del futuro"

La llave sociológica que arranca esa triple maquinaria es el partido único de masas, justificado en una ideología oficial, que diversos autores han definido más abstractamente como “religión secular”, “logocracia” o “ideocracia”, y que permite explicar cómo la humanidad va de manera segura hacia un estado perfecto, a partir de un rechazo radical del presente. El régimen totalitario practica un Terror dirigido no sólo contra sus adversarios, sino potencialmente contra cualquiera, de forma que atomiza la sociedad, aísla a los individuos, forma un “hombre nuevo” totalmente aprisionado por el estado. La ideología utiliza todos los medios de información, propaganda y educación para imponer la convicción de que una determinada parte de la humanidad es el obstáculo que impide la perfección global y que por tanto debe ser aniquilada para conseguir un bien supremo. Así definido el Totalitarismo se presenta como una idea política sin precedentes. Ninguna dictadura, ninguna tiranía ni ningún despotismo consiguió reunir todas esas características en el pasado.

 A partir de la reflexión teorética sobre el fenómeno totalitario como novedad inédita se afirmó que era legítimo establecer un paralelismo entre la URSS y el III Reich. Sólo esos dos sistemas políticos podían clasificarse como netamente totalitarios —la China de Mao aún no había dado su Salto hacia adelante— y a la vez no eran ni monolíticos ni omnipotentes. Por totalitario se entiende no un estado empíricamente todopoderoso, sino un sistema de poder que pretende absorber todas las funciones de la sociedad. El Terror tiene su necesidad lógica precisamente en el hecho de que el sistema totalitario sufre fracasos y tiene limitaciones y, por lo tanto, necesita hacerle la guerra a la sociedad. Lo que parece irracional para un observador no inmerso en el totalitarismo no lo es dentro de la lógica del sistema. Los comunistas, a la hora de la derrota inicial frente a Alemania en el verano de 1941, encontraron todavía los recursos y la energía necesarios para deportar al Gran Norte a 1.000.000 de sus ciudadanos, descendientes de los alemanes de la Cuenca del Volga; los nazis por su parte apartaron y reservaron unos trenes que sus tropas necesitaban urgentemente en 1944, tras el Día D en Normandía, para que no parase el trasvase de presos hacia sus campos de concentración y exterminio. Una generación de historiadores del sovietismo trabajó en esa perspectiva: Schapiro, Fainsod, Conquest, Malia, Pipes y Ulam, entre otros. Entre los intelectuales rusos situados en sus mismas coordenadas intelectuales hay que citar a Solzhenitsyn, Mikhail Heller y Aleksandr Nekritsch.

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