La Gran Guerra Patriótica


La segunda guerra mundial en Rusia y Siberia, en la retaguardia soviética, se transformó en la causa popular por excelencia, en la causa de la nación rusa. La propaganda comunista capitalizó el hecho, más que crearlo. El Partido Comunista se convirtió en el símbolo de la resistencia nacional, y el gran Stalin, en el Padre de la Patria: “Nadie en Rusia fue tan popular como Stalin lo fue en ese corto período que va desde la Batalla de Stalingrado (otoño de 1942) a la caída de Berlín (primavera de 1945), pero sólo para los rusos, no para las minorías étnicas de la URSS. Una parte de éstas compartía el sentimiento de la “Hora de Rusia”, en especial los judíos, y en menor medida algunos ucranianos. De repente los rasgos del verdadero Stalin se borraron en las mentes y sólo quedó una imagen del mismo Dios”, recordaría Alexander Wat. Stalin fue el generalísimo de las fuerzas armadas de tierra, mar y aire. Existe una corriente de opinión sobre la nulidad del “mariscal” Stalin como organizador militar, según la cual no hacía más que interferir en el trabajo de sus generales. Pero a diferencia de Hitler, que tuvo un pequeño genio militar incapaz de aprender nada nuevo, Stalin empezó sin noción alguna y acabó aprendiendo mucho.

Aun suponiendo que la verdad sobre el generalísimo Stalin fuera peor, no se puede olvidar que su figura al menos enardecía a la tropa, que se sentía capaz de lanzarse a una muerte segura Za Stalin Za Rodina! por Stalin y la patria, como antiguamente lo habían hecho invocando al zar. Stalin hizo de la guerra contra Alemania una “Gran Guerra Patriótica”, mucho más rusa que soviética. Por eso, a la hora de la victoria final brindó en honor del “gran pueblo ruso”. Aceleró la conversión hacia el nacionalismo nacida en los años 1930, dejó de decir “camaradas” y habló a “hermanos y hermanas”, eliminó la cadena de mando paralela de los Comisariados Militares en 1942, restableció los rangos e insignias prerrevolucionarios, resucitó el vilipendiado cargo de “mariscal” y creó la Orden de Suvórov (general ruso que venció a Napoleón en 1813). Así como sacó del olvido la gloria militar de la Rusia de los Zares, cooptó a la Iglesia ortodoxa. El 22 de junio de 1941, el metropolitano Sergei lanzó un llamamiento por la “defensa de las fronteras sagradas de la Patria” y el estado hizo desaparecer convenientemente toda su propaganda antirreligiosa, archivando para mejor momento los expedientes policíacos sobre los últimos clérigos clandestinos aún existentes. Así Stalin pudo sentirse respaldado y proclamar al lado de la Iglesia la necesidad de “combatir por nuestra Santa Madre Rusia”. En la noche del 31 de diciembre de 1943, el pueblo soviético oyó por primera vez la melodía escogida para un nuevo himno de la URSS. En lugar de La Internacional el orfeón cantaba “La Gran Rusia creó la Unión indefectible de las Repúblicas Libres… Lenin el Grande nos enseñó el camino y Stalin nos formó”. Stalin supo utilizar corruptamente la religión para mantener su poder, retomando el breve experimento de Lenin con la llamada “Iglesia Viva” en 1919. Ahora no se trataba de debilitar con un cisma artificial a la Iglesia ortodoxa, sino de proceder a una “falsificación del bien” en palabras de Alain Besançon, transformándola en un brazo más del sistema estatal soviético. Para empezar se autorizó la difusión de una versión mutilada de la Biblia, a cargo del ministro de exteriores Molotov y del fiscal general del estado Vischynsky. Éstos confiaron al escritor Nikolai Virta, hijo de un sacerdote fusilado (los sacerdotes ortodoxos no hacen voto de castidad, sino que pueden tener familia sin restricciones), ganador de un Premio Stalin de Literatura, una “versión censurada” de la Biblia, y éste aceptó el encargo —¿qué podía hacer sino obedecer?—. Stalin, que había sido seminarista en Tiflis en la década de 1890, autorizó la reapertura provisional de iglesias y seminarios. De esa forma completaba sus hazañas populares, convirtiéndose en Mariscal, Salvador de la Patria, Restaurador del Ejército, Caudillo de la Nación y Protector de la Fe.

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