El tabú de las deserciones


“Entre nosotros no hay prisioneros de guerra: sólo traidores a la patria” afirmó Stalin el verano de 1941, cuando firmó la Orden nº 270 de 16 de agosto, y la Orden Secreta nº 1919 de 12 de septiembre, que convertían a los militares soviéticos capturados por los alemanes en traidores (implicando a sus familias) y establecían en la retaguardia unidades del NKVD para disparar sobre las tropas en retirada, los llamados destacamentos de bloqueo. De los 3.000.000 de soldados que había en el Ejército Rojo en verano de 1941, apenas quedaba 1.000.000 en septiembre, batiéndose en retirada. Los otros habían caído muertos, se habían desbandado o habían sido capturados por los alemanes. Muchos se rindieron muy pronto, sin ofrecer una resistencia digna de tal nombre. En la primera mitad de 1942 el mismo fenómeno volvió a producirse, después de varios meses de una resistencia mucho más organizada y firme. Stalin reaccionó con la tristemente célebre Orden nº 227 de 28 de julio de 1942 “Ni un paso atrás”, para impedir que los soldados soviéticos siguieran rindiéndose. En los campos de prisioneros alemanes los cautivos soviéticos fueron abandonados a su suerte por su gobierno, que no reconocía su existencia y no había firmado la Convención de Ginebra: los prisioneros de los demás países beligerantes recibían ayuda a través de la Cruz Roja Internacional, de acuerdo con dicha Convención, mientras los soviéticos morían de hambre. Durante las guerras napoleónicas ningún ruso se rindió al enemigo. En la Gran Guerra Patriótica lo hicieron divisiones enteras en bloque. Luego, entre los prisioneros de guerra, se reclutaron unidades armadas para combatir al régimen soviético, por no hablar de los “Schumas” o Schutzmannschaften, destacamentos policiales, milicianos y de guardianes de campos, reclutados por los alemanes entre un gran número de nacionalidades soviéticas, incluida la rusa. Aleksander Solzhenitsyn abordó el problema en 1995, destapando una “verdad incómoda” oculta durante medio siglo:

“Así era nuestro régimen, sólo esto lo explica. Pero por otra parte, prisioneros de guerra que no habían ayudado a los alemanes, y cuya única culpa era haber sobrevivido, haber logrado huir y regresar con los suyos, eran traicionados por la Unión Soviética una tercera vez. La primera lo habían sido a la hora del estallido de la guerra en junio de 1941. La segunda, al ser capturados por los alemanes y ser negados por el gobierno soviético. En el mejor de los casos, unos pocos de los que regresaron del infierno del cautiverio nazi, pasaron por los Campos de Filtración y después fueron liberados. A la mayoría les cayeron penas de diez o veinticinco años de trabajos forzados, o bien fueron fusilados.”

La rendición de los soldados en 1941-1942 y las masivas deserción se explica también por la indiferencia absoluta del alto mando soviético por sus propias bajas en combate. Muchas órdenes telegrafiadas a la línea del frente, hasta 1945, concluían con la misma frase: “sin tener en cuenta las pérdidas”. Era una antigua tradición militar rusa, pero hasta generales duros como Zhukov (foto izquierda) quedaban impresionados por la indiferencia total de Stalin, sólo comparable con la de Hitler. “A cualquier precio”  fue la consigna que recibieron los generales que luego “prendieron en sus guerreras la Orden de Suvórov y la Orden de Kutúzov, olvidando que en el monumento a éste último había una inscripción que decía “Por haber alcanzado el éxito militar con mínimas bajas”. Las bajas no pudieron ser mayores: la relación de soldados muertos en combate fue algo más de 3 rusos caídos por cada muerto alemán. Cuando a finales de noviembre de 1941 el general alemán Heinz Guderian amenazaba con sus tropas acorazadas Moscú, Stalin contestó a Zhukov, que le pedía refuerzos: “Toma todo lo que quieras, pero no toques la fuerza de trabajo de los mineros del Oro” (los del Gulag), y a Beria le dio más tropas para que sirvieran de guardias en los campos de concentración soviéticos. A cambio aceptó el reclutamiento de 450.000 presos del Gulag, no confinados en el Dalstroi, la región penitenciaria del “Oro de Kolyma”, como “voluntarios”. Muchos conocieron el mismo destino que el subteniente Iván Dimitrevich Perfiliev: como “elemento socialmente peligroso” había sido condenado en 1937 y luego reclutado como “voluntario” en el Ejército Rojo en 1941; combatió sin descanso hasta el final de la guerra —en el Ejército Rojo no existían los descansos—, ganó una “Medalla al Honor” y dos “Medallas al Valor”. No obstante, en 1945 fue devuelto a su lugar de destierro. Allí siguió cumpliendo hasta el final la pena dictada contra él en 1937.

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