La caótica Revolución de Octubre


La Guerra Civil Rusa se libró de una manera salvaje y brutal, especialmente contra la población civil. En total cerca de 8.000.000 de personas perdieron la vida en su transcurso. La intervención de los Imperios Centrales, liderados por Alemania, en 1918, y posteriormente de las potencias de la Entente a partir de 1919, contribuyeron a su prolongación e intensidad. La Unión Soviética como estado heredero del Imperio Ruso alcanzó por medio de su victoria el dominio no sólo sobre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y el Cáucaso, sino también sobre los dominios imperiales en Asia Central. Entre 1917 y 1918, diversos países que habían pertenecido al imperio de los zares alcanzaron la independencia: Polonia, Ucrania, Finlandia y Tuvá (Mongolia); tras la Guerra Civil Rusa, Ucrania fue sometidas al poder soviético, perdiendo su reciente independencia. En Europa, la contienda finalizó con la victoria del Ejército Rojo sobre las últimas unidades de los ejércitos blancos acorraladas en la Península de Crimea, en noviembre de 1920. En el Cáucaso, la victoria bolchevique llegó tras la conquista de la ciudad de Batum en 1921; y en Asia, tras la conquista de Vladivostok en 1922.

En el invierno de 1916, los habitantes de las ciudades rusas comenzaron a sufrir escasez de comida y combustible para calefacción, extendiéndose el miedo a que se produjera una hambruna. Desde la capital Petrogrado se extendió una oleada de huelgas y manifestaciones que afectaron a todas las grandes ciudades del Imperio Ruso. El zar Nikolai II, situado en el cuartel general del ejército que combatía a los alemanes, dio órdenes de sofocar los disturbios, pero ni la policía ni las fuerzas armadas le apoyaron. De hecho, muchos soldados que estaban acuartelados en las grandes ciudades llevaban meses pasando hambre y ante la extrema carencia de oficiales, empezaron a prestar oídos cada vez más a los agentes de los partidos revolucionarios que les incitaban a la huelga y a la rebelión. El alto mando de las fuerzas armadas, consciente de que la desorganización reinante en su retaguardia estaba desmoralizando a los soldados de manera creciente, decidieron prescindir del zar y así se lo comunicó. Éste, dolido pero responsable, abdicó sin oponer resistencia. En marzo de 1917, el hambre del invierno anterior lanzó a la calle a los manifestantes, entre los que eran mayoría las mujeres y los soldados de las guarniciones, que estaban hartos del abandono al que habían sido echados por las autoridades civiles. Los partidos revolucionarios establecieron un Comité Revolucionario o Soviet [Consejo] que se autoproclamó legítimo representante popular. Enfrente, los partidos demócratas de la Duma, que habían reclamado durante años un mayor poder sobre las decisiones de gobierno, formaron un primer gobierno provisional. En el ambiente flotaban dos anhelos populares: poner fin a la guerra, es decir, la participación de Rusia en la primera guerra mundial, y resolver el problema del hambre, actuando firmemente para controlar la distribución de alimentos. Estas reivindicaciones no eran un asunto exclusivo de los bolcheviques, sino que estaban en boca de todo el mundo, políticos y sindicalistas de diversa significación ideológica, e incluso generales y almirantes, muy preocupados por el caos político interno en que había caído Rusia desde que el zar abandonara la capital Petrogrado.

Lenin fue introducido en Rusia por los servicios de inteligencia alemanes, con la intenció de que su presencia agravase el caos civil en Rusia. Bien provisto de dinero suministrado por el ejército alemán, Lenin llegó a Petrogrado en abril de 1917, dispuesto a movilizar a su pequeño partido para dar un golpe de estado revolucionario. Hasta ese momento, los bolcheviques se habían mostrado tímidos y cautelosos, pero Lenin los despertó bruscamente de su letargo y los lanzó a colonizar el Soviet de Petrogrado, la inmensa guarnición de la ciudad, repartida en varios complejos militares, y la base naval de Kronstadt. Mientras tanto, el gobierno provisional demócrata se vio presionado de forma violenta por las potencias aliadas para que no sacase a Rusia de la guerra. Los políticos demócratas, liderados por un socialista llamado Kerensky, cedieron. Lenin se gastó todo el dinero de los alemanes imprimiendo periódicos, carteles y panfletos con los que pudo aumentar su presencia fuera de Petrogrado y crear nuevas células de su partido a lo largo y ancho de todas las grandes ciudades del Imperio Ruso. Gracias a sus campañas propagandísticas supo atraerse a muchos descontentos en las fuerzas armadas, tanto en el frente como en la retaguardia, por medio de mensajes sencillos y directos, del estilo “¡Paz, pan, tierra y libertad!” o “¡Roba a los ricos lo que éstos le han robado al pueblo!” Así consiguió poner voz a los millones de hombres jóvenes desesperados que no tenían ni para comer, comidos de rabia y de frustración.

Al verse dueños de la situación militar por la adhesión de los soldados y los marinos acuartelados, los bolcheviques dieron un golpe de estado en julio. Kerensky, asustado, pidió ayuda a las fuerzas armadas desplegadas en el frente de guerra, que debido a una serie de derrotas durante la primavera, no se hallaba a más de 300 km de distancia. El estado del ejército era desesperado, porque debido a los meses de caos social pasados entre marzo y julio, había dejado de recibir toda clase de suministros, sobre todo comida y munición. Aun así, un enérgico general, llamado Lavr Kornílov, preocupado por las llamadas de auxilio del presidente del gobierno, reunió algo más de una división de tropas cosacas y de infantería rusa para acudir a la capital y defender al gobierno democrático. Pero Kerensky, que debido a la desunión de los revolucionarios armados, pudo controlar la situación mientras Kornilov estaba de camino con la caballería, cambió de idea y le ordenó que detuviera la marcha. Éste lo hizo así, y adelantó una pequeña escolta para observar sobre el terreno qué sucedía en Petrogrado, porque Kerensky le enviaba mensajes contradictorios y no sabía qué hacer. Sobre todo, temía que los revolucionarios hubieran capturado al presidente y estuvieran tendiéndole una trampa. La avanzadilla de Kornílov llegó a Petrogrado y se informó de la situación: había habido un intento de golpe de estado capitalizado por partidos obreristas revolucionarios, que habían lanzado a soldados a la calle, pero la falta de convencimiento de éstos, unido al rechazo de las masas populares, había permitido a las fuerzas de seguridad y a las unidades de la guarnición leales al gobierno democrático sofocarlo sin demasiados problemas.

Kornílov se sintió traicionado por Kerensky quien, tratando de acrecentar su fama como líder revolucionario popular, había anunciado que Kornílov pretendía derrocar con sus tropas al gobierno democrático e instaurar una dictadura militar monárquica, con la intención de reponer al zar al frente de un gobierno autocrático. Mientras tanto, los bolcheviques habían sido detenidos y encarcelados, y Lenin había escapado al extranjero a toda velocidad. Las tropas de Kornílov llegaron cuando todo había acabado y acamparon fuera de la ciudad, con la intención de volver al frente. Kornílov estaba furioso, pero finalmente no hizo nada, y fue detenido acusado de intento de golpe de estado. Todo aquel lío político desmoralizó a propios y extraños, civiles y militares, que se sintieron abandonados por el presidente del gobierno, al que habían seguido con poco entusiasmo, porque no había puesto fin a la guerra.

La maniobra política de Kerensky acabó por perjudicarle a él y a todos los partidos democráticos, que fueron cogidos haciendo trampa y mintiendo a los medios de comunicación. Mientras tanto, las derrotas se sucedían a ritmo creciente en el frente. A lo largo de los meses de agosto, septiembre y octubre, el gobierno fue perdiendo el respeto de la sociedad rusa, mientras que los revolucionarios obreristas de izquierda iban apropiándose lenta pero firmemente de las calles de las ciudades rusas más importantes. El otoño trajo la hambruna a unas ciudades que parecían pueblos fantasma. Todo el que había podido había emigrado al campo para huir del hambre. Sólo quedaban los soldados y marinos que no querían ir al frente ni embarcar, de huelga en huelga, pero sin amotinarse violentamente. Finalmente, en un ambiente de hastío dominado por el hambre y el desconcierto, los bolcheviques lanzaron un segundo golpe de estado la noche del 7 de noviembre de 1917, recogiendo una autoridad gubernamental a la que nadie hacía caso, abandonada por todos. El golpe en sí fue un dechado de desorganización: nadie quería morir, ni los golpistas ni los defensores del gobierno. Los bolcheviques habían convencido a la tripulación de un crucero atracado en los muelles del Río Neva, el Aurora, de que disparase un cañonazo de advertencia contra la sede del gobierno. Los marinos dispararon una salva de saludo, sin proyectil, que hizo mucho ruido, pero no quisieron seguir con aquel juego. Luego ese cañonazo a desgana se convertiría en parte de una gran gesta propagandística que fue magnificada por todo tipo de periodistas e intelectuales que sólo conocían la versión de los propios bolcheviques. Éstos convirtieron lo que había sido un desconcierto total en una hazaña épica y consiguieron hacérsela creer a todo el mundo durante décadas.

Nadie se movía de sus posiciones mientras caía la noche. La ciudad no hacía caso de los revolucionarios, y los que tenían con qué comer y salir al teatro y a la ópera iban tan tranquilos, en tranvías cargados de gente que funcionaban con normalidad. Había habido tantas manifestaciones, tantas huelgas y tantos tiroteos en la calle desde el mes de marzo, que la gente ya estaba acostumbrada, y no se extrañaban por ello. Los bolcheviques pensaban dar su golpe de estado con menos de 6.000 milicianos de su partido, llamados “guardias rojos”, reforzados por algo más de mil marineros de la base naval de Kronstadt que se les habían unido. La sede del gobierno democrático, situada en el Palacio de Invierno de los zares, contaba con unas fuerzas menores aún, nada dispuestas a dejarse matar por unos políticos que no les merecían ningún respeto. Pasada la medianoche, los bolcheviques se apoderaron de la Fortaleza de S. Pedro y S. Pablo y comenzaron a disparar sus cañones contra el Palacio de Invierno. Lanzaron más de 60 proyectiles, pero sólo uno dio en el blanco y casi de refilón. Durante el bombardeo, los soldados apostados para la defensa se fueron escabullendo y nadie los detuvo.

Antonov-OvseenkoCuando el lento y errático fuego de artillería se detuvo, no había más que unos 250 defensores: 140 mujeres de un regimiento propagandístico creado por el gobierno republicano de Kerensky, el “Regimiento de la Muerte”, que nunca había entrado en combate, y un centenar de cadetes de menos de 17 años de las academias militares de la ciudad. Al final, un agente comunista que estaba en las inmediaciones, llamado Antonov-Ovseenko, reunió a un gran grupo de bolcheviques, impacientes al ver que no ocurría nada, y se puso a su frente. Apenas llevaban armas, y formando una especie de manifestación vociferante, se encaminaron hacia las verjas del Palacio de Invierno. Las mujeres y los cadetes estaban cansados, con los nervios de punta por tanta espera y tanta incertidumbre. Sabían que los habían dejado solos, y se sentían ridículos. Cuando los bolcheviques se acercaron a los muros, las mujeres dispararon una descarga de fusilería y los obligaron a retroceder, dejando varios muertos en la calle. Después de un rato, Antonov-Ovseenko lanzó a los suyos otra vez a la carrera hacia las verjas. Las mujeres no dispararon, y los bolcheviques entraron por la fuerza y las desarmaron.

Kerensky

Pocos minutos antes, Kerensky había dicho que salía del edificio para ver si podía reunir tropas para defender el palacio. No regresó jamás. Así terminó todo: los bolcheviques entraron, fueron desarmando a los cadetes y a las mujeres, detuvieron a los pocos políticos y funcionarios que no habían huido aún (casi todo el mundo lo había hecho), y reduciendo a algunas oficiales mujeres que querían luchar, les dieron una paliza, les arrancaron la ropa y las violaron por grupos, un acto bestial que servía a los más sádicos para calmar a los más asustados, y que por desgracia tenía una larga tradición en las costumbres guerreras de Rusia y otros países de Europa Oriental. Al día siguiente, la Bolsa abrió en Moscú con subidas en casi todos los valores de cotización. Nadie se había enterado de que Kerensky y su gobierno se habían esfumado y ahora el poder era de los bolcheviques, nadie: ni dentro ni fuera de Rusia.

Krasnow

Sin embargo, no todo el mundo se tomó con cansada resignación el bufo golpe bolchevique. Tres días después de éste hubo un general cosaco, el Atamán Krasnow, que quiso deponer a los revolucionarios, a los que despreciaba profundamente. Sin embargo, sólo sus cosacos más allegados quisieron seguirle, uniéndoseles algunos cadetes desorientados. La intentona le pareció a mucha gente que no era sino otra refriega: los rusos de a pie temen y odian a los cosacos, que tienen una merecida fama de saqueadores, aprovechados y mercenarios. Los bolcheviques, con los ánimos crecidos por la facilidad con que se habían hecho con el poder, por fin tenían a La Contrarrevolución enfrente. Los cosacos y los que estaban con ellos, numéricamente muy inferiores a los bolcheviques que habían estado festejando su fácil victoria, fueron repelidos, pero no derrotados. Así que éste, al que se unieron otros oficiales del ejército y algunas unidades leales a ellos, volvieron a intentar tomar el control del centro de Petrogrado, donde los bolcheviques se habían atrincherado. Empleando ametralladoras pesadas y todo el arsenal de los cuarteles de la ciudad, aplastaron a Krasnow y los suyos. Algunos historiadores creen que ese episodio puede considerarse como el estallido de la Guerra Civil Rusa.

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