La Revolución silenciada


“Tengo mucho miedo de que esas palabras [un comentario crítico no exento de maledicencia sobre uno de sus jefes en la Unión de Escritores] caigan en el archivo de un informante [chivato, confidente o soplón] encargado de transmitir datos sobre el Escritor Prishvin” escribió en íntima confianza el escritor ruso Mikhail Prishvin en su diario privado en 1937. Privshin se retiró de sus cargos públicos y se encerró en su diario. Llenó sus páginas con una escritura hológrafa minúscula, apenas inteligible a la lupa, para ocultar sus pensamientos a la policía en caso de que fuera detenido y le encontraran el diario. Para Prishvin el diario era su “afirmación de individualidad”, un lugar donde ejercer su libertad intelectual y donde podía hablar con su propia voz sobre lo que pensaba de verdad: “O bien uno escribe un diario para sí mismo, para excavar hasta su yo más profundo, y conversar con uno mismo, o lo escribe para relacionarse con la sociedad y expresar secretamente su opinión sobre ella.” Para Prishvin, el diario le servía para ambas cosas. Lo llenó de reflexiones en las que expresaba en qué asuntos se oponía al partido comunista soviético, señalaba la influencia destructiva de la cultura de masas soviética, y reafirmaba que el espíritu humano es y debe mantenerse como algo indestructible. El dramaturgo Aleksandr Afinogenov empezó a llevar un diario personal en 1926. Lo llenó de autocríticas y reflexiones acerca de cómo podía mejorar como comunista. Después, a mediados de la década de 1930, cayó en desgracia ante el régimen soviético: la perspectiva psicológica de sus obras teatrales proletarias perdieron el favor de las autoridades literarias, ahora comprometidas con la doctrina del realismo socialista.

Su obra La Mentira, de 1936, fue atacada por Stalin, quien dijo que el argumento carecía de un auténtico héroe comunista, cuya vida estuviera consagrada a la causa de los trabajadores. Se dijo que el grupo literario al que pertenecía Afinogenov —encabezado por el antiguo presidente de la RAPP, la Asociación de Escritores Proletarios de Rusia, Leopold Averbakh— conspiraba para derrocar al régimen soviético. En la primavera de 1937 Afinogenov fue expulsado del partido comunista, y la policía política del NKVD (Ministerio del Interior) lo desalojó de su piso en Moscú. Se mudó a su dacha (chalet) de Predelkino, donde vivió con su mujer y su hija en un régimen de voluntario autoaislamiento. Sus viejos amigos le dieron la espalda. Un día en un tren oyó una conversación entre dos jóvenes oficiales del ejército que coincidían en alegrarse de que el “espía japonés Averbakh” hubiera sido finalmente capturado, y su “secuaz Afinogenov” estuviera en la cárcel a la espera de juicio. A medida que Afinogenov se fue enclaustrando en su mundo personal, su diario comenzó a cambiar. Todavía tenía momentos en que se autocriticaba como comunista, en los que aceptaba las acusaciones fabricadas falsamente contra él y trataba de purgarse o purificarse como comunista, pero cada vez había entradas más frecuentes y extensas dedicadas a la introspección, con una creciente inmediatez psicológica y más uso del “yo”, en vez del pronombre “él” que antes empleaba para referirse a sí mismo. El diario se convirtió en un refugio secreto de sus pensamientos y reflexiones íntimas:

“Dos de noviembre de 1937. Al regresar a casa, me siento con mi diario y pienso solamente en mi rincón privado del mundo, que permanece incólume, incontaminado por la política, y escribo sobre eso. Ahora que he sido excluido del flujo general de la vida, de repente siento la necesidad de hablar con la gente sobre todo lo que está ocurriendo [la represión cultural e intelectual en la Unión Soviética] pero ahora ese anhelo de comunicación sólo puede satisfacerse en estas páginas, porque nadie querría hablar conmigo. Me he convertido en un peligro parlante…”

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