Hacer carrera en la URSS


K. Simonov

Hacer carrera en la Unión Soviética en los años de las Grandes Purgas (1934-1949) implicaba necesariamente hacer “concesiones morales” (es decir, actuar como un h.d.p.) cuando no por medio de denuncias o delaciones directas sobre otras personas, manteniendo al menos una silenciosa aceptación del régimen soviético. Konstantin Simonov, cuya carrera despegó en los años de la segunda guerra mundial, escribió con gran candor y sinceridad sobre lo que consideró la colaboración de la silenciosa sociedad soviética durante la época de las Grandes Purgas. En sus memorias, dictadas a un asistente en su lecho de muerte en 1979, Simonov habló de sus propias culpas personales: “Para ser sincero sobre esa época, no sólo Stalin es imperdonable, sino también uno mismo. No es que haya hecho algo malo —tal vez uno no hizo nada malo, al menos directamente— sino que se acostumbró al Mal. Los acontecimientos que se produjeron a partir de 1937 parecen ahora extraordinarios, demoníacos, pero para mí, que era entonces un hombre de 22 o 24 años, se convirtieron en una suerte de norma, algo casi habitual y común: lo normal, vamos. Uno vivía en medio de esos acontecimientos, sordo y mudo a todo, no veía ni oía nda cuando la gente que lo rodeaba era detenida, condenada y fusilada, cuando desaparecía gente por todas partes, que sabíamos que caía deportada al Ártico.

M. Koltsov

Procurando explicar esa indiferencia, Simonov recordaba su propia reacción ante la detención, acaecida en 1939, de Mikhail Koltsov, un escritor, poeta y periodista de gran brillantez, cuyos artículos sobre la guerra civil española habían sido una verdadera inspiración para el joven círculo literario en el que se movía Simonov. En su interior, éste nunca había creído que Koltsov fuese un espía, tal como reconoció ante el escritor Fadeiev en 1949, pero de algún modo en 1939 consiguió reprimir sus dudas y no pensar demasiado en Koltsov y su detención. Ya sea por miedo o por cobardía, o por el deseo de creer al estado soviético, o simplemente porque su instinto de artista “trepa” le obligaba a evitar cualquier idea potencialmente subversiva, había logrado producir una pequeña adaptación interior para adecuarse y servir a las necesidades del régimen soviético. Había “recalibrado su brújula moral” para poder navegar a través del “laberinto moral” de las Grandes Purgas, y seguir adelante con su propia carrera, con sus convicciones más o menos intactas. Simonov no llegó a ser un informante en nómina del NKVD, pero fue presionado por las autoridades soviéticas, que acabaron haciéndolo actuar casi como tal. En la primavera de 1937 Vladimir Stavsky, el secretario general de la Unión de Escritores de la URSS lo invitó a unirse a otros tres jóvenes escritores del Instituto Literario de Moscú para trabajar durante una estancia lúdico-cultural en el Cáucaso. Debían escribir sobre la vida de Sergo Ordschnikihdzhe, antiguo comisario del pueblo (ministro) de Industria Pesada, un georgiano famoso, amigo de Stalin durante la guerra civil rusa, quien acababa de suicidarse, y había que hacerle unas honras literarias póstumas. Poco antes de la fecha en la que debían salir para Georgia, Simonov fue llamado al despacho de Stavsky. Éste le exigió que le contara “todas las conversaciones antisoviéticas que había estado manteniendo en el Instituto”. Quería que confesara y “se arrepintiera” para colocarlo en una posición en la que le resultara difícil negarse a obedecer las órdenes que quisieran darle las autoridades (de delatar a otros escritorcitos como él). Cuando Simonov negó que hubiera mantenido esa clase de conversaciones, Stavsky alegó que “tenía información” al respecto. Le dijo que era “mejor que dijera la verdad”. Stavsky “estaba claramente enojado por mi aparente incapacidad de ser sincero y contarle la verdad”, recordaría Simonov en 1979. Después de varios intentos más de Stavsky de acusarlo, y de que Simonov lo desmintiera todo, llegaron a una especie de punto muerto, pero Simonov seguía negándose a obedecer o “cooperar”. Stavsky lo acusó de difundir “poesía contrarrevolucionaria” y lo excluyó del viaje a Georgia. Gradualmente, Simonov se dio cuenta de dónde provenía la “información” de Stavsky. Entre los estudiantes del Instituto cundía la admiración y el gusto por la poesía de Rudyard Kipling. Un día Simonov entabló una conversación sobre Kipling con un profesor, quien luego le preguntó qué le parecía la poesía de Gumiliov —fusilado por contrarrevolucionario en 1921—. Simonov respondió que le gustaba una parte de la poesía de Gumiliov.

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