El fantasma del “enemigo del pueblo”


Roza Novoseltseva, cuyos padres fueron detenidos en 1937, nunca pensó que fueran verdaderamente “enemigos del pueblo”, pero estaba dispuesta a creer que los dirigentes de primer nivel del partido comunista soviético, como Mikhail Bukharin, podían ser verdaderos “enemigos del pueblo” porque, tal como lo expresó en aquellos años, “alguien tiene que ser responsable de las horribles circunstancias en que se encuentra mi familia”. Vladimir Ianin, nacido en una familia de diplomáticos soviéticos, creía firmemente en todas las acusaciones que se hacían sobre los “enemigos del pueblo”. Pensaba que Yezhov, comandante en jefe de la OGPU/NKVD era “un gran hombre”, a pesar de que su propio padre, su hermana mayor, seis de sus tíos y una tía habían sido detenidos y desaparecieron para siempre entre 1935 y 1939. Sólo después de la detención de su propia madre, que se produjo en 1944, empezó a poner en tela de juicio sus convicciones de buen comunista. Escribió una carta a Stalin —mucha gente de a pie escribía a Lenin, Stalin, Jruschev o Brezhnev (según la época), cuando no sabía qué hacer para que escucharan sus quejas, pero Lenin y sus sucesores  no leían esas cartas, sino que tenían unos despachos dedicado a ellas en el Kremlin, servidos por grupos de funcionarios, algunos de ellos del NKVD— para decirle que su madre era totalmente inocente y para advertirle de que esa detención demostraba que el NKVD había caído en manos de los “enemigos del pueblo”. Incluso las mismas víctimas del régimen soviético siguieron creyendo en la existencia de los “enemigos del pueblo” y de los “kulaks” (imaginarios explotadores capitalistas agrarios). Los consideraban responsables últimos de la detención de la que habían sido objeto, a la que consideraban parte de un “sabotaje contrarrevolucionario” o suponían que los habían confundido con auténticos “enemigos del pueblo”.

Dimitri Streletsky nació en una familia de supuestos “kulaks” que habían sido deportados al un Campo de Concentración en el Gran Norte, la región ártica del territorio soviético, acusados de ser “enemigos del pueblo”. La familia Streletsky sufrió lo indecible: hambre, frío, tifus, maltrato y años de confinamiento en más de un Campo de Concentración del Gulag [Dirección Estatal de Campos Correcionales de Trabajo]. Pero Dimitri quiso seguir creyendo en la propaganda del régimen soviético, y se convirtió en un ferviente admirador de Stalin hasta la muerte de éste en 1953. Recordando su vida en retrospectiva, en la década de 1990, Streletsky dijo que “era más fácil para nosotros [las víctimas de la represión soviética] sobrevivir a nuestras condenas si seguíamos creyendo en la Unión Soviética, si seguíamos pensando que el partido comunista estaba infiltrado por “enemigos del pueblo”, y no perdíamos las esperanzas que habíamos depositado en él… Nunca creí que Stalin fuera el causante de mis sufrimientos o los de mi familia. Sólo me preguntaba cómo era posible que en el partido comunista no supieran que habían sido engañados… Mi propio padre decía: “Stalin no lo sabe, y eso significa que tarde o temprano nos liberarán del Campo de Concentración.” Tal vez fuera una forma de autoengaño, pero psicológicamente creer en la justicia de Stalin nos hacía más fácil soportar la vida que llevábamos. Nos quitaba el miedo y la culpabilidad.”

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