El rojo: símbolo del comunismo y color de la sangre


La manera en que las personas en la Unión Soviética se enfrentaban a sus dudas era suprimiéndolas, o encontrando algún modo de racionalizarlas, para poder preservar la estructura básica de su fe en el régimen soviético. Quizá no lo hacían de forma consciente, y en general no se pararon a reflexionar sobre su propia conducta en la época soviética hasta después de la desaparición de la URSS en 1991. El padre de Maya Rodak fue denunciado en 1937 y acusado de ser un “enemigo del pueblo”, porque sin darse cuenta había pronunciado una frase que Trotsky había empleado en cierta ocasión, mucho antes de caer en desgracia y convertirse en un gran “enemigo del pueblo”, en una carta dirigida al Comité Central del partido comunista soviético. Después de su detención, Maya intentó —y en 2006 así lo entendía— conciliar sus dudas sobre la naturaleza del régimen comunista y su fe en las doctrinas del marxismo-leninismo: “Me sentía muy perturbada, acosada por demasiadas preguntas. Como reacción me obligué a convertirme en una conformista. Eso es lo que ocurrió, aunque sólo ahora empleo la palabra “conformista”… No era un simple juego, sino una estrategia para sobrevivir y no volverse loco de terror. Por ejemplo, a una amiga que yo tenía llamada Alla y a mí, nos gustaba el culto que se prodigaba públicamente a la persona de Stalin, pero que todo fuera una farsa o la adoración de un ídolo monstruoso nos parecía sencillamente inadmisible, incluso reflexionando para una misma. Yo sólo sentía una constante necesidad de corregirme, de purificarme de toda duda para creer sin fisuras en la Unión Soviética y su régimen.” En sus memorias, el escritor y propagandista soviético Konstantin Simonov reflexionaba sobre las reacciones que provocaba en él la detención de un familiar —un tío abuelo suyo— veterano oficial del Ejército Rojo que cayó en relación con el juicio abierto al mariscal Tujachevsky y a otros altos generales soviéticos en 1937. Simonov recuerda que no creía mucho en la culpabilidad de los acusados. Durante su infancia había idolatrado a Tujachevsky —a quien había podido ver en persona alguna vez en casa de su tío abuelo, el que había sido falsamente acusado, en Moscú—. La madre de Simonov estaba indignadísima por el arresto de su tío. Por lo tanto, Simonov dedicó un rato a evaluar las evidencias que se iban publicando en torno a los juicios a los militares con especial cuidado, pero finalmente decidió creer lo que leía en la prensa soviética. Al igual que la mayoría de la gente que vivió en la URSS, Simonov supuso que nadie se atrevería a condenar a muerte a los más cualificados militares de las fuerzas armadas nacionales sin que hubiera pruebas concluyentes de que habían cometido alta traición: “Era imposible dudar de la existencia de una terrible conspiración. Cualquier duda al respecto resultaba inconcebible… no había ninguna alternativa. Estoy hablando del espíritu de toda una época: o bien eran culpables, o era imposible entender lo que ocurría.”

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