Historias Paralelas de 1916: Verdún


A principios de marzo de 1916, mientras faltaba un año para que en Petrogrado se gestara la Revolución de Febrero, los campos estaban cubiertos de nieve en el norte de Francia. Larguísimas filas de camiones rodaban, traqueteando y resbalando sobre una carretera helada. Las plataformas, bastante altas y abiertas, eran sacudidas por el viento como velas de barco; los motores eran pequeños, y las ruedas, más pequeñas que las de los camiones actuales, llevaban llantas de caucho macizo, y no cámaras de aire. Para saber lo que es conducir un camión de ruedas macizas durante sólo unos 50 km, hace falta haberlo sufrido. Desde la estación ferroviaria de Badonvilliers hasta Verdún, la carretera no tenía más de 75 km de recorrido, pero los camioneros del ejército francés la subían y bajaban sin apenas parar cada 24 horas. Algunos no llegaron a dormir ni 20 horas entre las noches del 23 al 27 de febrero de 1917. Uno de ellos tuvo que estarse sin cambiar de ropa ni quitarse las botas desde el 22 de febrero hasta el 8 de marzo. Tenían los ojos enrojecidos, lagrimeando continuamente. Las manos, untadas con vaselina y llenas de sabañones agrietados, ni las sentían ya. De vez en cuando mordisqueaban algún chusco de pan sin dejar de conducir con aquellas manos, sin soltar el volante. Pero los camioneros aún podían considerarse hombres con suerte, sobre todo en comparación con los soldados franceses que transportaban hasta las líneas del frente en Verdún. Los convoyes se ponían en marcha desde Badonvilliers, para evitar la formación de atascos en Bar-le-Duc, entrando en la ciudad de Verdún por el barrio de Glorieux. Pero, a causa de los bombardeos de la artillería alemana, no todos los soldados eran conducidos hasta allí. Los relevos no debían ser aniquilados antes de haber llegado al campo de batalla. Se los desembarcaba en los cruces de carretera antes de llegar a Verdún y, en los mismos cruces ya, los camiones cargaban a los relevados: lo que quedaba de las unidades que habían entrado en acción. Estos restos de unidades iban a cubrir huecos en sus filas con reclutas frescos y a descansar un poco, en espera de volver a entrar en acción. Lo que iba a llamarse “la noria” había comenzado a funcionar antes de la llegada del general Philippe Pétain a la jefatura del II Ejército francés. El mando francés cumplía a la perfección su tarea de proveer el campo de batalla de “carne fresca”. Desde agosto de 1915, la llamada “Voie Sacrée” de Badonvilliers a Verdún había sido ensanchada hasta los 7 metros, de manera que las filas de camiones de ida y de vuelta se cruzaban sin molestarse, fácilmente, y hasta un vehículo ligero, como una moto, podía deslizarse por el hueco entre ambas.

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