Las princesas Maria y Anastasia


En julio de 1918 se envió a Yekaterinburg un equipo especial de Comisarios de la Cheká (de menos de un año de existencia), escoltado por fusileros letones y austríacos, tropas de élite extranjeras a sueldo del Partido Bolchevique, con órdenes expresas de Lenin de exterminar al completo a la familia del zar Nikolái II. No hubo ninguna discusión al respecto en el Consejo de los Comisarios del Pueblo; simplemente, Lenin dio instrucciones a Dzerzhinski y al presidente de la República Yakov Sverdlov, de perpetrar el asesinato colectivo de forma inmediata para socavar la moral de las fuerzas antibolcheviques, denominadas “guardias blancos”. El zar Nikolái, la zarina Alexandra, sus hijas, menores de edad, y el heredero al trono, el niño zarévitch Alexéi, fueron brutalmente tiroteados en el sótano de la casa incautada a un antiguo comerciante de Yekaterinburg, con varias armas automáticas. A los que sobrevivieron al ametrallamiento se los remató a la bayoneta. Acto seguido fueron asesinados de forma análoga todos los sirvientes y asistentes que habían permanecido voluntariamente al lado del zar y su familia. Después, los cadáveres fueron enterrados en secreto en un lugar indeterminado de la campiña cercana a la población, probablemente en algún bosque, para evitar que el lugar de la “ejecución” se convirtiera en un “santuario” de la causa zarista. Yankel Yurovski, el hombre que dirigió el equipo de los ejecutores, fue escogido por Dzerzhinski por ser hombre de confianza e incondicional de Lenin y de la Cheká. Más tarde, su éxito en esta operación magnicida le valió su ascenso a uno de los puestos de mando más elevados de la Cheká. Del resto de ejecutores, la historiografía oficial soviética dijo que quedaron sin ningún tipo de recompensa extraordinaria. Yurovski ordenó a los que se habían presentado voluntarios para participar en la misión de ejecución de los zares que devolvieran todos aquellos objetos de valor de los “ajusticiados” que habían “recogido” en la casa donde estaban confinados y, muy a su pesar (porque el botín era “regio”) tuvieron que obedecer bajo amenaza de muerte.

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