El bombardeo de Hamburgo de 1943


En un lugar encontramos a más de 500 seres humanos en un gran refugio de cemento. Estaban unos junto a otros, tranquilamente sentados, sin un solo arañazo: los había matado el monóxido de carbono, un gas que ayuda a morir compasivamente en un gran bombardeo como aquél. En otro sótano, en cambio, la masa de muertos aglutinada formaba una pared, una pasta olvidada en un horno, derretida, cocida, y vuelta a cuajar como un todo indistinto. Llamadas de socorro, llantos desesperados, gente sollozante… Madres desesperadas buscaban a sus hijos, aplastados, quemados, levantados en vuelo por el huracán de fuego, rescatados por bomberos o soldados, y después dejados en alguna calle, por la que deambulaban aterrados. Unas pocas madres encontraron por milagro a sus hijos, pero hubo más de mil niños que se volatilizaron literalmente, sin dejar rastro. Habían sido succionados por el colosal aspirador de los desgraciados, calcinados hasta quedar hechos cenizas, e incorporados a la columna de los desaparecidos, que lo barría todo a lo largo de los caminos.

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