De patrulla


Fue A. quien me despertó:

—Levántate —dijo—. Algo ocurre en las trincheras de Iván. Es necesario que tú y P. salgáis a explorar un poco; si quieres llévate a otro, pero que no sean ni L. ni S., porque los necesitaré si hubiera un ataque.

—No me extraña que te hicieran suboficial —gruñó P.—. ¡Siempre vienes con noticias así a la hora del desayuno!

—Déjate de historias, que esto corre prisa. No puedo pedírselo al primer idiota que se me presente. ¿A quién te llevas?

—Está bien, pesao, me llevo al moro gabachito. ¡Por el hecho de que los prusianos te hayan puesto galones dorados, no vayas a creerte que eres alguien!

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