Escuchando a escondidas


La noche estaba llegando lentamente a su fin, y en el momento en que nos disponíamos a volver, una voz llegó a nosotros desde las posiciones:

—No hay manera de establecer contacto con el batallón. La trinchera de comunicación está inundada y el río se ha desbordado. Nos ahogaremos en nuestros agujeros, mientras los Fritz se ríen de nosotros en sus abrigos secos, allá arriba…

La sonora voz, cargada de amenazas, se alejó en la oscuridad. Como ya no nos quedaba nada por hacer, regresamos a nuestras líneas. Pero durante las cuatro noches siguientes hubo que volver a espiar a los rusos desde el matorral: inútil precaución. B. reflexionaba sobre la posibilidad de capturar a algún prisionero, cuando nos enteramos de que una de nuestras patrullas había descubierto un cable telefónico del enemigo. Transcurrieron otros dos días letárgicos, escuchando diálogos estúpidos y chismes que distraían a los telefonistas, cuando de repente un día nos levantamos con el susto en el cuerpo. P. tiró del auricular y oí una voz:

—¿Qué tal os va, Joge?

—¡Es un asco! Estamos metidos en la mierda…

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