Jugando a las cartas en un refugio


—Mercancía robada: 150 Reichsmark y ni un pfennig más. Si es que sí, dilo; y si es que no, largo de aquí. H., desorientado y mudo, abrió una o dos veces la boca, en señal de asentimiento, y el reloj desapareció en el tubo de la careta antigás de P. Estupefacto, el hombretón que era H. contemplaba a P. que, siempre impasible, seguía jugando y haciendo trampas. Cuando acabó de limpiar a todos los jugadores, cerró con un gesto seco su tubo metálico, lleno a rebosar de billetes y relojes; se echó en la paja del suelo, con el tubo como almohada, y sacó su maldita flauta. El legionario y L. entonaron a coro una canción asquerosa. En cuanto a H., aquella noche se quedó con ganas de pegarle a alguien, porque absolutamente nadie le hacía ni caso.

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