A la muerte no se le puede ganar a las cartas


—¡Vosotros, candidatos al EK-Eins, dejadnos en paz! ¿No habéis visto a los dos críos del 104º crucificados por Iván? Cuantos más cerdos matemos, mejor: ¡Heil Hitler! Y preparaos, mis palomas, que volvemos a las andadas —apuntó, disparó y anunció envalentonado—: ¡Otro al infierno!

En el extremo sur del poblado, uno de nuestros refugios protegidos albergaba un nido de ametralladora que había rechazado varios ataques. Pero un día de madrugada los rusos comparecieron y lo arrasaron. Vimos cómo obligaban al viejo suboficial que mandaba en el refugio a arrodillarse en la nieve: le dispararon una bala en la nuca y su cuerpo rodó colina abajo, levantando una nube de polvo blanco.

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