Guerra y Diplomacia


La Guerra Civil Rusa (en ruso “Grasch-danskaja woina w Rossii”) enfrentó, en el territorio del extinto Imperio de Rusia, a los bolcheviques comunistas (conocidos como “rojos”, y encuadrados en el “Ejército Rojo” creado bajo la dirección de Lev Trotski en 1918) contra un heterogéneo grupo de fuerzas conservadoras, democráticas, socialistas moderadas y nacionalistas, agrupadas en torno a los llamados “ejércitos blancos”. La guerra comenzó en el invierno de 1917/18, y tuvo un primer ciclo de operaciones bélicas que terminó en 1920. La situación bélica, que dio la victoria a los bolcheviques, no varió hasta el fin del conflicto, cuyos últimos episodios concluyeron en 1922.  El momento concreto en que comenzó la guerra es objeto de discusión entre los historiadores. Hay quienes lo sitúan en la Revolución de Octubre (noviembre de 1917), a los que se oponen quienes lo retrasan hasta principios de 1918. Entre estos últimos, el comienzo de la Guerra Civil Rusa puede darse por seguro después de liquidada la participación rusa en la Primera Guerra Mundial, lo que acontece con la firma del Tratado de Brest-Litovsk. La cronología de la guerra es un punto a debate tanto en la historiografía rusa como en la occidental. Una parte de los historiadores sitúa el comienzo del conflicto en mayo de 1918, momento en que la “Legión Checoslovaca” se levanta en armas contra el Ejército Rojo. Otra parte, quizá con mayor peso, sitúa el comienzo de la guerra en la misma Revolución de Octubre (7 de noviembre de 1917). Los partidarios del “estallido tardío” ponen el acento en las influencias de las potencias extranjeras sobre el desarrollo de las hostilidades. Al dejar de lado las primeras rebeliones contra el recién fundado estado soviético, se opta aquí por seguir preferentemente la tesis del “estallido temprano”, con el fin de abarcar la caótica diversidad de situaciones que se dieron a lo largo de la guerra. Las dificultades a la hora de establecer una cronología precisa se deben al caótico desarrollo de las operaciones militares. Ambos bandos actuaron sin una línea estratégica coherente, decidiendo sus prioridades en función de los cambios políticos y estratégicos que se iban sucediendo en rápida oscilación. Por otra parte, se entrecruzaron con los enfrentamientos interrusos otros acontecimientos bélicos, como las expediciones de la “Intervención Aliada” y la Guerra Ruso-Polaca de 1919-1920.

La “GUERRA FERROVIARIA” (Invierno de 1917-18)

Realizada la detención del Gobierno Provisional por los bolcheviques y la instauración de su gobierno revolucionario sin que apenas se diesen enfrentamientos armados en Petrogrado —en contra de lo tradicionalmente afirmado por los historiadores—, el 10 de noviembre de 1917 hubo en la misma ciudad un pequeño y desesperado intento armado de invertir la situación política, protagonizado por los cadetes de la Academia Militar Petersburguesa, y apoyado por unidades de caballería cosaca poco cohesionadas, dirigidas por el Atamán cosaco Krasnow. Las condiciones de la lucha urbana y la superioridad numérica de los “Guardias Rojos” —unos 2.000 frente a apenas 1.100 rebeldes— dio enseguida al traste con la rebelión. Mientras que el poder de los bolcheviques se afianzaba precariamente en los medios urbanos de la Rusia Central, en diversos puntos fuera del eje Petrogrado-Moscú, fuerzas políticas diversas y rivales de los bolcheviques se hicieron con el control de algunos centros urbanos. La respuesta más inmediata de éstos fue armar a sus milicias de “Guardias Rojos” con el material de guerra almacenado en los arsenales de ambas capitales y enviarlos en trenes militarizados de manera informal a los puntos de mayor peligro. Este modo “ferroviario” de hacer la guerra fue propio de los meses invernales de 1917-18, y se saldó con un completo éxito de los Guardias Rojos, dada su superioridad en armamento, al poseer ametralladoras pesadas y artillería ligera emplazada en sus trenes. Las rebeliones espontáneas agrupaban a reducidas fuerzas rebeldes de carácter local, mal armadas y carentes en muchos casos de una instrucción militar mínima. Tal fue el caso de la sublevación de la región de Orenburg, liderada por el Atamán cosaco Dutov, que fue definitivamente aplastada por los Guardias Rojos el 31 de enero de 1918.

Más peligroso para el estado bolchevique fue la Rebelión de los Cosacos del Don. En la cuenca de este río, el Atamán cosaco Kaledin, general de la caballería imperial rusa —la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial aún no había terminado— trató de aglutinar fuerzas antibolcheviques, y creó un “Gobierno Unificado de la Región del Don” para atraerse la adhesión de la población no cosaca del valle fluvial. Muchos campesinos que habían desertado del frente ruso-alemán, ganados por la agitación bolchevique, se negaron a unirse a las fuerzas de Kaledin, debido a sus amargas experiencias bélicas y el deseo de asegurar el futuro de sus familias amenazadas por los peligros del caos social imperante. La reacción de los “Rojos” no se hizo esperar, ya que la zona controlada por los Cosacos del Don cortaba las líneas ferroviarias que comunicaban Moscú y Petrogrado con el Cáucaso y la cuenca minera e industrial del Río Donetz. Antes de concluir el mes de noviembre de 1917, el recién creado Consejo de los Comisarios del Pueblo (bolchevique) ordenó a su miembro encargado de los Asuntos Bélicos, Antónov-Ovseenko, la toma de medidas militares para aplastar la rebelión. Los Guardias Rojos fueron embarcados en los “trenes blindados” y enviados al sur, mientras que las células bolcheviques en las ciudades industriales del Donetz prestaron su apoyo a las fuerzas ferroviarias bolcheviques y organizaron una campaña de reclutamiento de voluntarios para apoyarlas. Nuevamente, la posesión de armamento pesado y la superioridad numérica dieron la victoria a los Rojos: el 25 de febrero de 1918 tomaron la capital de los Cosacos del Don, Novocherkassk, en una orgía de asesinatos, saqueos y violaciones contra los civiles, sin distinguir entre los partidarios de Kaledin y la población ajena al conflicto. Kaledin, sabiéndose perdido y a punto de ser capturado por la temida Cheká, se suicidó.

La PAZ RUSO-ALEMANA de BREST-LITOVSK (marzo de 1918)

Uno de los problemas más acuciantes para Lenin y su partido al tomar el poder tras la Revolución de Octubre (25-26 de octubre según el calendario juliano, vigente en Rusia en aquel momento, 7-8 de noviembre, según el calendario gregoriano vigente en todo el mundo) coincidía con una de las promesas revolucionarias más caras y distintivas del bolchevismo: la paz con los Imperios Centrales (Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y el Imperio Otomano) y la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial. “Conseguir el armisticio ahora significa conquistar el mundo”, proclamaba Lenin en septiembre de 1917. En abril del mismo año, los más conspicuos socialistas europeos habían denunciado la alianza renovada entre el Gobierno Provisional y la Entente para seguir en guerra hasta la victoria contra Alemania: “Un interés real por la paz lo tienen, objetivamente, sobre todo los campesinos rusos, tanto los movilizados como los que esperan serlo en la retaguardia.” Su deseo de reforma agraria no se podía satisfacer sin “una dictadura social revolucionaria que durase muchos años; pero sólo en el caso de una paz inmediata, esa dictadura lograría adueñarse del poder en Rusia y conservarlo a largo plazo”, concluía Max Weber, prediciendo sin saberlo lo que habría de suceder en 1918. La Oberste Heeresleitung (estado mayor alemán) también tenía un interés objetivo por firmar una paz separada con Rusia: cerrar el Frente Oriental significaba la posibilidad de trasladar 1.000.000 de soldados al Frente Occidental. Para conseguirlo, valía la pena tener que aguantar las soflamas de los emisarios bolcheviques, la propaganda subversiva entre sus tropas, los discursos inflamados de Trotski. Cuando éste abandonó las conversaciones de paz, dando un portazo, los generales alemanes, presididos por el Coronel Max von Hoffman, su discreta eminencia gris, hasta suspiraron de alivio. Negociaron con la recién independizada Ucrania, la reconocieron diplomáticamente y firmaron una paz sólo con ella (12 de enero y 9 de febrero de 1918). El mismo día presentaron un ultimátum a los rusos y anunciaron que, de no aceptarse sus condiciones, atacarían el 17 de febrero. Pedían la anexión de Polonia, los Países Bálticos, las regiones occidentales de Bielorrusia, Ucrania y el Cáucaso, además de un paquete de reparaciones económicas de guerra y un trato comercial y financiero privilegiado. Como los bolcheviques no contestaron, el día 17 los alemanes cumplieron su amenaza: en sólo una semana tomaron Dorpat, Pskov y Reval (act. Tallinn, capital de Estonia). El 1 de marzo entraron en Gomel; el 2, realizaron un bombardeo intimidatorio sobre Petrogrado con sus piezas de artillería de largo alcance (Eisenbahnbatterien, o cañones superpesados sobre plataformas ferroviarias); el día 3, los bolcheviques tuvieron que dar su brazo a torcer y sentarse a firmar las condiciones alemanas, so pena de perder la capital y enfrentarse a la ocupación militar.

El 10 de marzo, Lenin se instala con su Consejo de los Comisarios del Pueblo bolcheviques en Moscú, y 750.000 kilómetros cuadrados del antiguo Imperio Ruso quedan bajo ocupación alemana, y su anexión, sancionada por el Tratado de Brest-Litovsk, junto con el 26% de la población del antiguo Imperio, el 28% de su producción industrial (en cifras de 1913) y el 37% de su producción agrícola (más teórico que real). Los bolcheviques no concebían más alternativa que una “paz democrática” o una guerra revolucionaria. No consiguieron lo primero, porque ni los Aliados ni los Imperios Centrales necesitaban aún un armisticio, y menos que fuera el preámbulo de una paz sin anexiones. Los primeros encuentros con los alemanes en Brest-Litovsk dejaron muy claro que era inútil esperar nada de ellos —su única oferta era el draconiano “Programa de Kreuznach”—. Invocaban el principio del derecho de las nacionalidades a su autodeterminación para instalarse en Polonia y Ucrania, y para apoyar a los gobiernos antibolcheviques de Finlandia y los Países Bálticos. Por último exigían la anexión del Cáucaso al Imperio Otomano. Los bolcheviques querían ganar tiempo, con la esperanza de que estallase una Revolución en Europa, y de que el ejército alemán cayese resquebrajado por la propaganda antibelicista de sus agentes infiltrados en él. Sin embargo, Lenin entendió antes que el resto de sus compañeros, lo ilusorio de tales esperanzas. Defendió pronto la “paz infame” contra el belicismo romántico de los demás bolcheviques, y la necesidad de darse a sí mismos una tregua para poder sobrevivir. Se encontró una vez más solo frente a los líderes más brillantes del momento: Bujarin, Dzerzhinski, Ioffe, Kollontai, Krestinski, Osinski, Preobrazhenski y Rádek, prácticamente el estado mayor bolchevique al completo. Pero una vez más, el maestro Lenin llevaba la razón, y el resto se equivocaba. En el Comité Central sus únicos partidarios fueron cuatro Comisarios, Stalin entre ellos. Trotski decidió jugar la carta de la ambigüedad: ganar tiempo negociando, sin hacer la guerra ni firmar la paz. Con razón, Stalin observó que eso no era ninguna posición en absoluto, y por lo tanto no tenía defensa posible. Pero la “no solución” de Trotski fue aprobada en el Comité Central por 9 votos contra 7.

Lenin se mantuvo en sus trece y empezó a maniobrar para dividir a la mayoría contraria a su postura y atraérsela. No lo logró hasta que llegó la noticia de que los alemanes estaban penetrando a toda velocidad con su prometida ofensiva del 17 de febrero. Se convocó de urgencia al Comité Central, que, ese mismo día, acababa de rechazar una vez más la proposición de Lenin de firmar la paz a cualquier precio. Ya no había nada semejante a un frente reconocible; la desbandada era general. Los acontecimientos daban la razón atropelladamente a Lenin: “No se puede bromear con la guerra […] los alemanes van a conquistarlo todo. El juego está tan decantado que la quiebra de la Revolución será inevitable si continuamos con esta “política intermedia” de no hacer nada y dejar pasar el tiempo.” Stalin apuntilló: “Cinco minutos de fuego sostenido y no quedará ni un solo soldado ruso en el frente. Hay que acabar con toda esta confusión.” Hubo 7 votos a favor de Lenin (ceder y firmar), 5 en contra, y una abstención. La voz de la mayoría del Comité fue la de un Trotski no del todo convencido: dimitió de su puesto en el Consejo de Comisarios del Pueblo. En la siguiente sesión del Comité Central, Lenin amenazó a todo el mundo: “Si no firmáis las condiciones impuestas por los alemanes, firmaréis la sentencia de muerte para el poder soviético antes de tres semanas. Esas condiciones no amenazan el poder de los soviets. Ya no quiero más altisonantes frases revolucionarias. La revolución alemana está lejos de estar madura para comenzar a corto plazo, tardará meses. Hay que aceptar las condiciones alemanas.” El 23 de febrero, Lenin ganó una vez más a todo su partido: 7 a su favor, 4 en contra, y 4 abstenciones, entre ellas la de Trotski.

Lenin tenía toda la razón del mundo al mantenerse firme en su línea de que no se debe hacer la guerra cuando el combate está perdido de antemano. Eso le dio una autoridad irresistible en el seno del POSR Bolchevique —como le ocurrió a Hitler 20 años más tarde con sus inauditos éxitos diplomáticos—. Cedió espacio —tierra rusa, y poblaciones rusas y de otras nacionalidades— para ganar tiempo, dando validez a la fórmula de Rádek de cambiar espacio por tiempo: “Hay que saber retroceder” dijo Lenin, “como los japoneses en Port Arthur en 1905, para volver a atacar más tarde. Quien no se quiere adaptar a las circunstancias “no es más que un bocazas”, no es un revolucionario. La paz no es más que un medio para reconstituir nuestras fuerzas […] una tregua temporal para poder afrontar la próxima guerra.” Sin Brest-Litovsk, seguramente se habría materializado la agorera profecía de que “la frase revolucionaria sobre la necesidad de hacer la guerra revolucionaria perderá a la revolución”. Brest-Litovsk demostró que para Lenin la prioridad máxima y más urgente era conservar el poder político conseguido. Tácticamente era legítimo firmar cualquier tratado con los “imperialistas”, con la restricción mental revolucionaria; el Tratado no era más que una tregua armada táctica para “respirar”, un “trozo de papel”, según dijo Lenin en mayo de 1918, a toro pasado. Confirmó a Lenin en su convicción de que la política y la guerra, y la diplomacia y la guerra, eran una sola y la misma cosa, y que nunca debía perderse de vista la “correlación de fuerzas” militares en presencia. Para los alemanes, Brest-Litovsk anunció la última oportunidad para evitar la derrota en el oeste. El general Erich Ludendorff observó: “La revolución rusa, esa quimera mía desde siempre, nos salvó en abril y en mayo de 1917 […] A menudo soñé que aligeraría el fardo de nuestra guerra […] hoy, de repente, el sueño se ha hecho realidad de manera inesperada […] Pero nuestro derrumbe moral también comenzó con la revolución rusa.”

Ludendorff dramatizaba en exceso: el derrumbe moral alemán empezó con los desastres del 8 de agosto de 1918, calificado por él mismo como “El Día Más Negro del Ejército Alemán”, cuando éste comprobó que ya no había ninguna posibilidad de derrotar a los ejércitos anglofranceses reforzados por los estadounidenses. La victoria de los Aliados en noviembre de 1918 canceló el Tratado de Brest-Litovsk y salvó al régimen soviético de su ulterior destrucción a manos de una Alemania victoriosa, o al menos, políticamente incólume. Pero los Aliados guardaban el amargo odio reservados a los traidores de guerra contra los bolcheviques, cuya deserción del esfuerzo bélico permitió las durísimas ofensivas alemanas de la primavera de 1918, en Kemmelberg y Argonne. Antes de que se llegara al armisticio del 11 de noviembre, trataron de reabrir el Frente Oriental para disminuir la presión alemana sobre sus fuerzas en el Occidental y dar tiempo a la llegada masiva de los norteamericanos. Aprovecharon para ello el caos interno de Rusia: empezaba a formarse el “Ejército de los Voluntarios”; Trotski empujaba a la Legión Checa a la rebelión; los SR Izquierdistas se levantaban en armas, así como los Cosacos en el Don, y los Mencheviques en Georgia. Los británicos desembarcaron en Archangelsk y Murmansk para escamotear a los bolcheviques los enormes almacenes portuarios repletos de material bélico de origen británico y norteamericano previamente entregado al ejército imperial ruso. Sin embargo, las expediciones de los Aliados entre 1918 y 1920 contra la Rusia bolchevique fueron poco afortunadas y no gozaron del respaldo político y popular necesario.

La Guerra Civil Rusa se llevó a cabo sangrienta y brutalmente, especialmente contra la población civil, y se saldó con cerca de 8.000.000 de muertos, en su mayoría no combatientes. La implicación de los Imperios Centrales primero, y de los Aliados Occidentales, después, contribuyó en parte a la larga duración del conflicto y a su intensidad bélica. La Unión Soviética, como sucesora del Imperio Ruso, afianzó gracias a la guerra su control absoluto sobre numerosas y vastísimas regiones del antiguo Imperio Ruso. En los comienzos del conflicto, gran parte de esas regiones gozaron de una breve independencia: Bielorrusia Occidental y Ucrania fueron reabsorbidas por la URSS, pero los Estados Bálticos, Finlandia y Polonia sobrevivieron como estados independientes. Las operaciones militares concluyeron en el occidente europeo de Rusia con la victoria del Ejército Rojo (Krasnaya Armija) sobre las últimas fuerzas del “Movimiento Blanco” acorraladas en Crimea, en noviembre de 1920. En el Cáucaso, los combates cesaron con la toma de Batum(i) por los soviéticos en 1921. Y en Asia, los últimos enfrentamientos culminaron con la conquista de Vladivostok por las tropas “rojas” en 1922.

La GUERRA y la DIPLOMACIA SOVIÉTICA

Tres hombres representaron para el mundo la política internacional de la URSS durante los veinte años que mediaron entre 1920 y 1941: Georgu Chicherin hasta 1930, luego Maksim Litvinov hasta el 3 de mayo de 1939, cuando su sustitución por Vyascheslav Molotov anunció el Pacto Mólovot-Ribbentrop. La representaron, pero no la hicieron ellos. Lenin la definió, a la hora de la NEP, cuando se esfumó la esperanza de la revolución mundial. La definió como dual en su esencia: “Debemos manifestar nuestro deseo de restablecer de inmediato las relaciones diplomáticas con los países capitalistas sobre la base de la no intervención más completa en los asuntos internos de cada nación […] Se pondrán locos de contento, nos abrirán de par en par las puertas por las que entrarán nuestros agentes del Comintern y nuestros espías del Partido, encargados de establecer células comunistas en sus países, haciéndose pasar por representantes diplomáticos, culturales y comerciales.” Coexistir con los países capitalistas hasta poder destruirlos: comerciar, recibir sus inversiones e intercambiar diplomáticos no implicaba que “se hiciera la paz con el capitalismo” concepto que Lenin repitió cien veces.

“Aprovechar sus contradicciones… comprarles las sogas para colgarlos” Stalin no olvidó esas reglas leninistas, que correspondían a una concepción inédita de las relaciones internacionales. A corto plazo, la táctica de la coexistencia al servicio de la estrategia; a largo plazo, la subversión total del adversario. A la táctica corresponden los numerosos pactos firmados, ya que la URSS necesitaba la paz más que nadie; mientras tanto, el Comintern desarrollaba su labor subversiva y empujaba a la guerra, y a las guerras. Ese doble juego tenía sus inconvenientes, como se vio con Alemania en 1923. Desde 1921, incluso antes del Tratado de Rapallo entre la URSS y Alemania, los bolcheviques habían deslizado un acuerdo secreto de cooperación militar con los alemanes que permitía a éstos burlar las cláusulas militares del Tratado de Versalles. Pudieron montar bases secretas para formar a sus pilotos de combate y a sus tanquistas, hasta para entrenarse en el uso de gases de guerra; a cambio, los alemanes montaron cerca Moscú una fábrica de aviones y la “Fabrica nº 8” que producía cañones Krupp. Pero en el mismo año de 1923 el Comintern lanzó un levantamiento comunista en Alemania. Los soviéticos estaban cooperando con el Reichswehr, que aplastaba a los comunistas alemanes alentados por ellos mismos. En casi todos los países ocurrieron hechos comparables, incluso en México, cuando en 1929 el Comintern envió al matadero a Guadalupe Rodríguez y a otros comunistas mexicanos, lo cual llevó a una ruptura de las relaciones diplomáticas ruso-mexicanas.

Esa “contradicción” caracterizó los años 1920. En 1920 fracasó la marcha militar sobre Varsovia y también una pequeña guerra contra Persia (Irán); la intervención militar fue permanente en el norte de Afganistán, hasta que en 1928 un levantamiento islámico derrotó a los protegidos de la URSS. En Bulgaria el 16 de abril de 1925 un atentado en la catedral de Sofía, que produjo 120 muertos, debía provocar una insurrección comunista que fracasó. En Turquía, entre 1920 y 1923, y en China más tarde, se apostó inútilmente por el hombre fuerte: Mustafá Kemal y Chiang Kai Chek. Esa línea se perdió en los desastres de 1927, cuando Chiang masacró a los comunistas de Shanghai y luego a los de Cantón, empujados al levantamiento por Moscú. A finales de 1921 el Ejército Rojo había ocupado Mongolia, provocando un conflicto con China, y topándose luego con Japón. Seguía existiendo la tentación de exportar la Revolución a punta de bayoneta. En 1928, después del VI Congreso del Comintern, Stalin resolvió el dilema de la política exterior, poniéndola al servicio de su “socialismo en un solo país”. Eso explica el relevo de dirigentes, tanto en el Comintern como en el Comisariado del Pueblo de Relaciones Exteriores. En 1925 Stalin había dicho: “Si la guerra ocurre, no podremos quedarnos con los brazos cruzados. Tendremos que entrar, pero los últimos. Lanzaremos nuestro peso decisivo sobre la balanza, para que se incline a nuestro favor.” Tal análisis explica la línea aparentemente vacilante seguida entre 1928 y 1939. A la hora del Plan Quinquenal y de la Colectivización, Stalin quiere la paz. Sin embargo hasta 1933 piensa que los países capitalistas avanzados están al borde de una crisis económica, que se presenta en 1929 y del estallido de revoluciones nacionales. Da la prioridad a la lucha contra la socialdemocracia, calificada como “enemigo principal”, “social-traición” y “social-fascismo”. En Alemania el poderoso KPD lucha mano a mano con los nazis contra los socialistas.

Todos los partidos comunistas nacionales caen bajo el control total de Moscú: “Es auténticamente revolucionario el que protege y defiende a la Unión Soviética sin reservas e incondicionalmente”, afirmaba Stalin. Hasta 1931 la URSS no sufrió ninguna amenaza exterior. En 1931 Japón comienza a expandirse, pero el Extremo Oriente está lejos de los núcleos soviéticos. En Alemania el KPD lucha lealmente contra el “social-fascismo” y Moscú ve en el nazismo algo “positivo” porque cree que va a “exacerbar las contradicciones inter-imperialistas” [!?] al enfrentar el nacionalismo alemán con el “militarismo franco-británico” [!?] La llegada al poder de Hitler en 1933 y la ilegalización del KPD, después del incendio del Reichstag de marzo, no cambian nada: se negocia con Hitler la renovación del pacto de asistencia militar mutua de 1926. El VII y último Congreso del Comintern en 1935 inauguró una nueva línea, aparentemente opuesta a la seguida hasta entonces: se dejó de hablar de lucha de clases, de dictadura del proletariado y del “social-fascismo” con el fin de propagar el “frente popular contra el fascismo y por la paz”. Ésa era la consecuencia directa del gran giro diplomático del año anterior, después del deterioro de las relaciones con Alemania, los pactos consecuentes con Checoslovaquia y Francia, y el ingreso de la URSS en la Sociedad de Naciones en noviembre de 1934. Durante cuatro años la “lucha por la paz” significó “la defensa de la URSS”. Sin embargo, se siguió una política de no agresión con Alemania y, en varias ocasiones, se buscó resucitar “el espíritu de Rapallo”, a lo que Hitler hizo oídos sordos. El 28 de febrero de 1936 se ratificó el Pacto Franco-Soviético de Ayuda Mutua; dicho pacto no contenía ninguna convención militar, a diferencia de la Alianza Franco-Rusa de 1891, y Stalin pudo averiguar pronto que las democracias estaban muy debilitadas. Pretextando la amenaza que suponía para él el Pacto Franco-Soviético, Hitler lanzó la remilitarización de Renania, contraviniendo las cláusulas de Versalles. Stalin observó con amargura y sorna a la inacción anglofrancesa. Eso, después de la impotencia mostrada frente a la invasión italiana de Etiopía, confirmó sus temores sobre la debilidad anglofrancesa y sus preferencias por pactar con la Alemania nazi, con el fin de evitar de modo inverso el peligro que ésta entrañaba.

 

¿Un SEGUNDO BREST-LITOVSK?

Hasta el momento mismo de la invasión alemana de la URSS en la segunda guerra mundial, el planteamiento diplomático soviético consistió en una mezcla desconcertante de desconfianza espasmódica con una ceguera absoluta, cuando, por lo menos a partir de marzo de 1941, todo el mundo sabía que habría un ataque alemán contra Rusia, y no se hablaba de otra cosa en los mentideros diplomáticos. La marcha de los acontecimientos hasta el “T-Tag”, el 22 de junio de 1941, fue la siguiente: en septiembre de 1940 se firmó el Pacto Tripartito Berlín-Roma-Tokio; el 12 de noviembre siguiente, Molotov visitó Berlín para negociar con Hitler, pero fracasó, sin obtener de éste ni información ni garantías diplomáticas; el 2 de marzo de 1941 Bulgaria se adhirió al Pacto Tripartito y el ejército alemán penetró en su territorio para intervenir de manera fulminante contra Grecia, salvando así a su aliado italiano inesperadamente derrotado —Mussolini, sin advertir a Hitler, había invadido Grecia el 28 de octubre de 1940 cosechando un fracaso tras otro—. Luego el Reich invitó a Yugoslavia a adherirse al Pacto Tripartito. El gobierno yugoslavo, proalemán, aceptó, pero fue a continuación derrocado por un golpe de estado militar apoyado por amplios sectores de la población civil; para expresar su contrariedad, Moscú firmó el 5 de abril de 1941 un tratado de amistad que prácticamente dejaba a Yugoslavia a merced de los alemanes. El 6 de abril la Wehrmacht invadió el país y derrotó a su dividido ejército en pocas semanas. En esa “guerra de pactos” Stalin se marcó un tanto: el 13 de abril de 1941 firmó un tratado de no agresión con el Japón.

El imperio japonés, después de los reveses sufridos a manos del Ejército Rojo en la miniguerra del Jalkhin-Gol, había optado por una política de expansión marítima hacia el sudeste asiático. Así, tanto Japón como la URSS contribuían indirectamente a tener una guerra en dos frentes. En una actuación excepcional, Stalin acompañó al embajador japonés hasta la estación de tren y, a la hora de despedirse, se dio la vuelta inesperadamente y le dio un desconcertante abrazo al embajador alemán, Graf von der Schulenburg, diciéndole: “Debemos seguir siendo amigos, y usted debe hacer todo lo posible para que así sea.” Stalin veía cómo la situación de sus relaciones con el Reich de Hitler se escapaba de sus manos y ninguno de sus recursos diplomáticos podía resolverla: tenía auténtico miedo de los alemanes. Las victorias relámpago de éstos en Grecia y Yugoslavia parecieron justificar ese miedo. El 14 de junio de 1941, la prensa soviética publicó un famoso comunicado que hizo inolvidable la ceguera estratégica de Stalin, rechazando “los rumores propalados por fuerzas hostiles a Alemania y la Unión Soviética” sobre una guerra inminente entre ambos países. Para entonces Stalin tenía a mano docenas de informes de sus agentes secretos del INO —los mejores del mundo en aquella época, y apoyados en aquello por todos los servicios de inteligencia de las potencias occidentales— extraídos de fuentes gubernamentales extranjeras, e incluso de dentro de la Wehrmacht alemana, que anunciaban, incluso anticipando la fecha exacta, los puntos de ruptura y los efectivos en presencia, el inminente lanzamiento del “Fall Barbarossa”. La URSS seguía cumpliendo sus entregas de materias primas minerales, alimentos y petróleo a Alemania, ayudando así a ésta a pertrecharse para su ofensiva: pura esquizofrenia…

El último tren de mercancías procedente de la URSS que cruzó la divisoria del Gobierno General alemán llegó a destino con menos de 24 horas de antelación sobre la “S-Stunde”, las 04:00 del domingo 22 de junio de 1941. Stalin no sólo arrancó a su población civil los recursos destinados a los alemanes, sino que también colaboró en la adquisición para éstos de productos estratégicos en el sudeste asiático y Latinoamérica, como caucho y grafito. ¿Por qué? Stalin “quería ganar tiempo”, ciertamente, pero también se había equivocado en su “gran astucia” de político. Creyó poder ganarse la confianza de Hitler y acabó confiando en él. Dio orden de evitar todo lo que los alemanes pudieran interpretar como una provocación, dejando que la Luftwaffe sobrevolase su territorio y tomara miles de fotografías impunemente; interpretó el disparatado vuelo de Rudolf Hess a Escocia, el 10 de mayo de 1941, como una seria posibilidad de ver hecha realidad su peor pesadilla: una alianza angloalemana contra la URSS. Presionó a todos sus subordinados con el fin de que se hiciera lo imposible para convencer a Hitler de su voluntad de paz. En junio de 1941 los nazis ya habían decidido que los Países Bálticos, Ucrania y Bielorrusia serían convertidos en Protectorados del Reich, y que “Moscovia” sería reducida a la condición de zona de ocupación militar alemana. Se habían desatado ya los inevitables conflictos palaciegos entre la SS de Himmler, el Auswärtiges Amt de Ribbentrop y el propio NSDAP, encabezado por Alfred Rosenberg, para copar los puestos que se crearían en la administración de los territorios ocupados en el este. La segunda guerra mundial había comenzado con una situación en cierto modo equiparable a la de comienzos de 1918, cuando los bolcheviques firmaron la Paz de Brest-Litovsk: los anglofranceses estaban desbordados por una Alemania muy peligrosa y lejos de estar vencida; los rusos quedaban apartados a un lado, a la expectativa, y su gobierno revolucionario trataba ansiosamente de propiciar un cuadro bélico en el oeste que desgastara a los bandos enfrentados sin mezclarse con ellos.

Durante un tiempo, entre 1934 y 1938, mucha gente en toda Europa pensaba que la Unión Soviética podría ayudar a neutralizar a Hitler, pero se equivocaban; también los historiadores revisionistas como  G. Kennan, apologista de lo soviético, se equivocaron: “Toda una serie de factores —la personalidad de Stalin, su línea política interna, la preocupación de su régimen por la seguridad de sus fronteras en el este de Asia, las inhibiciones de Polonia y Rumanía, y la política indecisa y tímida de las potencias occidentales frente al peligro nazi— todo se conjugó para que la URSS quedase fuera de la segunda guerra mundial en sus inicios, prometedores para las armas alemanas, y para dejar que franceses y británicos se “desgastaran” frente a un adversario alemán temible, mucho más fuerte que cualquier otro.” En 1917 los aliados imaginaron que necesitaban a Rusia, cuando de hecho no les hacía falta —aunque cualquier ayuda les era más que necesaria—. Obligándola a continuar en la guerra, la entregaron sin darse cuenta a los bolcheviques. En 1939 Occidente necesitaba realmente el concurso de la URSS, frente a una Alemania mucho más fuerte y temible que la del Kaiser Wilhelm II. Y sin embargo, la Rusia que necesitaban no estuvo a su lado. El Pacto Ribbentrop-Molotov no fue en realidad ningún “acto contra natura”. ¿Tuvo razón Stalin en evitar a toda costa entrar en guerra con Hitler en 1939? Muy probablemente, sí. No fue el Pacto lo que protegió a la URSS en 1939, sino la decisión de Hitler de atacar primero en el oeste. De hecho, el “Cuarto Reparto de Polonia” tuvo como resultado inmediato establecer 3.000 km de fronteras rusoalemanas, nuevas, sin fortificaciones, con un agresor potencial tras ellas. El temor a Japón no se le acercaba a Stalin ni de lejos: el Ejército Rojo capitaneado por el general Georghi K. Zhúkov había dado muestras de una eficacia inesperada, y al quedar en evidencia el ejército de tierra japonés, la confianza pasó a su marina de guerra, que propugnaba un programa de expansión marítimo hacia el sur, lejos de las fronteras manchúes.

Junio de 1941: los alemanes se dirigen hacia el este. Los alemanes, y Hitler en particular, habían considerado a la URSS durante mucho tiempo como una fuente de peligro latente, y a pesar del pacto de no agresión existía entre el III Reich y la Unión Soviética, había poca confianza entre ellas. Los avances soviéticos hacia el oeste desde 1939, cuando habían ocupado la totalidad de Letonia, Estonia y Lituania, así como partes de Polonia, Rumanía y Finlandia, sirvieron para confirmar la idea de Hitler de que más pronto o más tarde Alemania estaba abocada a la guerra con la URSS. Entre septiembre de 1939 y mayo de 1941 el poderío del ejército soviético había aumentado de 65 a 158 divisiones, y la mayoría de éstas habían sido emplazadas a lo largo de su frontera occidental. Ostensiblemente, estas fuerzas estaban ocupando posiciones defensivas; sin embargo, eran consideradas en Alemania como una viva amenaza. También durante este período las fuerzas armadas soviéticas habían estado poniendo en práctica un extenso programa de reequipamiento, mientas que el estado mayor general iba recuperándose por fin de la matanza sufrida en sus filas durante la salvaje Gran Purga de Stalin entre 1935 y 1939. Si los soviéticos intentaban realmente invadir Alemania o no es algo que no se sabrá con certeza hasta que los últimos archivos soviéticos de la época sean abiertos a los historiadores, para su publicación. Lo que importa es que Hitler creía firmemente que más pronto o más tarde los comunistas iban a atacar, y por eso decidió ser él mismo el que tomara la iniciativa. Fue a finales de julio de 1940, después del final de la campaña de Francia, pero antes de iniciarse la Batalla de Inglaterra, cuando Hitler ordenó prepararse para iniciar el ataque a la Unión Soviética. A mediados de noviembre de 1940 el personal de planeamiento de la Luftwaffe había comenzado a estudiar detalladamente la operación. Mientras tanto, las brigadas de trabajo de la fuerza aérea se ocupaban de adaptar los aeródromos relativamente primitivos de la recién ocupada Polonia a las necesidades alemanas de operar en todo tiempo.

Por aquel entonces Göring trataba por todos los medios de disuadir a Hitler de esta idea. En una ocasión dijo: “Mi Führer, la decisión final es suya; que Dios le guíe y le ayude a demostrar que es usted quien tiene razón. Yo, por mi parte, me veo obligado a oponerme a su punto de vista sobre este asunto. ¡Que Dios le proteja! Pero, por favor, recuerde que no será culpa mía si no puedo llevar a buen término nuestros proyectos de expansión de la Luftwaffe.” Hitler contestó: “Usted podrá continuar las operaciones contra Gran Bretaña dentro de seis semanas.” Entonces Göring añadió: “La Luftwaffe es el único cuerpo de las fuerzas armadas alemanas que no ha tenido un momento de respiro desde el comienzo de la guerra. Dije al principio de la guerra que entraba en batalla con todas mis unidades, y todas ellas han sido empleadas ya… No estoy seguro en absoluto de que usted pueda derrotar a Rusia [la URSS] en seis semanas. Las fuerzas de tierra no pueden luchar ya sin el apoyo de la Luftwaffe. Siempre están pidiendo a gritos nuestra ayuda. Nada me gustaría tanto como comprobar que usted tiene razón, pero, francamente, dudo que así sea.” Los apasionados ruegos de Göring fueron vanos: el Führer rechazó la idea de ser disuadido de sus propósitos. ¿No había llegado casi a derrotar a los soviéticos “un puñado de valerosos finlandeses, bravos pero mal equipados”, durante la Guerra de Invierno de 1939-1940?

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