El Terror Rojo


El “Terror Rojo” fue uno de los principales factores de la victoria bolchevique en la Guerra Civil Rusa de 1918-1922. Hubo ciertamente un “Terror Blanco”, pero, por más terrible, por más extendido que hubiera sido, siguió siendo la acción de individuos concretos, sin carácter oficial ni sistemático. El Terror Rojo tomó enseguida el carácter de estado, fue planificado, sistematizado por una institución especializada en su aplicación, la Cheká —“Comisión Extraordinaria para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje”— a la que en 1922 se la cambió de nombre para aparentar ante el extranjero que ya no eran necesarias las medidas “extraordinarias” que había puesto en práctica la Cheká. Craso error el de los que creyeron que las nuevas siglas GPU —“Administración Política del Estado”— iban a poner “puertas al campo” del Terror. Toda la población de la URSS estaba cubierta por “órganos de seguridad”, incluido el Ejército Rojo. En mayo de 1901, en la revista Iskra (“Chispa”), Lenin escribió: “Nunca hemos rechazado el principio del Terror”, pero recomendaba el “Terror de masas” y no el terrorismo individual al estilo de los SR. En ¿Qué hacer? había afirmado que “la bayoneta está en la primera fila de la acción política.”

A partir de 1917 la palabra “Terror” vuelve constantemente a su pluma, en tal medida que sería fastidioso tener que poner todas las citas: para Lenin, se convirtió en un amuleto. Él mismo añadió al Código Penal soviético de 1922 seis artículos previendo la pena de muerte por haber suscitado la resistencia pasiva al gobierno bolchevique o la resistencia a pagar el impuesto agrario —que subía a un 339% lo que había sido su equivalente zarista— entre otros delitos. Al Comisario del Pueblo de Justicia, Kursky, le escribió: “Debemos ampliar la aplicación del fusilamiento”; le adjunta un borrador de un párrafo suplementario para el proyectado Código Penal y concluye: “la formulación [de la aplicación] debe ser la más amplia posible.” Por si no quedaba lo suficientemente claro, se lo explicó llanamente a Kámenev: “Es un error enorme creer que la NEP pone fin al Terror. El Terror y el Terror económico volverán.” El 17 de noviembre de 1918, Zinóviev explicaba: “de los 100 millones de personas con que cuenta la población de la Rusia soviética, debemos ganar a 90 millones para nuestra causa. En cuanto a los demás, no tenemos nada que hablar con ellos, hay que exterminarlos.” Y estaba hablando para un gran público, en la VII Conferencia de Ciudades, en Smolny.

El legendario Chekista Martin Latsis, futura víctima de sus sucesores estalinistas, remachaba: “Estamos exterminando a la burguesía como clase. No es necesario probar que fulano o mengano ha contravenido los intereses del poder soviético. Lo primero que deben preguntar a un detenido es ¡a qué clase pertenece, de dónde es, qué educación recibió y cuál es su profesión! Estas preguntas decidirán su destino. ¡Ésta es la quintaesencia del Terror Rojo!” Estas palabras fueron luego publicadas en una revista titulada Krasny Terror (“Terror Rojo”) y en Pravda, el 25 de diciembre de 1918. Unos pocos Chekistas protestaron, entre ellos uno llamado Olminski, que escribió en Vechernii Izvestia el 3 de febrero de 1919: “Lo que está ocurriendo ahora en la provincia no es en absoluto un terror rojo, sino una marea de crímenes.” El antiguo obrero Skvortsov, encargado de investigar la GPU, se suicidó en pleno apogeo de la NEP, el 16 de febrero de 1923, a la vista de todo el mundo en el Boulevard Nikitski de Moscú, dejando la siguiente nota de suicidio: “Camaradas: un conocimiento superficial de la actuación de nuestro principal órgano para la protección de las conquistas del pueblo trabajador […] me ha forzado a dejar para siempre los horrores y las bajezas que aplicamos, en nombre de los preclaros principios del Comunismo, en los cuales de manera inconsciente participé, en mi calidad de funcionario responsable del Partido Comunista. Al pagar con la muerte mi culpa, les envío una última súplica: recapaciten antes de que sea demasiado tarde, no cubran de vergüenza con sus crímenes a Marx, nuestro gran maestro, y no hagan que las masas se alejen con odio del socialismo.”

Tras leer una lista de fusilados en Izvestia, Ivan Bunin apuntó en su diario, el 21 de abril de 1919: “Ahí está todo el diabólico secreto de los bolcheviques: matar la sensibilidad. La sensibilidad, la imaginación, tienen un límite; traspasad el límite. Es como el precio del pan y de la carne. ¿A 6 rublos el kg? Pedid 1.000. Se acabaron la sorpresa y los gritos. Sólo queda estupor e insensibilidad. ¿7 ahorcados? No, amigo, no 7, sino 700. Y es entonces, sin falta, el estupor: uno puede imaginar 7 ahorcados, pero tratad de imaginaros a 700, ¡con sólo pensar en 70, ya es demasiado terror!” El 13 de junio de 1918 se aplicó la “Ley de Fugas” al Gran Duque Mikhail, en Perm. El 17, el zar Nikolái II y toda su familia, con todos sus sirvientes y asistentes, fueron fusilados en los bajos de la casa de un tal Ipatev, un comerciante al que se la habían expropiado, en Yekaterinburg. La ejecución se realizó por un escuadron de Chekistas dirigido por Yankel Yurovsky, quien luego desempeñó puestos de alto mando en la GPU y su sucesora, la OGPU; el zar, su mujer y sus cinco hijos, todos menores de edad, fueron ametrallados, y luego rematados a bayoneta. En la noche siguiente, en Alapalevsk, cinco Grandes Duques y la Gran Duquesa Elisabetha (monja profesa) fueron igualmente asesinados y, algunos de ellos, arrojados aún vivos a un pozo de una mina.

Cuarenta días más tarde, un joven poeta católico, Leonid Kanegisser, asesinó en Petrogrado al jefe de la Cheká local, Moisei Uritski; y en Moscú, Lenin salió gravemente herido de un atentado; las represalias fueron masivas: “Apelamos a los obreros, camaradas, venced a los SR sin piedad ni compasión —se les atribuyeron sin pruebas el atentado de Lenin y el de Uritski— ¡no hacen falta jueces ni tribunales! La ira de los obreros se desatará. Deben correr la sangre de los SR y la de la Guardia Blanca. ¡¡Exterminad físicamente al enemigo!!” Hubo en esos días varios cientos de ejecuciones inmediatas de rehenes, presos políticos y hasta de prisioneros de guerra. Los bolcheviques consideraban “su falta de humanidad como un milagro de la conciencia de clase; su barbarie, como un modelo de firmeza proletaria y de instinto revolucionario”, en palabras de Pasternak. Victor Serge, que nunca aceptó esa línea de actuación, escribió en 1941: “Trotsky se negaba a admitir que en el terrible episodio de Kronstadt de 1921 las responsabilidades del Comité Central Bolchevique (Partido) habían sido enormes; que la represión fue inútilmente bárbara; que el establecimiento de la Cheká, luego GPU, con sus métodos de inquisición secreta fue un considerable “error”, incompatible con la mentalidad socialista.”

CURAS e INTELECTUALES

Fue durante la NEP, entre 1921 y 1924, cuando empezó la caza de los clérigos ortodoxos, cuando la mayoría de los escritores, de los artistas y de los filósofos tuvieron que exiliarse, expulsados directamente por el propio Lenin. Cuando empezó la “Hambruna del 22”, el patriarca ortodoxo de Rusia Tikhon pidió y obtuvo la ayuda de las restantes iglesias cristianas del mundo, sobre todo de la católica; fundó un Comité Ortodoxo para ayudar a las víctimas. El gobierno bolchevique ordenó enseguida la disolución de ese órgano “ilegal”. El 31 de agosto de 1921 mandó arrestar a los miembros del Comité No Gubernamental de Lucha contra el Hambre, que había gestionado la ayuda internacional, y luego fusiló a sus principales dirigentes. En febrero de 1922, Tikhon lanzó una colecta de bienes de la Iglesia ortodoxa –todo a excepción de la plata de cálices, custodias y patenas, que constituían una pequeña parte del total– para luchar contra la hambruna; el 28, el gobierno de Lenin ordenó la confiscación de todos los bienes eclesiásticos, incluidos los “vasos sagrados”.

El patriarca acató el decreto del Comité Central del POSR/PCR, pero pidió que se exceptuara la famosa vajilla litúrgica, la cual según Lenin “era un inmenso tesoro”. Cuando los bolcheviques empezaron a forzar las puertas de las iglesias rurales para hacerse con la famosa “plata”, se toparon con la resistencia popular. En tres meses se registraron 1.414 casos de resistencia violenta a la orden de confiscación. Los disturbios de Shuya, cerca de Vladimir, fueron ejemplares: una pequeña ciudad de 30.000 habitantes, mitad obreros, mitad campesinos. “Era el mes de marzo de 1922. Los feligreses de la iglesia mayor intentaron oponerse a una operación que consideraban sacrílega. Se mandó a la tropa para reprimirlos. Los soldados regulares (Ejército Rojo) dispararon, haciendo 4 muertos y una docena de heridos. A raíz de los incidentes de Shuya, Lenin envió una nota “secreta” al Politburó —con orden expresa de destruirla inmediatamente después de su lectura (hecho que alguien no llevó a cabo, o copió el texto subrepticiamente)—.

Esa carta no figura en las Obras Completas de Lenin en 55 volúmenes, pero un resumen de la misma aparece en el Tomo 45, en la edición de Moscú de 1964, en las páginas 666 y 667. Fue publicada en ruso en 1970, en el número 98 de la revista Viestnik, y luego en francés, en la revista Plamia –número 52, en 1979–. Pierre Pascal la incluyó en el Tomo III de su Journal de Russie, publicado en 1980 en Lausanne. En esta carta, Lenin revela todo su pensamiento sobre la “cuestión religiosa”: “El momento presente ofrece una oportunidad excepcionalmente favorable, absolutamente única […] Es precisamente ahora y sólo ahora que hay hambruna, que la gente se devora mutuamente y sobre las carreteras yacen miles de cadáveres, cuando podemos –y por tanto debemos– realizar la confiscación de los bienes de la Iglesia con la energía más feroz, más implacable, sin dudar en aplastar el más mínimo foco de resistencia. Precisamente ahora, la gran masa campesina, o bien tendrá que estar a nuestro favor, o no podrá impedir la liquidación de un puñado de clérigos […] Así, podemos asegurar un fondo de varios cientos de millones de rublos oro —hay que recordar las inmensas riquezas de algunos conventos— […]. Ahora debemos acometer la batalla más enérgica e implacable contra el clero de la “centuria negra” y aplastar cualquier resistencia con una crueldad tal que quede en la memoria colectiva durante décadas.” Precisaba que, al ser judío, Trotsky no podía encabezar la operación, para evitar una campaña obvia de la propaganda contrarrevolucionaria.

Lenin dio la orden de arrestar al mayor número de personas posible, clérigos y laicos, y de montar un gran juicio en público que “terminaría de manera obligatoria con la ejecución de un número lo más grande posible de “centurias negras”, entre los más influyentes y peligrosos de Shuya, Moscú y otros centros religiosos.” Encargó a la GPU (“Administración Política del Estado”, nuevo nombre de la Cheká introducido en 1922) no tocar “todavía” al patriarca Tikhon, pero vigilarlo estrecha y permanentemente. Las órdenes de Lenin, explícitas y unívoca, se cumplieron a rajatabla. El proceso de “Los Cincuenta y Cuatro de Shuya” terminó el 10 de mayo de 1922 con la condena a muerte y ejecución de diez popes (sacerdotes), y penas de 25 años de trabajos forzados y cárcel para un total de 26 personas, laicos y sacerdotes mezclados. Los “tesoros” eclesiásticos confiscados en todo el año 1922 sumaron un total de 19.000.000 de rublos oro. El patriarca fue demandado y detenido, con prohibición expresa de realizar cualquier tipo de acto religioso, y en estricto régimen de incomunicación. En julio, un segundo proceso público en Petrogrado terminó con la ejecución de diez inculpados, entre los cuales se encontraba Benjamin, metropolita (arzobispo) ortodoxo de la ciudad.

Al terminar el año 1922, fueron contabilizadas 2.691 ejecuciones llevadas a término en popes, 1.972 en monjes, y lo más llamativo, 3.447 en monjas. La campaña anticlerical se apoyó en un cisma servido por los propios clérigos: un grupo de ellos radicado en Petrogrado, encabezado por el reformista Aleksandr Vedensky, pidió al patriarca Tikhon que no dejara a la Iglesia sin rector –ya que él había sido sometido a detención incomunicada– y le confiara a él y a sus seguidores la gestión de los asuntos eclesiásticos. Tikhon trasladó sus poderes canónicos (jurídicos) al metropolita Agafangel de Yaroslavl, pero el 18 de mayo de 1922 el grupo de Vedensky decretó la disolución del patriarcado y se constituyó en cuerpo ejecutivo supremo de la Iglesia ortodoxa rusa. Así dio comienzo el cisma de la Obnovlenie (la “renovación”, o los “renovados”), cuya fracción más importante fue la “Iglesia viva” de Vladimir Krasnitsky. Los “renovados” decidieron obedecer en todo a los bolcheviques, y se dejaron manipular por ellos, quizá de manera consciente; en 1919, Vedenski había recibido de Zinoviev la oferta de un proyecto de Concordato a cambio de una alianza (sumisa) de la jerarquía eclesiástica de su fracción con el Estado Bolchevique. Luego la Cheká/GPU creó un “Departamento de Asuntos Religiosos”. A finales de 1922, el estado había entregado a los renovados las dos terceras partes de las 20.000 iglesias aún toleradas en Rusia y Asia Central. Controlaban 6.245 parroquias, con 10.815 sacerdotes y diáconos.

Un año después, el estado cambió de línea y apostó por el control directo sobre la Iglesia ortodoxa rusa “reunificada”. El cisma de los renovados fracasó y se apagó al poco tiempo. Por un lado, las divisiones entre los renovados debilitaron su propia posición; por el otro, la reacción masiva de los laicos y su apoyo a la Iglesia “tradicional” impresionaron a las autoridades soviéticas. La gente no entendía los pleitos entre clérigos, pero comprendía demasiado bien que la GPU saqueaba las iglesias, las destrozaba, las convertía en cuarteles o almacenes; la ciudadanía soviética no apreció en absoluto la obligación de trabajar en domingo y en días de festividades religiosas, y tampoco quiso participar para nada en las parodias litúrgicas de las “navidades” y la “pascua” comunistas. Los rusos no sólo se amotinaron en diversas ocasiones, sino que muchos comenzaron a asistir a misa cuando anteriormente habían querido pasar por irreligiosos. El censo de 1926 registra 140.000.000 de bautizados y 70.000.000 de practicantes confesos. Los ritos fundamentales —bautismo, matrimonio y funerales— se empezaron a observar como nunca y, si bien en las ciudades se podía notar una evidente disminución de las prácticas religiosas, no ocurría lo mismo en las zonas rurales.

Ese regreso a las prácticas religiosas del pueblo también se registró en las comunidades islámicas del Cáucaso y Asia Central, y en las incontables comunidades judías de toda Rusia, especialmente en sus regiones occidentales. Pero el gobierno bolchevique tenía éxito en su nueva táctica. En 1922, a fin de cuentas, Trotsky había sido encargado de la ofensiva contra la Iglesia, pero de manera secreta. Habría querido fusilar al patriarca Tikhon, pero Lenin lo frenó, explicándole que no quería un mártir. Viendo el fracaso relativo de los “renovados”, el poder bolchevique optó por infiltrar sus agentes en una Iglesia ortodoxa reunificada. Liberó al patriarca a cambio de una declaración firmada de lealtad al régimen. El 25 de septiembre de 1919 Tikhon ya había firmado una; volvió a expresar su acatamiento en dos Encíclicas que promulgó el 28 de junio de 1923 y el 15 de julio siguiente. Tikhon murió en abril de 1925. Se rumoreó que la OGPU –nueva denominación de la policía secreta soviética, en español “Administración Política Estatal Unificada Panrusa”–  tuvo algo que ver con su deceso. El patriarcado ortodoxo de Rusia no murió con Tikhon, sino que continuó en la clandestinidad. Tuvo tres sucesores in pectore, de carácter interino, que fueron a parar a la cárcel; también fueron enviados a prisión 117 obispos ortodoxos, en diciembre de 1926. Sergei, designado como tercer patriarca interino, titular de facto entre 1926 y 1936, y reconocido de iure entre 1936 y 1943, fue excarcelado brevemente el 24 de julio de 1927 para poder publicar una carta firmada de lealtad al régimen soviético.

LA “LOBOTOMÍA” CULTURAL LENINISTA

Desde el principio de la Revolución, Lenin había señalado a la intelligentsia como un enemigo principal, por su incapacidad para someterse “sin largas discusiones” a “la autoridad de un solo hombre” (en este caso, el presidente de la U. R. S. S., Yakov Sverdlov). El proceso contra los S. R., en junio de 1922, era un episodio de esa guerra contra los intelectuales. Gorki, en su “carta asquerosa” —en palabras textuales de Lenin-a Rykov, dijo que el poder bolchevique trataba de “exterminar a la pequeña intelligentsia de nuestro enorme país analfabeto”. En marzo de 1922, Lenin había publicado su artículo “De la Significación del Materialismo Militante” contra “la ideología burguesa, la reacción filosófica y toda forma de idealismo y misticismo”. El 19 de mayo escribió a Felix Dzerzhinsky, jefe de la nueva GPU, para que preparase un nuevo método de lucha contra la intelligentsia: “la deportación de escritores y profesores, que ayudan a la contrarrevolución”. El 31 de agosto siguiente, Pravda, en un artículo titulado “Primera Advertencia”, explicaba que “los elementos contrarrevolucionarios más activos de la intelligentsia burguesa” habían sido arrestados y deportados hacia el norte —el Ártico— o fuera del país: “160 de los más activos ideólogos burgueses”. Lenin había elaborado en persona las listas de los filósofos a deportar y expulsar. Se trataba de una “llamada de atención” para intimidar a toda la intelligentsia.

Esa expulsión masiva, calificada por Nikolái Berdiáyev, uno de los expulsados, como “medida singular que no volvió a repetirse”, condensó en germen problemas futuros y problemas permanentes del estado soviético: ¿Qué actitud adoptar con la intelligentsia? ¿Relaciones entre poder y cultura, represión, infiltración occidental? Lenin tuvo en todo este cúmulo de problemas un papel esencial, lo que demuestra que para él era una cuestión seria. El 30 de agosto de 1922, en una entrevista con una famosa periodista francesa, Trotsky comentaba: “Los elementos que expulsamos no tienen en sí ningún valor político, pero representan un arma potencial en manos de nuestros eventuales enemigos. En caso de futuras complicaciones militares […] se tornarían agentes del enemigo. Ya la fuerza tendríamos que fusilarlos. Preferimos adelantarnos, expulsándolos de manera anticipada. Espero que reconozcan la humanidad de nuestra actitud preventiva”. Lenin fue más directo: “¿El cerebro de la nación? ¡Qué va! Su mierda.” Fueron expulsados matemáticos, agrónomos, economistas, historiadores y sociólogos eminentes como Pitirim Sorokin.

Los filósofos más importantes —homenaje de Lenin a su talento— entre los expulsados fueron Nikolai Berdiáyev, Simon Frank, L. Losski, Sergei Bulgákov, Fiodor Stepun y Lev Karsavin. Y eso que Platón había escrito que “sin filósofos no hay política”. En otoño de 1922, dos barcos alemanes entregaron a Europa occidental, a título gratuito, una buena parte del capital intelectual de Rusia, donde la intelligentsia entendió el mensaje y aceptó el ultimátum. La última revista relativamente independiente, El Contemporáneo Ruso, fue fundada por Maxim Gorki en 1923 y fue clausurada ese mismo año. El propio Gorki, enérgicamente espoleado por Lenin, se había exiliado. Al principio, los bolcheviques habían tolerado las manifestaciones de la inteligencia y la imaginación, mientras no se entrometieran en cuestiones políticas o económicas. En las universidades podía hablarse de la Odisea o de los primitivos flamencos, pero no de la lucha de clases. Los escritores publicaban y los artistas pintaban sin tocar nunca el marxismo. Con la NEP, tal desorden fue cortado de raíz. En 1924 ya no se podían reeditar libros publicados en 1921 o 1922. El historiador Pokrovsky transformó en 1924 las universidades en Institutos Marxistas: todas las disciplinas académicas quedaron oficialmente definidas como aplicaciones del Materialismo Dialéctico. Fueron expulsados de ellas los estudiantes que no pudieran probar un origen familiar obrero o campesino (“pureza de sangre popular”). El control de las actividades científicas, intelectuales y artísticas se transformó en una tarea primordial y exclusiva del gobierno. En agosto de 1922 —fue un mes crucial— el gobierno fundó la “Administración Principal de Arte y Literatura”, destinada a tener un “glorioso” futuro bajo el acrónimo de “Glavlit”, que ejerció la censura hasta 1988. El resultado fue que durante muchos años la vida literaria y artística rusa y en lengua rusa estuvo radicada en Berlín, Praga, Nueva York y París, y no en Moscú ni en Petrogrado. Artistas, intelectuales y científicos se contaron entre las 1.160.000 personas que hubieron de abandonar Rusia después de la Revolución de Octubre, según datos de la Sociedad de Naciones.

TERROR Y “DESKULAKIZACIÓN” EN EL CAMPO (1929-1932)

Los “excesos deskulakizadores” provocaron la reacción de la mayoría de la población soviética campesina, y sus levantamientos fueron notables por su espontaneidad entre finales de febrero y principios de marzo de 1930. La situación en aquella “primavera sangrienta” en Ucrania ha sido desvelada a través de los informes recibidos y luego conservados por Sergo Ordschnikidzhe, amigo íntimo de Stalin y georgiano como él, que ostentaba entonces el cargo de Jefe de la Comisión Central de Control y Comisario de la Inspección Obrera y Campesina. Ordschnikidzhe viajó a Ucrania para tomar las medidas necesarias cuando Stalin dio orden de imponer la “Colectivización total” en el campo el 29 de diciembre de 1929. Después de una primera etapa de resistencia pasiva —sucidios, destrucción de herramientas agrícolas, sacrificio masivo del ganado— en un ambiente milenarista de fin del mundo, acompañada de la huida de muchos campesinos a las ciudades y a las fábricas, —como en los tiempos de la servidumbre zarista— hacia el 15 de febrero de 1930 estalló una rebelión campesina violenta: el movimiento rebelde fue masivo y afectó a toda la geografía de Ucrania; por lo tanto, el general Grigorenko no exageraba cuando escribió en sus memorias que los levantamientos de Ucrania y el Cáucaso fueron la causa principal de la pausa en la ofensiva de Deskulakización y Colectivización decretada por Stalin en marzo de 1930. Sin embargo, debe señalarse que hubo además 1.678 “manifestaciones armadas antisoviéticas” contra la Colectivización en el resto de las Repúblicas Autónomas de la URSS. Junto a los “motines de mujeres” se vieron muchas bandas armadas con hachas, cuchillos y palos, lo que acentúa el tono arcaico de la rebelión. De hecho, la mayoría de los Koljoses de la región habían sido destruidos antes de que Stalin impusiera su pausa del 3-5 de marzo de 1930.

HISTORIAS PARALELAS: ALEMANIA y la AVIACIÓN MILITAR. La Luftwaffe en 1941: los vencedores se dirigen hacia el este.

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