Interpretaciones


HISTORIA e HISTORIAS de la REVOLUCIÓN y el SISTEMA SOVIÉTICO

La "Teoría de la Modernización" cambió la visión de la URSS

En la década de 1960 en los Estados Unidos que vivían el malestar de la Guerra del Vietnam, nació la “Sovieto-logía”, primero entre politólogos, economistas y sociólogos, y después entre los historiadores. La nueva generación surgida a partir de la Desestalinización emprendida por Khruschev, cedió en los Estados Unidos a la ilusión que había sido la de la izquierda intelectual europea entre 1935 y 1948, la de la hora de los Frentes Populares y el Antifascismo. En sus primeras etapas dictaminó que la URSS había dejado de ser totalitaria; en las siguientes, que nunca lo había sido realmente, y que la palabra Totalitarismo sólo se podía aplicar de manera exclusiva a los fascismos. En esa perspectiva, representada por Leopold Haimson, Jerry Hough, Stephen Cohen, Moshe Lewin, Sheila Fitzpatrick y otros, la URSS no fue más que un país autoritario en vías de desarrollo. La Teoría de la Modernización, en lugar de la del Totalitarismo, permitía tomar al pie de la letra la versión de Khruschev sobre el buen Lenin y el malo pero accidental Stalin. La NEP fue transformada en una Edad de Oro y modelo, la Revolución recuperaba así su gloria romántica y la ideología podía ocultar convenientemente sus aspectos más indigeribles. Así J. Arch Getty llegó en 1985, con sus Origins of the Great Purge a decir que “sólo unos miles” fueron ejecutados y “many thousands” [sic] detenidos; minimizó la importancia del Terror frente al desarrollo social e institucional de la época, y concluyó que las Purgas, después de todo, dinamizaron una movilidad social ascendente. Los disidentes en la URSS y en la Europa del Este se quedaron con el término y con el concepto de Totalitarismo y cuando en 1989-1991 la URSS se dejó morir, los revisionistas de la Sovietología americana se quedaron totalmente solos frente a sus colegas rusos, ucranianos, lituanos, estonios y letones, que sabían bien de lo que hablaban cuando empleaban categorías totalitarias. Libres para hablar por primera vez, expresaron que el Sovietismo debe verse como una unidad a partir de octubre de 1917, y que es en sí un fenómeno radicalmente distinto de cualquier experimento político y social anterior, tanto en Rusia como en Europa. Subrayan el carácter integralista y totalitario de su extraordinario intento de conseguir y mantener “la utopía en el poder”. Al preferir la escuela del totalitarismo, dan al mismo tiempo la razón a los escritores y a los poetas que captaron la realidad desde sus comienzos y que no se negaron a emitir juicios de valores y a afrontar problemas morales. Zamiatin, Platonov, Bulgakov, Anna Akhmátova, Osip Mandelstam, Milosz, Grossman, Wat, Solzhenitsyn y Shalamoff captaron lo que no consiguieron explicar las conceptualizaciones y las investigaciones del revisionismo.

LA COLECTIVIZACIÓN de 1929-1933

Tren propagandista del PCUS (1933)

“Marx nunca imaginó el socialismo o el comunismo como una forma de campo de concentración. De hecho, imaginó lo contrario […] Sin embargo […] yo creo que la versión leninista del socialismo —versión despótica y totalitaria— no implicó esencialmente una distorsión del marxismo. La continuidad es visible si se recuerda que Marx creía en una comunidad perfecta del futuro, cuando el reino de la producción y el de la distribución fuesen manejados por el estado. Se trata, en otras palabras, de un socialismo de estado. Después de todo fue Marx, no Stalin, quien dijo alguna vez que toda la Idea Comunista cabía en una fórmula: la abolición de la propiedad privada […] Eventualmente, todo su proyecto de una sociedad perfecta apuntaba a la centralización de todos los medios productivos y distributivos en las manos del estado: la nacionalización universal. Nacionalizarlo todo implica nacionalizar a la gente. Y nacionalizar a la gente puede convertirse en la esclavitud para esa gente.” [Lesczek Kolakowsky, “La noche del marxismo”, en Vuelta, nº 101, p. 35]

Lesczek Kolakowsky

Es justo la historia de la Colectivización como abolición de la propiedad privada, como punta de lanza de la revolucionaria idea según la cual la producción campesina no es más que capitalismo a pequeña escala. A casi un siglo de distancia ¿cuál es la lógica de tal hazaña? La posibilidad del saqueo —ejecutado colectivamente por el estado, muchas veces individualmente por sus servidores— es una explicación verosímil. La Colectivización restaura la estructura latifundista y servil con una agravante: no hay 100.000 señores, hacendados, Barini, sino uno solo y todopoderoso: el estado totalitario. Por lo menos, los señores dejaban algún margen de autonomía al mujik ruso. Poco importa al estado que el Koljós sea menos productivo que la parcela privada: puede llevarse lo que quiera de su cosecha. El asunto no es producir, sino controlar. Los resultados económicos a corto y largo plazo no son muy buenos, pero las ventajas en cuanto a control económico y político son mayores, y eso es lo que cuenta “en última instancia” para las élites dirigentes leninistas primero, y estalinistas después.

Aleksandr Chayanov (1888-1937)

Cuando se alcanza el poder absoluto, el que corrompe absolutamente al individuo, desaparece el principio de percepción de la realidad, y eso contribuyó no poco a los aspectos más delirantes de la Colectivización. Además, la idea de que la producción campesina no es más que un mini-capitalismo, es una idea plenamente marxista. Chayánov luchó contra esa idea, y por eso murió en un campo de concentración, al que fue enviado con la total certeza de que no saldría de él con vida. George Yaney lo expresó así: “Si es necesario destruir la sociedad campesina para que el campo dé pan gratis a las “odiadas” ciudades, la manera menos difícil de lograrlo es acabar con los dirigentes pueblerinos, o sea, con los kulaks […] Si un gobierno débil quiere realizar una reforma radical de la sociedad campesina bajo la presión de la guerra y sus secuelas, la primera tarea del reformador es matar o desterrar a los mejores hombres de cada pueblo, discurriendo al mismo tiempo, sin mucho sentido, sobre utopías sociales. Resulta “muy razonable”… Los enormes éxitos de la reforma agraria en China, Corea del Norte, Vietnam o Etiopía, todas según el ejemplo de Stalin, deberían ser suficientes para convencernos de la “bondad” fundamental de esa regla.” [George Yaney, “The Collectivization of Soviet Agriculture”, en Peasant Studies serie IX, nº 2, 1982]

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Civiles rusos movilizados en 1914

La Primera Guerra Mundial fue para Rusia una catástrofe de proporciones insospechadas, y un conflicto en el que los rusos participaron sin convicción. En 1914 necesitaban y deseaban una paz duradera. Cuando en 1908 Austria-Hungría aprovechó la revolución política de los “Jóvenes Turcos” para arrebatarle Bosnia-Herzegovina al Imperio Otomano, Rusia jugó sus cartas diplomáticas para rebajar la tensión suscitada en Belgrado y Constantinopla; incluso obligó a serbios y turcos a aceptar el ultimátum austro-húngaro de marzo de 1909. Ni siquiera la rivalidad con Alemania en Persia perjudicó las tradicionales buenas relaciones diplomáticas entre San Petersburgo y Berlín. Entre 1912 y 1914 las Guerras de los Balcanes exasperaron el antagonismo entre Rusia y Austria-Hungría, pero la política exterior imperial rusa se mantuvo en la línea de apaciguamiento que, en fecha tan tardía como febrero de 1914, se expresaba en los informes de la Secretaría de Gobernación: Rusia debía mantenerse al margen de cualquier conflicto en Europa, debido a su inferioridad industrial y militar frente a Alemania, la falta de entusiasmo bélico de la opinión pública y las tensiones sociales en las zonas rurales. Los analistas políticos y los consejeros imperiales habían aprendido con dolor las lecciones de la fallida guerra contra el Japón en 1905 y comprendían que la guerra podía provocar una revolución indeseada. Los ministros, reunidos en enero de 1914, recomendaron a Nicolás II no involucrar a Rusia en ningún eventual conflicto internacional en Europa.

El atentado visto por un diario ruso

La muerte del archiduque austro-húngaro Franz Ferdinand en Sarajevo, a manos del estudiante Gavrilo Princip (23 de junio de 1914) desató una dinámica militar de movilizaciones parciales y luego generales que desembocó con la declaración de guerra de Alemania a Rusia (1 de agosto). Frente al ultimátum austro-húngaro a Servia y la subsiguiente movilización, Rusia multiplicó los llamamientos a la calma a sus aliados servios, y movilizó algo menos de un tercio de sus fuerzas armadas. Pero cuando Alemania, sin detenerse, inició su movilización general, el alto estado mayor ruso pidió autorización inmediata para iniciar su propia movilización general. Una vez dado ese paso, Alemania se consideró legitimada para “aceptar la apuesta rusa” y dar comienzo a las hostilidades. La confrontación crítica la provocó el odio mutuo entre Austria-Hungría y Servia; secundado por la actitud de un Imperio Alemán tan inestable y ansioso como su Kaiser por demostrar su poderío, Austria-Hungría, Alemania y Servia se repartieron a tres bandas la terrible responsabilidad de dar comienzo a la guerra.

Posición rusa expugnada, 1915

Austria-Hungría, insegura de sí misma, quiso ir a la guerra para “ajustar cuentas dentro de casa”. Calculó erróneamente que la guerra permitiría “alinear” a todas sus nacionalidades en un proyecto común, y proporcionaría la excusa perfecta para eliminar sin consecuencias a los disidentes separatistas. En Viena se pensó en términos de una guerra localizada en los Balcanes, nada más. El gobierno de la Doble Monarquía declaró la guerra a Servia el 28 de julio de 1914. Pero la “apuesta rusa” fue “aceptada” en Berlín casi sin dar tiempo a más: el Kaiser dio orden de declarar la guerra a Rusia el 1 de agosto, y a Francia, el 3. Inmediatamente, basándose en que “quien da primero, da dos veces”, Alemania invadió Bélgica, país neutral; Gran Bretaña quedó así involucrada, y en ese momento toda Europa quedó atrapada en su propia red: la del nacionalismo militar.

Prisioneros cavando una fosa común en 1914
Una fosa común en en el frente ruso, en 1914

Los rusos combatieron con tenacidad, en condiciones muy difíciles; el soldado ruso luchó muy bien, pero sin entusiasmo ni convicción. Los rusos de a pie nunca vivieron la guerra con la inquina patriotera e irracional de alemanes y franceses. Los resignados rusos no supieron por qué se les había metido en una guerra que se prolongaba sin visos de acabar nunca. Las metas estratégicas del alto estado mayor ruso —Constantinopla y los Dardanelos— nunca se hicieron públicas. La guerra empezó con una ofensiva rusa en Prusia Oriental, que empezó con brío y aterrorizó a la defensa alemana en un primer momento, pero que luego se desorganizó y acabó desastrosamente en la Batalla de Tannenberg en septiembre de 1914. El 2º ejército ruso del general Samsonov fue destruido por los alemanes, que no daban crédito a su buena fortuna. La sociedad en Rusia se resignó pensando que la fallida ofensiva, al obligar a los alemanes a debilitar su ataque a Francia, había dado lugar al “Milagro del Marne”, que frustró el operativo alemán de preguerra (el llamado “Plan Schlieffen”). Por otro lado, hubo victorias rusas en el Cáucaso contra el Imperio Otomano, y en Galitzia Oriental frente al Austro-Húngaro. Con la llegada de 1915, los asombrados rusos entraron en territorio húngaro y se preguntaron qué demonios estaban ellos haciendo allí.

Primeros auxilios en campaña

Con la llegada de la primavera, Alemania acudió en socorro de los austro-húngaros, ridiculizados y seriamente amenazados por sus fracasos bélicos, y cortó el avance ruso. El ejército del zar, diseminado entre el Báltico y los Cárpatos, recibió un golpe tremendo. Sorprendidos una y otra vez por los eficientes alemanes, los rusos comenzaron a retirarse a la carrera, y no pararon hasta el 15 de agosto; para entonces habían perdido la mitad de sus efectivos: 150.000 muertos, 700.000 heridos y 900.000 capturados por los austro-alemanes. Galitzia Oriental, Polonia, Lituania y parte de Letonia cayeron en manos del enemigo, un adversario inteligente que espoleaba el sentimiento nacional de los Países Bálticos y Polonia (reconocida en 1916 como estado independiente por sus ocupantes alemanes) y que trataba tan bien a los judíos de la región —sector mayoritario de la población en la periferia occidental del Imperio Ruso— que éstos los recibieron como libertadores. La actitud paternalista de los alemanes contrastaba de modo chocante con la de los rusos en retirada, dolidos y furiosos: en todas las regiones que iban abandonando declararon a los judíos autóctonos como “traidores” responsables de sus derrotas (fueron unos pobres chivos expiatorios). Se les vejó, linchó, atracó y despojó de todo, para ser finalmente deportados en masa hacia el este.

Un bombardeo artillero ruso, 1916

Pero las tornas cambiaron apenas un año después: en junio de 1916 Rusia lanzó una ofensiva bien planificada en un sector de sólo 136 km de ancho contra los austro-húngaros (dirigida por el general Alexei Brusilov), a quienes logró derrotar y obligar a huir. En el sur, también cayeron las líneas turcas ante los ataques rusos, que permitieron la anexión de la Armenia otomana y llevaron a las vanguardias de sus ejércitos hasta los límites de Irán. A principios de 1917 la situación no era mala, y la presencia de Rusia en la guerra obligaba a Alemania a combatir en dos frentes, algo que siempre había sido el problema a evitar por los estrategas alemanes. Sin la contribución de Rusia, los aliados occidentales podrían haber sucumbido ante una Alemania decidida a todo en 1914 y 1915. El ejército ruso estuvo a la altura de sus oponentes, y no flaqueó hasta que la situación política en su retaguardia se desbocó y cayó en un caos insólito. El pueblo ruso no había visto en toda la guerra un solo soldado alemán, austro-húngaro o turco invadiendo su suelo. Tampoco esperaba ser liberado por los alemanes, como les sucedió a los judíos y los bálticos. Los alemanes que fueron capturados y enviados al este recibieron un trato proporcionadamente correcto, y su contemplación por parte de la población rusa entristecía a la gente, que se repetía que aquella guerra no tenía ningún sentido.

PROBLEMAS ECONÓMICOS

Rusia quedó sin salida al mar en 1914

La guerra dejó a Rusia aislada del mundo exterior: los otomanos habían cerrado los Dardanelos y bloqueado el Mar Negro. En el Báltico, una feroz guerra de minas marinas hizo imposible cruzarlo o recorrerlo para el transporte mercantil. Rusia no podía exportar alimentos ni materias primas, sus tradicionales bienes de exportación, ni tampoco importar el equipo militar y mecánico que necesitaban sus ejércitos. A pesar de estas dificultades, la coyuntura favoreció al mercado interior de alimentos y estimuló a la industria local. El PIB ruso creció un 21% entre 1914 y 1916, con sectores al alza en petróleo, hierro y municiones. Capaz de construir armas sencillas como morteros de una calidad aceptable, la industria rusa llegó a fabricar hasta el 75% de los cañones que empleaban sus artilleros en el frente. De hecho, este despertar de la industria de armas surtió abundantemente a los bandos en lucha durante los tres años que duró la Guerra Civil Rusa. La guerra no desmanteló la fuerza de trabajo ni la producción, como se ha dicho hasta la saciedad. El reclutamiento se llevó sobre todo a los campesinos de la inmensa Rusia rural, donde sobraban bocas que alimentar: 10.000.000 de hombres de los 13.000.000 que había movilizados a principios de 1917.

Minas del Donetz, 1916

Buena parte de los trabajadores industriales (entre un 54% y un 97% según los sectores), estudiantes y otros elementos de la población urbana masculina fueron mantenidos fuera de filas, porque se les consideraba más útiles en retaguardia que en el frente. Las huelgas, frecuentes hasta el verano de 1914, desaparecieron con la guerra. Pero la especialización industrial hacia las armas (el 81% de la industria rusa fue reorientada al armamento), eliminó muchos productos industriales de consumo. Los campesinos, esto es, la inmensa mayoría de los consumidores rusos, a falta de tener algo que comprar, disminuyeron sus propias ventas de alimentos y las consumieron en casa. El vodka, casi imprescindible en el consumo popular, disparó su precio, y se volvió prohibitivo. La gente de jó de comprarlo y empezó a destilar aguardientes caseros. Y con ello disminuyó su gasto ordinario.

Obreras textiles rusas, 1916

Otro caso era el de las ciudades: los productos de consumo básico comenzaron a encarecerse y alcanzaron precios astronómicos, con subidas del 400% y hasta del 500%, mientras que los salarios estuvieron todo el tiempo muy por debajo de esas subidas. Los obreros especializados de las industrias de guerra recibieron descuentos y soportaron la espiral inflacionista mejor que los no cualificados, los peones y subalternos. La mujer se incorporó al mundo laboral, y se empleó en la industria de armas. En ciudades como Moscú, el número de personas incorporadas a la industria creció en un 48% a partir de 1914 hasta 1917. Pero el gobierno ruso no tuvo frente a esta inflación localizada, el desabastecimiento urbano, y la miseria de los más humildes de las ciudades, ningún remedio. No intentó controlar los precios y los salarios, ni tampoco implantar el racionamiento, como se había hecho en Alemania. Allí el pan empezó a racionarse en 1915; las grasas, los lácteos, la carne, los carbohidratos (azúcar, patatas), y el carbón para la calefacción, en 1916. En 1917 la patata alemana tuvo una cosecha malísima, y entonces apareció una auténtica hambruna en Alemania. Pero en Rusia no ocurrió lo mismo: la distribución de alimentos había sido dejada de la mano, la gente en las ciudades sufría por ello; pero comida, no faltaba.

LA VIDA MILITAR

Hospital de campaña en 1916

Las cosas eran muy diferentes en los frentes de guerra: el soldado ruso, como en todas las guerras, sufrió lo indecible. Su ejército no tenía de nada excepto hombres: hasta había que salir al ataque sin armas (1 de cada 4 soldados) y sobre la marcha recoger armas de los que iban muriendo. Y lo mismo ocurría con mantas, calzado, medicamentos, e incluso alimentos. Los generales rusos querían resolverlo todo “inundando” a sus enemigos con “mareas humanas”, aberración táctica que se cobraba un altísimo precio en vidas de soldados rusos, enviados a morir absurdamente. Así ocurrió en 1914 con 500.000 soldados de los ejércitos 1º de Rennenkampf y 2º de Samsonov: fueron lanzados contra las posiciones alemanas a cuerpo descubierto, y cayeron como moscas ante el fuego artillero y de ametralladora alemán.

Heridos llevados a retaguardia

Y lo más increíble de todo es que nadie protestó, ni en el frente ni en retaguardia, ni siquiera en las grandes ciudades, donde existía una aceptable libertad de prensa. Era una monstruosidad aceptada con resignación, aunque pueda parecer increíble a un no ruso. Los heridos no contaban demasiado: sin medicinas ni suministros médicos, no se podía hacer casi nada para salvarlos. A partir del verano de 1915, el ejército ruso mal que bien tenía para comer, pero sufría ya desde hacía mucho el frío y las deficiencias de su servicio sanitario. El tifus, la gripe y la gangrena se cobraron muchas vidas que se podrían haber salvado fácilmente. De enero de 1915 a febrero de 1917 el ejército ruso tuvo aún 1.500.000 bajas por muerte, y otras 2.000.000 por captura a manos del enemigo. En dos años y medio de guerra había perdido, entre muertos y capturados, 4.000.000 de soldados —Francia había tenido 4.000.000 de muertos—. Pero la opinión pública no reaccionó en ningún sentido.

Oficial ruso muerto en 1916

La guerra era algo lejano, que ocurría fuera de las fronteras del océano de tierras de Rusia. A los comerciantes y a los campesinos no les iba peor que antes de estallar la guerra, y los habitantes de las ciudades pudieron encajar la inflación mal que bien hasta el invierno de 1916-17, cuando los peones y subalternos sin cualificación y la pequeña clase media rusa empezaron a pasar hambre, principalmente en Petrogrado (San Petersburgo). El ejército ruso sufrió también una grave crisis de mandos: generoso con las vidas de sus soldados en la batalla, no lo fue menos con las de los oficiales combatientes. Antes de la guerra los 40.000 oficiales que había para mandar a 2.000.000 de soldados eran claramente insuficientes, y sólo en 1914 cayeron 60.000 oficiales. Fue necesario incentivar los atractivos románticos de la carrera militar en tiempo de guerra y ampliar las promociones de cadetes. Así se pudo sacar de las academias militares promociones gigantescas de 35.000 plazas anuales, pero que apenas daban para cubrir las bajas generadas por las unidades combatientes en el frente. Pese a la repugnancia que la medida causó, se empezó a promocionar a simples soldados a suboficial, y a éstos se les colocaron charreteras de oficial para suplir a los que iban cayendo. En 1915 apenas existían regimientos de infantería en el frente con más de 12 oficiales, claramente insuficientes para mandar a los 3.000 individuos de tropa con que teóricamente contaban. Esa ausencia casi total de oficiales explica en buena medida el derrumbe del ejército ruso en 1917, situación agravada por una ausencia de mandos políticos casi equivalente en la retaguardia y la capital.

Mortandad incomprensible, 1916

Al producirse las debacles bélicas del verano de 1915, el zar Nicolás II asumió el mando militar supremo y, con él, la responsabilidad absoluta sobre todos los reveses militares que se pudieran producir. Lo malo del caso fue que, al ponerse a residir cerca del frente bélico, en el extremo occidental de Rusia, dejó en la capital las riendas del poder a su esposa, mujer enérgica y voluntariosa, pero políticamente incapaz en todos los sentidos. El zar había reaccionado a contracorriente de los reveses de 1915. La opinión pública y los consejeros del zar querían destacarse en la defensa de la patria en peligro. El zar, en lugar de delegar funciones y compartir responsabilidades, se metió a general de un ejército valiente pero cuasi acéfalo, y por lo tanto, muy difícil de mandar por falta de mandos intermedios y oficiales. La tragedia salió servida.

La REVOLUCIÓN de FEBRERO de 1917

¿Quienes fueron los hombres y las numerosas mujeres que protagonizaron la Revolución de Febrero de 1917 en Petrogrado (San Petersburgo)? Peones y subalternos (“obreros sin cualificación”), especialmente las mujeres empleadas en la industria textil, que habían sido los más castigados por el brusco empeoramiento de las condiciones de vida en las ciudades durante el crudísimo invierno de 1916-17 (en diciembre se llegó a -40º C en Petrogrado). El derrumbe alimentario y vital contribuyó a la parálisis de los transportes. Escaseaba la comida y el carbón indispensable para no morir de frío. Las mujeres pasaban horas de pie en la calle, haciendo colas interminables para comprar unas existencias de hambruna (no había racionamiento). Además, en enero de 1917, en dos ocasiones, cerca de 100.000 obreros participaron en una breve huelga. A esa muchedumbre de desesperados se unieron los casi 40.000 soldados de la guarnición de la ciudad, hartos de aguantar la quisquillosa vida cuartelera, y tan famélicos como los civiles. La guarnición de Petrogrado se hallaba en una situación verdaderamente extraña. El Imperio Ruso tenía enormes reservas de soldados, como ningún otro estado participante en la primera guerra mundial; mantenía malamente a varios millones de hombres amontonados, lejos del frente. Y en ese frente bélico nadie desertaba y, en 1916, la comida era mínima pero tolerable. Sin embargo, en la retaguardia las condiciones eran muy diferentes. Había millares de soldados sin apenas oficiales para controlarlos; no había nada que hacer para ellos salvo sentarse a charlar y fumar una vez terminados los enésimos ejercicios de instrucción del día; pasaban mucha hambre y carecían de los servicios más básicos; desocupados, abandonaban los cuarteles para pasear por la ciudad sin rumbo fijo, cuando no desertaban y se lanzaban a las carreteras rurales buscándose la vida.

El último gobierno del zar Nikolái II cometió el error de concentrar en Petrogrado a finales de 1916 a 150.000 de estos soldaditos míseros. Esa enorme guarnición se había negado en octubre de 1916 a intervenir contra las huelgas que se convocaron en la ciudad. Ese tropel de uniformados prácticamente desbandados, entre los cuales eran numerosos los privilegiados, protegidos de la guerra (jóvenes de familia rica, “enchufados”, obreros cualificados que no pasaban los exámenes médicos por “afecciones especiales”, hombres con contactos en la burocracia estatal y “emboscados”), era muy sensible a los rumores sobre traición y a la agitación política que emanaba de las élites políticas, que conspiraban abierta y ruidosamente. Por eso la guerra del pan que empezó entre los pobres de la periferia urbana ganó en sólo tres días el centro de la ciudad y no encontró ninguna resistencia.

Vasili Rozanov (m. 1919)

El 27 de febrero de 1917, los únicos regimientos aún estructurados (los de la Guardia Imperial) se pasaron a las filas de los manifestantes. Por la tarde, 20.000 de los 150.000 miembros de la guarnición habían hecho lo mismo y sus cabecillas exigían a una atribulada Duma la creación de un “Comité Provisional”. Unas horas antes se había formado el “Soviet” (=Consejo) de Diputados, Obreros y Soldados de Petrogrado. La administración aceptó abúlicamente el hecho, y la aristocracia abandonó al zar de forma unánime. Volvería a acordarse de él y descubriría sus virtudes mucho más tarde, cuando ya llevaba muerto mucho tiempo. La “autocracia sin autócrata” no fue derrotada, sino que prácticamente falleció de muerte natural, como lo describió Vasili Rozanov en su obra Apocalipsis de nuestro tiempo:

“El zar ha sido superior al clero. No ha hecho muecas, ni ha mentido. Al ver que el pueblo y el ejército habían renegado de él y lo habían dejado solo (por la innoble historia de Rasputin), así como la nobleza, los órganos —como siempre falsamente— representativos y por fin los señores empresarios, sencillamente escribió que renunciaba a tan miserable pueblo. Y se puso a romper hielo. Eso es sensato, hermoso, acorde con el deber de un soberano […] Rusia se malogró en dos días. Tres, como máximo. Cayó ella sola en pedazos de un solo golpe. Nada quedó, nada se salvó. No quedó nada del Imperio, ni de la Iglesia, ni del ejército, ni de la clase obrera. Literalmente, nada […] Es de notar que caminamos como borrachos, con un sentimiento de ebriedad. Empezamos la guerra borrachos: recuerden, en ese mes de agosto de 1914, el encuentro del zar con su pueblo… todo era falso. Y esas victorias […] una sexta parte del planeta. La revolución se hizo en la ebriedad, como la guerra. “Venceremos” […] ¡Cómo! Vivir mil años, despilfarrar principados, un imperio, ligarse con todo el mundo, ponerse perifollos, sombreros, afectar religiosidad, tratarse blasfemando de “nihilista” (actuar así es blasfemo) y morir. Rusia parece un general de mentira, sobre cuyo cuerpo muerto reza un falso cura: “En realidad era un actor de provincias prófugo…” […] ¿Qué pasó para que se derrumbara el imperio?, ya que se derrumbó literalmente en un solo día hábil. Un miércoles cualquiera, no un domingo, ni un sábado, ni tampoco uno de los viernes musulmanes. Dios escupió literalmente y sopló la vela. Claro, había escasez y colas. Y también había oposición política. Y estaban los absurdos caprichos del zar. Pero ¿cuándo tuvimos en Rusia “lo necesario” sin el trabajo del judío o del alemán del Volga? ¿Cuándo estuvimos sin oposición política? ¿Cuándo hubo zares sin caprichos? Ay, triste viernes, o lunes, o martes […] ¿Se puede pues morir de una manera tan lastimosa, tan hedionda, tan fea? “Vamos, actor, deberías hacer un gesto. Siempre tuviste buena disposición para hacer de Hamlet. Acuérdate de tus frases.” Sí, sí, alguna vez hubo una historia aburrida, es la de “La Caída de Rusia”. Soplaron la vela. Pero no fue Dios, sino […] una vieja borracha, que al pasar tropezó y cayó de bruces sobre su barriga. Simplemente estúpido, asqueroso.”

EL TRIUNFO BOLCHEVIQUE

Instituto Smolny, sede del Soviet

Las condiciones no eran favorables al “experimento sin precedentes” anunciado por Trotski en la exaltación de la victoria de octubre. Nadie creía en el futuro de los bolcheviques. El propio Lenin, contando los días, festejó como un milagro haber durado más que la Comuna de París. Duraron, pero ¿a qué precio? Habían prometido la Asamblea Constituyente: la disolvieron. Enemigos de la pena de muerte en el ejército, la restablecieron y la extendieron a los civiles. Opuestos al traslado de la capital a Moscú, lo realizaron enseguida. Después de declarar el derecho de las naciones a la independencia, las sometieron manu militari. Partidarios de una “paz democrática” o de una guerra revolucionaria, tuvieron que aceptar una “paz servil” de los opresores imperialistas. Después de prometer la tierra a los campesinos, les quitaron sus cosechas manu militari. La supresión de la policía, el ejército y de la burocracia dejó paso a la Cheká, al Ejército Rojo y a la burocracia soviética. De todo el programa bolchevique, quedó un solo punto: la toma del poder, en unas circunstancias tan azarosas que, según Trotski y Lenin, “si no lo hubiéramos tomado en octubre, no lo habríamos tomado nunca.” Como dijo un famoso pensador: “Es la revolución la que lleva a los hombres; los hombres no llevan a la revolución.” Cuando cayó la Bastilla de París en 1789, el entusiasmo fue universal, en Francia y en el mundo, de Londres a San Petersburgo. Cuando cayó el Palacio de Invierno, nadie se inmutó. La Bastilla rusa se había venido abajo en febrero. Octubre puso fin enseguida a las libertades políticas. En un intento de reorganización, el 7 de noviembre de 1917 Lenin mezcló el partido bolchevique, el estado y la administración; tomó bajo su control la vida de las ciudades, y dejó para después el campo.

Trotski en 1919

En 1904, Trotski había escrito: “En el esquema leninista, el Partido ocupa el lugar de la clase obrera. La Organización del Partido sustituye al Partido. El Comité Central, a su vez, sustituye a la Organización; finalmente, el Dictador ocupa el lugar del Comité Central”. Quince años después, en 1919, “un solo hombre, “ex providentia”, reúne en sí mismo todos los poderes” —desviación revolucionaria profetizada por Plejánov—, frente a lo cual Lenin exclamaba: “Cuando nos reprochan ejercer la dictadura de un solo partido, contestamos: ¡sí!, la dictadura de un solo partido, el nuestro. Ésa es nuestra base y no podemos prescindir de ella.” En 1918, en una cárcel en Austria, Rosa Luxemburg reflexionaba que el remedio leninista a la opresión de clase era peor que malo: “La vida se apagará en todas las instituciones, que no conservarán más que la apariencia de lo que deben ser; el único elemento vivo y actuante será entonces la burocracia.” Lenin tampoco se engañaba en ese punto, y dictaminaba con su habitual lucidez, en enero de 1918: “Siempre supimos que no se puede “introducir” el socialismo; que éste crece en medio de la lucha de clases, y de la más áspera y aguda guerra civil, hasta la locura y hasta la atrocidad; que entre el capitalismo y el socialismo media una larga época de “dolores de parto”, y que la violencia desatada es siempre la partera de la antigua sociedad que alumbra al socialismo.”

El “MILAGRO FALLIDO” de la REVOLUCIÓN INTERNACIONAL

Los revolucionarios alemanes fueron derrotados en 1919

En abril de 1918, Lenin dijo al Soviet de Moscú: “es el hecho de ser un país atrasado el que nos ha permitido adelantarnos, pero habremos de perecer si no aguantamos hasta que nuestra Revolución reciba una ayuda eficaz de los revolucionarios de todos los países.” El Comité Central comunista se hacía eco de su postura: “sin revolución socialista en occidente, nuestra república socialista está amenazada de muerte.” A su vez, Gorki protestaba desde las páginas de su Novaya Zhizn: “No existen las condiciones para introducir el socialismo; el gobierno de Smolny trata al obrero ruso como yesca: prende la yesca para ver si, a la lumbre del fuego ruso, puede incendiar Europa con una revolución.” El esperado milagro de la revolución socialista internacional no ocurrió. “La Revolución Rusa va a hacer que se levante la tempestad en occidente”, insistía Trotski, “o los capitalistas de todos los países van a ahogar nuestra lucha.” No sucedió ni lo uno ni lo otro. La revolución alemana fue derrotada por el ejército alemán que volvió a casa con el orgullo intacto para detener la “puñalada por la espalda” que luego justificaría lo injustificable. Kurt Eisner y Bela Kun fracasaron en 1919 en Múnich y en Hungría, igual que los espartaquistas en Berlín.

Escudo de la URSS

Por lo tanto, había que afrontar la realidad de un mundo que los vencedores de la primera guerra mundial habían reordenado; había que tener en cuenta la dura realidad, preservando en lo posible el derecho que proclamaba el poder soviético a heredar el Imperio Ruso. El 30 de diciembre de 1922, la creación de la URSS, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas —después de la República Socialista Federativa de los Soviets de Rusia, o RSFSR— significó la voluntad de unir a Rusia con sus dominios históricos: Ucrania, Bielorrusia, el Cáucaso y Asia Central. Nacía un nuevo imperio cuyo objetivo era establecer un frente único contra el capitalismo”.

 

EL COMUNISMO DE GUERRA

Bokiy, introductor de los campos de concentración en Rusia

Este fenómeno de la Historia soviética nació de la combinación de las circunstancias y de la ideología, y duró desde noviembre de 1917 hasta mediados de 1921. Todo en él fue determinado por las necesidades bélicas, y la parte de las iniciativas voluntaristas del poder bolchevique surgieron de la desesperación en un contexto caótico. Al principio hubo un elemento de destrucción espontánea, cuando las masas obedecieron la orden de Lenin: “¡Robad a los que os han robado!” (“Grab nagrablennoe!”). Tanto el “reparto negro” en las zonas rurales, como el “control obrero” y las “viviendas socializadas” funcionaron como el reparto de un botín entre saqueadores. Después, como diría Trotski, “una vez sentado a horcajadas sobre la silla de montar, el jinete debe galopar, aun a riesgo de romperse el cuello.” El jinete, el estado bolchevique, se salvó, pero el caballo, el pueblo ruso, estuvo a punto de morir por él. Para simplificar, el “comunismo de guerra” instauró el monopolio comercial y económico del estado; las incautaciones de comida a punta de pistola en el campo; el racionamiento inhumano de la población en las ciudades, dividida en categorías desiguales; la “socialización” total de la producción y del trabajo; el reparto, burocráticamente sofisticado, de las últimas existencias de productos manufacturados; la desaparición de la economía monetaria; la opresión política, militar y policíaca: la famosa Cheká fue fundada en diciembre de 1917 para poner fin a la resistencia de los empleados de banca, pero fue la palanca fundamental del estado policíaco bolchevique.

Un mercado urbano en 1913

Lenin y sus seguidores no tenían ni una política ni un proyecto para la economía, nada; si lo hubieran tenido, hubiera sorprendido por su carácter previsor. La situación era nueva para todo el mundo, y la literatura marxista, de la que los bolcheviques sacaban todo su arsenal político y organizativo, aclaraba que no “tenía recetas para los alimentos del futuro”. Aparte de “socializar los medios de producción, centralizar el crédito en manos del Estado” y de concebir la economía como “una sola gran máquina, única”, Lenin no tenía nada que proponer. Ni la Revolución Francesa ni la Comuna de París, sus dos fuentes de inspiración, ofrecían ningún modelo económico. Lenin se inspiró en la política alemana de economía de guerra, implantada por el ministro Walther Rathenau y el general Erich Ludendorff, y retomó la experiencia rusa inmediata en el monopolio del trigo y las cartillas de racionamiento para el pan. En realidad, no consiguió más que poner parches improvisados a un saco roto y desfondado. Frente al desastre acelerado por el “control obrero”, reaccionó denunciando “el desorden infantil del izquierdismo [y] la nacionalización proletaria caótica surgida de la base”. Así introdujo una vasta operación de nacionalización no programada del sector industrial, cuando hubiera debido establecer una economía mixta. La producción industrial, que finales de 1917 suponía el 75% de los índices de 1913, cayó al 50% en 1918, y al 15% en 1920. En 1913 había 18.000 locomotoras en el Imperio Ruso; en 1920, menos de 4.000.

Las requisas de la Cheká condenaron a muchas familias campesinas al hambre

La desapareción de la producción industrial agravó la escasez alimentaria. Desde 1918, la más apremiante necesidad de todos los rusos que vivían en las ciudades, más que poder trabajar, era encontrar comida. Al no encontrar nada que comprar en los mercados urbanos, los campesinos comenzaron a acumular, ahorrar, y asegurarse frente al caos general volviendo a su tradicional economía autárquica de subsistencia. En 1918, a diferencia de lo que ocurría en las ciudades, donde se pasaba un hambre atroz, en el campo se podía comer bien, pero la Guerra Civil eliminó muchos brazos, y junto con el pánico generalizado, los campesinos dejaron muchas tierras sin cultivar, y el pan empezó a escasear incluso entre los campesinos cerealistas. La reacción del poder soviético fue criminal a extremos asombrosos: mandar a los pueblos campesinos destacamentos armados de Chequistas para requisar a punta de pistola, sin contrapartida de ninguna clase, toda la comida que pudieran encontrar: toda. El resultado, totalmente contraproducente para el futuro de la Rusia soviética, fue que se pudo mantener alimentado al Partido Comunista, a una parte del Ejército Rojo —y salvar de la muerte por inanición a la mayor parte de él— pero no a la gente de las ciudades; supuso también el aumento del pánico en los pueblos campesinos, que dejaron todavía más tierras sin cultivar, y descendió la producción de alimentos; por último, los campesinos, amenazados de muerte por el hambre, se echaron a los caminos armas en mano, en un levantamiento universal contra el poder bolchevique.

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