La Época de Stalin


STALIN, EL GENOCIDIO Y LA “GRAN GUERRA PATRIÓTICA”
La “limpieza étnica” practicada por los nazis en la URSS a partir de 1941 asoló sobre todo a un diverso número de sociedades multinacionales que contaban con habitantes bálticos, polacos, ucranianos, judíos, y sólo en parte rusos. Entre 1939 y 1941 los soviéticos deportaron en masa a un número comparable de personas a las desplazadas por los nazis en sus territorios de ocupación. A partir de 1941 éstos se lanzaron contra los judíos; en 1942 comenzó una matanza de polacos católicos a manos de nacionalistas ucranianos, los cuales mataron también a muchos de sus compatriotas. Se estima que asesinaron un mínimo de 80.000 polacos residentes en la Ucrania soviética ocupada por los alemanes, siendo los datos más trágicos de hasta 200.000 polacos muertos. Entre 1944 y 1946 se realizó en la URSS la Purga de los Colaboracionistas, que se llevó a cientos de miles de inocentes en la Ucrania recién liberada del yugo nazi. Contra la inacabable guerrilla nacionalista ucraniana los soviéticos aplicaron de manera sistemática tácticas de tierra quemada, lo que hizo morir a más de cien mil civiles ucranianos. En definitiva, tras la guerra de los nazis, las naciones no rusas de la URSS sufrieron una segunda guerra, la de los propios soviéticos, que les afectó a todas en diverso grado, aunque no hubieran sufrido la ocupación nazi que pudiera haber dado pie al delito de colaboracionismo. El caso del llamado Ejército Vlasovista no es más que un aspecto entre otros muchos de la “incómoda verdad” de la deserción en el Ejército Rojo a partir de 1941. El gigantesco ejército de los prisioneros de guerra soviéticos cautivos de los nazis despertó entre algunos generales alemanes no nazis, como Stauffenberg, la idea de reclutar voluntarios para luchar contra el régimen comunista al lado del ejército regular alemán, el “Heer”. Este proyecto lógicamente implicaba reconocer cierta autonomía y dignidad a esos eventuales “aliados”, pero no podía tener éxito mientras Hitler viera en Rusia, Ucrania y Bielorrusia “las Indias de Alemania” o “el África alemana”. Sin embargo, ya en 1942 había 200.000 antiguos miembros del Ejército Rojo ayudando a los soldados del Heer como auxiliares desarmados, cautivos o pasados a las filas alemanas, en calidad de Hilfsfreiwillige o “Hiwis“, que daban la guerra por perdida para la URSS y trataban de salvar su vida, trabajando para los alemanes en el frente; entre ellos los había que preferían compartir los riesgos de los Landser trabajando para ellos a los campos de prisioneros; y por último, una parte de ellos deseaban combatir al régimen comunista, y como no podían luchar como soldados del Heer, hacían para sus miembros trabajos auxiliares; cuando comenzó la Batalla de Stalingrado su número llegó a ser de cerca de 500.000, y en 1945 había crecido hasta aproximarse a los 800.000.
 
EL “TERROR ROJO” A PARTIR DE 1923

La URSS conoció dos períodos de “Terror Rojo” masivo: la primera, desde 1918 hasta 1921; y la segunda, desde 1929 hasta 1933, especialmente contra los campesinos y los religiosos. El Terror no se había aplicado a los comunistas, y la línea de la muerte se había cruzado una sola vez, en 1923, en el excepcional caso del comunista centroasiático (tártaro) Sultan Galiev, acusado de desviacionismo nacionalista. Entre 1927 y 1929 no hubo más de 8.000 opositores comunistas detenidos y, según testimonios como el de Victor Serge, “las cárceles y las deportaciones del princpio fueron, a fin de cuentas, fraternales […] El jefe de la OGPU, Yagoda, simpatizaba también con la “derecha” […] La “oposición de derechas” fue más un estado de ánimo que una organización, y por momentos abarcó a la gran mayoría de los funcionarios del partido y del estado, con la simpatía del país entero”. Tanto que Trotsky, desde su exilio, “nos escribía que, puesto que la “derecha” representaba el peligro de deslizamiento hacia el capitalismo, debíamos sostener contra ella al “centro”, a Stalin”. Los desastres de la Colectivización y de la Hambruna del 33 habían dejado perplejo a más de uno. No habían faltado comunistas “buenos” que devolvieron su carnet antes que hacer “ese trabajo cochino”. Hasta el fiel Sergo Ordschnikidzhe había exclamado: “No se puede construir el socialismo con cadenas y colectivizar a 25.000.000 de familias en sólo unos meses”. Algunos habían leído una carta abierta de unos campesinos dirigida al Comité Central del PCUS, después de la Colectivización, en la que decían: “Si algún día nos declaran la guerra desde fuera, la primera bala será para vosotros, cabrones”. Stalin había tomado nota de los firmantes de la misma.

HISTORIAS PARALELAS de EVADIDOS para EVADIRSE. En una vivienda particular del centro de Zaragoza se celebraron varias reuniones, a razón de una por semana, de agentes nazis, entre principios de 1944 y principios de 1946. El organizador de estos encuentros semanales era el cónsul alemán en la capital aragonesa, Dr. Seegers, y solía reunir a cónsules alemanes de otras ciudades, personas de relieve en la AO del NSDAP en España, y en algunas ocasiones, invitados españoles de las fuerzas armadas y el partido falangista. La embajada norteamericana en Madrid fue la primera autoridad de los Aliados Occidentales que supo de estas reuniones, gracias a un soplo dado por un francés que se hacía pasar por colaboracionista nazi, y que asistía regularmente a los encuentros de los alemanes. Este infiltrado era conocido con el nombre en clave de “Rick” por la inteligencia norteamericana, y en la vida real se llamaba Roger Tur, empresario francés afincado en Zaragoza desde antes de 1939, propietario de un pequeño negocio. De sus informes, amplios y detallados, se infiere que las reuniones del piso de Seegers eran sesiones de reafirmación ideológica con poco contenido práctico, si bien durante las últimas semanas de la segunda guerra mundial, el futuro de los dirigentes nazis y de los reunidos, se convirtió en un tema recurrente. Desde marzo de 1945 se discutía en el piso de Seegers sobre la posible evasión de dirigentes nazis de Alemania y su eventual ocultamiento en España. La conclusión en torno a estos debates fue poco optimista: no sería una buena idea montar una operación secreta de evasión y encubrimiento. Los alemanes se habían percatado de que si traían políticos nazis de relieve secretamente a España, no serían apoyados por los falangistas ni los militares españoles. España dependía de la buena voluntad angloamericana para recibir todo el carburante que le suministraban Shell y Texaco, vital para sus fuerzas armadas. Por lo tanto, cualquier amenaza aliada de cortar el suministro de gasolina y diesel sería causa de una presión inmediata e irrestricta, en apoyo de posibles demandas de entrega de los políticos refugiados clandestinamente. Tur también informó a los americanos, con posterioridad al final de la guerra, de la existencia de un movimiento nazi clandestino, coordinado desde Alemania, con el que los asistentes a las reuniones acordaron colaborar.

El 16 de mayo de 1945 se suspendieron temporalmente las reuniones en el piso de Seegers, y cuando se reanudaron, fue en el domicilio particular del ya ex-cónsul Seegers. En esta reunión se adoptó la clave “88” como contraseña, en alusión a la “H”, octava letra del alfabeto, y cuya repetición abreviaba el saludo nazi “Heil Hitler”. Según Tur, Seegers comunicó que había recibido instrucciones desde Alemania para ponerse en comunicación con los que habían sido cónsules alemanes en Barcelona, San Sebastián, Pamplona y Santander en previsión de nuevas instrucciones y operaciones aún por determinar. También en 1947 el servicio de inteligencia americano recibió informaciones sobre una supuesta organización nazi clandestina llamada “Muerte o España” (Tod oder Spanien, “ToS”) con el objetivo de facilitar la evasión de personalidades alemanas buscadas por los aliados. Por lo visto, las cabeceras de esa organización estaban situadas en Hamburgo y Múnich, desde donde los fugitivos eran sacados secretamente de Alemania y, vía Suiza y Francia, llevados hasta la frontera española, donde “88” debía hacerse cargo de ellos. Según el “Informe Howard” de la embajada británica en España (1947), habría existido otro grupo “88” en Barcelona, dirigido por un antiguo oficial de las SS, con el objetivo de apoyar al grupo de Zaragoza. A estos grupos, de operatividad más aparente que efectiva, se sumaba la acción de personalidades alemanas sin pertenencia a organización alguna, que por sus propios medios y contactos facilitaban la fuga de compatriotas buscados por los Aliados Occidentales. Una de las más activas personalidades de este último tipo fue Clara “Clarita” Stauffer, hija del primer gerente alemán de la fábrica de cerveza Mahou. Clarita, hija de una familia de la jet-set de la época, tuvo pocos problemas para conocer y entablar amistad con personajes de la talla de Pilar Primo de Rivera. Al estallar la guerra civil española se comprometió con la familia falangista de su amiga Pilar, y pronto, gracias a su sólida formación y a su capacidad de liderazgo, comenzó a desempeñar altos cargos en la sección femenina de Falange. Desde la secretaría de prensa y propaganda de S.F., Clarita Stauffer organizó muchas campañas de captación de fondos y donaciones de ayuda humanitaria en Alemania con destino al bando nacional. A partir de sus gestiones surgió la ONG falangista Auxilio Social, que abrió una oficina en Hamburgo; de esta época data la colaboración de Clarita con las dos dirigentes de mayor peso de A.S.: Carmen de Icaza y Mercedes Sanz.

La HORA del AJUSTE de CUENTAS con la FRANCIA de VICHY (1945). El régimen de Vichy representó la expresión más clara del colaboracionismo. Durante su vigencia cobró una macabra fama la llamada Milice, cuerpo policial que recurrió a las mismas técnicas crueles e inhumanas de la Gestapo del ocupante para combatir a la Résistance. La intelectualidad francesa fue un terreno pródigo para el proselitismo de las tendencias colaboracionistas. Muchos escritores jóvenes del momento, sentimentalmente vinculados a las ideas políticas de Charles Maurras, extendieron la influencia de su pensamiento, dentro y fuera de Francia. Del ideario maurrasiano se nutrieron ideológicamente muchos de los colaboracionistas que acogieron de buen grado la ocupación alemana de 1940.

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