La Gran Purga


Grabadora rusa de 1938

“Para mí, lo más absurdo y dramático fue la muerte de nuestro héroe y escritor Mikhail Koltsov, cuando el segundo volumen de su Diario Español estaba ya en prensa”, contaba Konstantin Simonov, escritor y periodista, de sus recuerdos de 1938. “Cobardía, autopersuasión y no pensar” eran el único refugio. Pero la victoria contra las tropas japonesas en el Río Khalkin-Gol, y luego el Pacto secreto rusoalemán Mólotov-Ribbentrop, y la invasión de Polonia por los nazis en septiembre de 1939 despertaron en el joven Simonov “un sentimiento de alegría incondicional”: Stalin tenía razón. Había borrado la vergüenza de la Paz de Brest-Litovsk, derrotado al “enemigo polaco” y “liberado” a los hermanos ucranianos y bielorrusos. “La derrota de Francia en 1940, y nuestros reveses bélicos en Finlandia, confirmaban lo correcto de la estrategia de Stalin: ganar tiempo.” Mucha gente se refugió en la adoración de Stalin, el zar bueno, lejano como un autócrata, pero un Padrecito bueno y justiciero. “!Ah, si Stalin lo supiera! ¿Lo veis?” exclamaron cuando cayó Yagoda, y cuando cayó Yezhov. La Asociación Internacional de Juristas, que contaba entre sus miembros con intelectuales progresistas de prestigio internacional, como Harold Lasky y otros críticos liberales del autoritarismo estatal, mandó una delegación, en respuesta a una invitación oficial soviética, para asistir a los Procesos Espectáculo de Moscú. Después de asistir al primero de los “Juicios Públicos”, concluyó: “Juzgamos absolutamente injustificada la afirmación según la cual el proceso habría sido sumario o ilegal. Se ofrecieron abogados a los acusados, y en la URSS todo abogado es independiente del Gobierno; pero los acusados prefirieron defenderse a sí mismos” […!?] “Afirmamos categóricamente que los acusados han sido condenados de manera perfectamente legal. Ha sido plenamente demostrado que mantenían relaciones con la Gestapo alemana. Han merecido perfectamente la pena capital impuesta.” El presidente del Comité Mixto Parlamentario Anglo-Soviético, el diputado laborista Neil Maklin, insistió en la “fuerte impresión causada por la sinceridad de las confesiones de los acusados”. La Liga Internacional de Derechos Humanos certificó a su vez la estricta licitud e imparcialidad de los Procesos Espectáculo. Su representante, el jurista Rosenmark, dijo: “Buscamos el error sólo cuando el acusado niega su culpabilidad, cuando clama su inocencia. Si el capitán Dreyfuss hubiera conocido su culpabilidad, el asunto Dreyfuss nunca hubiera existido”…[!?] Asombra esa actitud, mantenida por muchos intelectuales de izquierda, sinceros demócratas en los países de Europa Occidental y América.

Revista "El Chekista" (1938)

Ciertamente, la hora internacional era la del Frente Unido Antifascista y la de los Frentes Populares, pero Orwell, Koestler, Victor Serge, Boris Suvarin o  Jean Gehenno, que no creían en las confesiones públicas —“uno adivina una verdad más horrible: son hombres acabados, torturados, voluntades muertas”— eran antifascistas notorios también. Alexander Wat, en su Mon Siècle, aclaró la fascinación ejercida por el comunismo sobre los intelectuales occidentales, como “única respuesta global a la gran negación”, “la única fe ofrecida (fuera de la antigua fe negada)”, “su fascinación por el horror, la crueldad y la sangre derramada”… “¡Qué grande y pura debe de ser la causa por la que se vierte tanta sangre, y sangre inocente!”… “A más sangre derramada, más cierta la prueba de que la causa es justa”…  Alain Besançon se preguntaba en 1970 en el prefacio a su edición de Andrei Amalrik ¿Sobrevivirá la URSS en 1984? si la “intelligentsia francesa prosoviética” no estaría “fascinada por ese régimen no a pesar de, sino debido a los crímenes que ha cometido”. Era tal el conformismo inspirado por la apelación al “juicio de la Historia” que muchos prefirieron no ver la realidad, o negarla, o rechazarla. El anticomunismo en la Europa occidental de finales de los años 1930 era un pecado mortal imperdonable, irremisible. El Frente Popular había puesto fin a la guerra fratricida entre socialistas y comunistas, pensaban los liberales de centroizquierda: esa reconciliación permitiría vencer al fascismo.  Esos liberales progresistas que no habían perdido totalmente las esperanzas despertadas por la Revolución Rusa de 1917, creían que el Bolchevismo había llegado a su madurez, como lo probaba su nueva Constitución de 1937, e iba a llevar a la URSS “hacia el seno de la gran familia democrática internacional”. Se ha hablado demasiado de locura y de irracionalidad suicida a propósito de la Gran Purga de 1937-1938. Como dijo Peter Wiles en 1963, “uno puede admitir que los comunistas sean unos asesinos, pero no unos tontos”.

"The Chekist" el videojuego

La represión de los comunistas soviéticos contra su misma gente tiene una lógica profunda que rebasa cualquier explicación hipócrita o sutil, como las dadas por Stalin o Mólotov, y hoy resucitadas por algunos historiadores de la URSS: “En caso de conflicto, el frente y la retaguardia de nuestro Ejército serán, gracias a su homogeneidad y cohesión, más fuertes que en ningún otro país”, decía Stalin. Cuarenta años después, Mólotov machaca, y el chekista Sudoplatov también, que “sin el terror, en lugar de un solo Vlasov ¿cuántos habrían dado el salto?”… Que “se buscaba la unidad moral y política de la sociedad”, pensando en una guerra inevitable, para no encontrarse, como el zarismo en 1916, con la rebelión de las nacionalidades no rusas, de la oposición política interna, del “nihilismo de los intelectuales” y de “los fluctuantes estados de ánimo” dentro de las fuerzas armadas. La lógica profunda de la Gran Purga es la de la Revolución Permanente, en perfecta continuidad con Lenin y el leninismo. A finales de los años 1930 la propaganda martilleaba que “Stalin es el Lenin de hoy”, y era cierto. Lo que hizo Stalin no fue una “contrarrevolución”, por mucho que quieran “socialistas heterodoxos” como Ken Loach. La propia Dolores Ibárruri “Pasionaria”, heroína del pueblo español oprimido, suscribiría la tesis sobre la continuidad Lenin-Stalin: “Sí, el estalinismo tuvo raíces de una profundidad increíble en las masas comunistas. Sigo afirmando que la única realización perfecta, absolutamente pura del marxismo, del comunismo, ha sido el estalinismo, en especial el de los años 1937 a 1941, con su magnífico terror.” ¿Qué viene a significar eso? Que los Juicios Espectáculo, con toda su teatralidad, fueron como una vitrina de la represión de toda la ciudadanía soviética, de todas las Repúblicas Autónomas, hasta de la República Española, de todas las iglesias, hasta del hombre común y corriente. El “Proceso Público” fue reservado a la élite, la misma que había castigado al pueblo “desleal” hasta el día anterior. Así como el hacha era un privilegio para el noble, cuando el plebeyo era ajusticiado en la horca o el garrote vil, la élite tuvo sus “Procesos”. El mensaje era claro: el poder no se comparte. La Purga surgió después de la liquidación del “adversario histórico” (Trotsky, Zinóviev, Bukharin); la liquidación sin proceso público, antes de cualquier acción del enemigo potencial (los generales). No fue una necesidad histórica, sino el punto final de un proceso de limpieza, puesta a punto y lubricación; las minorías derrotadas son liquidadas, lo cual resulta más sencillo que la reintegración en el régimen de una ex-oposición arrepentida. Los revolucionarios son terribles simplificadores. La Purga tuvo una función pedagógica: dar al mundo el espectáculo de los grandes humilladores ahora humillados; por eso era necesario obligarlos a confesar en público. Resultaba claro que esos grandes comunistas no eran héroes ni mártires. Los Procesos Públicos a los notables iban acompañados por gigantescas movilizaciones de masas: el 30 de enero de 1937, 200.000 moscovitas y rusos venidos de toda la Federación, en la Plaza Roja, a -20º C, pidieron la muerte para “los perros rabiosos”. La sangre de las víctimas sacrificadas establecía la unanimidad en la adoración del Vozhd Stalin, el zar temible, el Padre de los Pueblos. Como dijeron F. Beck y W. Godin, la Purga y el Terror generaron un formidable mecanismo de “profilaxis social”, un método de socialización política masiva y acelerada.

Escudo del NKVD de 1938

Después de Stalin, la “profilaxis social” desembocó en el “procesado psiquiátrico” de los disconformes; en China, Mao Zhe Dong retomó con su estilo característico la solución estalinista bajo la forma de su Revolución Cultural. Con los procesos, el “mago” Stalin llevó a los soviéticos a un universo paralelo de ciencia ficción, el mismo que Zamiatin había profetizado en su Nosotros de 1922. Iván el Terrible, caro a las aficiones historiográficas de Stalin, no buscaba en los peores momentos de su ocaso más que la verdad. Por más que se haya engañado con las confesiones arrancadas mediante tortura, quería saber. Stalin, por otra parte, no ignoraba que sus acusados eran inocentes, y los obligó a representar un papel que él había escrito pensando en cada uno de ellos. En la misma época él mismo reescribía la Historia de la Revolución Rusa y la del PCUS. Así llevó a cabo una mortífera “revolución desde arriba”. Había entendido el valor del “Terror”, ya no como una medida circunstancial para vencer en la Guerra Civil en 1918, o para imponer la Colectivización en 1929, sino como una forma de gobierno permanente. El Terror se suavizó durante la segunda guerra mundial, pero tan pronto comenzó a perfilarse la victoria en 1944, resurgió contra los “pueblos castigados” (Tártaros, Calmucos etc.), y en 1945 contra los prisioneros de guerra rusos liberados en Alemania, y contra los integrantes de los llamados Fremde Heere Ost, antiguos soldados soviéticos pasados de bando para sobrevivir a la concentración nazi, principalmente los del Ejército Ruso de Liberación del general Andrei Vlasov, y así hasta 1953, cuando se orquestó el llamado “Proceso de las Batas Blancas”, sin contar con la terrible serie de los Procesos Públicos de 1949-1952 en la que se liquidó a los comunistas históricos de Praga, Varsovia, Budapest y Bucarest.

Neftali Fraenkel (m. 1938)

Stalin llevó a su conclusión la evolución profetizada por ciertos Mencheviques, y la URSS pasó de ser dirigida por un solo Partido a ser dirigida por un solo hombre, pero eso mismo lo había justificado ya Lenin. Así resulta inútil alegar, como tantos historiadores e intelectuales demócratas modernos han hecho, que Stalin era un loco paranoico: Stalin persiguió con cuerda tenacidad unos objetivos claros, lo que le permitió, en mayor grado que a Hitler, practicar el oportunismo político y estratégico, tan necesario en la Europa de comienzos de la segunda guerra mundial. Stalin no estaba loco ni era paranoico: perseguía sus metas con plena racionalidad, ferozmente, con una lógica consistente. Que tuviera un perfil paranoide, viéndose como un genio acosado por una multitud de “enanos malvados, celosos e intrigantes”, no cambia en nada el resultado de sus políticas internas. Supo excitar entre sus subordinados rivalidades acerbas, rencores y odios, como sólo supo hacerlo Hitler con sus adláteres. Así llegó a ser el auténtico “Vozhd”, el árbitro único y supremo del universo socialista proletario. Desde muy temprano había entendido la importancia de la doctrina de Lenin, que le dio el ejemplo de la “limpieza constante” en el Partido Bolchevique de los “fraccionistas”, “desviacionistas” y “facciosos”. Ese proceso, sin consecuencias mortales hasta 1936, afectaba en cada nueva crisis a un colectivo que en la crisis anterior había votado por la expulsión de los que “dudaban de la corrección de la línea general” de la cúpula del Partido. Así no podían luego quejarse cuando les llegaba su turno, y eran expulsados (y liquidados) por una nueva mayoría, más fiel al líder que la que habían formado ellos. En 1925, en el XIV Congreso del PCUS, Stalin, en conflicto abierto con Kámenev y Zinóviev, recordó que ellos mismos habían “pedido sangre” durante los anteriores conflictos con Trotsky. Stalin advirtió entonces que “el método de la sangría es tan peligroso como contagioso”.

"The Chekist" la película

Cuando en el Pleno del Comité Central del PCUS de 1927 le reprocharon que hubiera detenido masivamente a todos los opositores, contestó: “¿Y el grupo de Miasnikoff y el de Rabóchaya Pravda? Pero si fueron arrestados con el apoyo expreso de Trotsky, Zinóviev y Kámenev…” Con toda la razón del mundo, citó al mismo Lenin —en una de sus cartas dirigidas a Kursky, Comisario del Pueblo de Justicia en 1922—, inventor del “Terror Rojo” inspirado en el “Gran Terror” robespierista, para explicar la llamada Yezhovschina: “Reforzar la represión contra los enemigos del poder soviético los agentes de la burguesía —en particular los mencheviques y los SR—; aplicar esa represión por el conducto de Tribunales Revolucionarios y Populares lo más pronto posible, y de la manera más racional desde el punto de vista revolucionario; establecer de manera obligatoria una serie de represiones ejemplares —en cuanto a rapidez y fuerza— explicando a las masas populares, por los Tribunales y la Prensa, su significación; actuar sobre los jueces y los Tribunales a través del Partido, en el sentido de una mejor de su actividad y del reforzamiento de la represión.” La receta la había dado Lenin; Stalin sólo había preparado el plato para un gran número de comensales. Claro que la responsabilidad personal es totalmente de Stalin. El “Terror” nunca fue un fenómeno espontáneo, ni tampoco se desbordó con “excesos incontrolables”. Los archivos rusos recientemente desclasificados muestran claros signos de la intervención personal de Stalin en la designación de las víctimas de la Gran Purga. Un día, examinando con Yezhov, en presencia de Mólotov, una lista de condenados a muerte, Stalin comentó: “¿Quién, dentro de diez o veinte años, recordará a estas nulidades? ¿Quién se acuerda hoy de los boyardos escamoteados por Iván el Terrible? Nadie. El pueblo debe saberlo: él escamotea a sus enemigos”. Muchos lo ayudaron a “escamotear”, para después, a la hora de la “desestalinización”, esconderse detrás del “Calígula del Kremlin”. El mariscal Georghi K. Zhúkov, en el Pleno del Comité Central del PCUS celebrado en 1957, reconvino a sus colegas presentes: “Cortaban cabezas con las mangas arremangadas y el hacha en la mano; los mandaban al matadero como si fueran ganado, siguiendo una lista: tantos bueyes, tantas vacas, tantas ovejas.” Y dirigiéndose a Kagánovich, le espetó: “Dime ¿por qué mandaste al otro mundo a trescientos ferroviarios?” El interpelado respondió con evasivas, por lo cual Zhúkov insistió: “Responde sin rodeos. Si fusilaste incluso a miembros del Comité Central… ¿Eran enemigos nuestros, acaso?” Luego, Khruschev preguntó a Kagánovich: “¿Quién fue el autor de la orden criminal que integró las Troikas?” [todos los que integraron las “Troikas” o tribunales de excepción sumarísimos, formados por tres comunistas, e instituidos entre 1918 y 1931 para reprimir sobre todo a civiles y campesinos renuentes a entregar su comida y sus medios de subsistencia, habían sido fusilados como “enemigos del pueblo”]. Kagánovich perdió finalmente la paciencia: “¿Acaso usted no firmó órdenes de fusilamiento cuando era jefe del PCUK en Ucrania?” Zhúkov saldó el debate: “Si el pueblo supiera que de los dedos de estas personas aún gotea sangre inocente, no las recibiría con aplausos, sino con piedras.” Alguna historiadora ha dicho que los Procesos y la Purga fueron “la ocasión para celebrar y estrechar la alianza entre el dictador y su pueblo, unidos contra los nuevos señores”. Ciertamente el “pueblo” (todos los que no pertenecían a las nuevas élites revolucionarias) pudo haber sentido un malévolo regocigo, “Schadenfreude”, al ver rodar las cabezas de los “boyardos” comunistas, de los intelectuales occidentalizados, de los Comisarios, de los artistas y de los judíos privilegiados por el poder. Tanto en el nacionalismo, oficialmente “reaparecido” en 1936, como en el antisemitismo, muchos rusos pensaban o sentían lo mismo que Stalin.

HISTORIAS PARALELAS: Los AVIONES ALEMANES destacados contra la NAVEGACIÓN ATLÁNTICA en 1940-1941. Durante todo el tiempo que duraron los ataques diurnos y nocturnos sobre Inglaterra en 1940, una sola unidad alemana, el KG 40/ I, había estado sosteniendo sola toda una campaña contra la navegación aliada en el Atlántico. Operando desde las pistas de Merignac en Burdeos, Sola en Stavanger, y Vearnes en Trondheim (Noruega), los cuatrimotores Focke Wulf Fw 200 Kondor, los más potentes de que disponía la Luftwaffe, habían patrullado arriba y abajo las aguas occidentales de las Islas Británicas, atacando a cualquier barco que se acercara a las mismas. El período comprendido entre agosto de 1940 y julio de 1941 fue el de las grandes oportunidades para los hombres del KG 40/ I, como relata uno de los pilotos de los Kondors, el capitán Bernhard Joppe: “Los convoyes, incluso los más grandes, solían navegar sin apenas cobertura aérea. En el Kondor sólo podíamos transportar unas pocas bombas, pero podíamos acercarnos a muy baja altura a los barcos cuando los atacábamos, y todos suponían blancos seguros.” Y en efecto, los pilotos alemanes atacaban a muy baja altura. Se acercaban a bombardear a niveles no superiores a los 30 m de altitud, recuperando altura sólo después de haber soltado su mortífera carga a quemarropa, a la altura de los extremos superiores de las antenas y mástiles de los barcos. Usando esta táctica, el KG 40/ I hundió 88 barcos, sumando un total de 390.000 Tm sólo durante los meses de enero, febrero y marzo de 1941. Esta cifra es altamente notable, si se considera que rara vez había más de 8 Kondors volando a la vez.

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