La Revolución


La Revolución Rusa empezó después de la abdicación del zar Nikolái II. Cada categoría social se fue a la suya, como en un gigantesco reparto de botín, de tal manera que Rusia se convirtió en un país ingobernable. Todos los generales habían pedido al zar su retiro, porque los políticos les habían asegurado que sólo la Duma (esto es, los propios políticos) era capaz de restaurar el orden necesario para proseguir la guerra. Cuando manifestó enseguida su incapacidad para hacerlo, cuando la Orden nº 1 del Soviet propagó el desorden en el ejército —esa Orden del 2 de marzo de 1917 autorizaba la desobediencia de los soldados a las órdenes de sus oficiales, y tuvo como resultado inmediato la masacre de casi toda la oficialidad de la Escuadra del Báltico—, los militares profesionales se sintieron engañados, pero era demasiado tarde: ya no había monarquía, no había ejército, y lo que quedaba de él se desbandaría al primer golpe que encajara en 1917. Los 150.000 soldados de la guarnición de Petrogrado se negaron a ir al frente, pretextando que hacían falta en la capital para defender la revolución. En el entusiasmo de los primeros días, los carteles de los manifestantes decían “Viva la Revolución” “Los campesinos, a los arados” “Los obreros, a las fábricas” “Los soldados, a las trincheras”. A las trincheras no fue nadie. El error crítico de Pável Miliukov, ministro de asuntos exteriores en el primer gobierno provisional, fue no percibir que el país estaba harto de la guerra hasta la náusea. Casi todos los políticos del momento cometieron el mismo error, menos Vladimir Ilich Ulianov “Lenin”, el bolchevique exiliado, que reclamó y exigió la paz desde el primer día. ¿Cómo un hombre tan clarividente como Miliukov, un antiguo crítico del paneslavismo, pudo haberse convertido en imperialista ruso, ciego frente a la debilidad de su país y de su ejército?

Todo había comenzado con el complot nacionalista conservador que veía en Grigori Rasputin a un agente doble de Alemania; tampoco los liberales querían la paz. La “Revolución” con mayúsculas significaba la posibilidad de ganar la guerra; los mismos marxistas tardarían bastante en entender el deseo masivo de paz de la gente. Así que con la Orden nº 1, el desorden de la retaguardia se generalizó y se apoderó de las tropas del frente. El soldado campesino ruso lo aguantaba todo; sabía pasar hambre y frío, obedecer hasta morir, pelear en serio, pero al desaparecer la disciplina y la imposición, no se podía esperar de él que siguiera en una lucha que siempre le había parecido absurda. Su aldea y su familia quedaban demasiado lejos del frente para que las sintiera amenazadas; ya no había zar, tampoco oficiales, según los agitadores que llegaban con las tropas reservistas. Cuando llegó el bulo de que tierra adentro, en Tver, Tula, Tambov y Yaroslav, los campesinos se estaban repartiendo las tierras de los nobles, fue demasiado para el soldado campesino en el frente. Se fue a su casa. Como los campesinos no se habían movido durante las semanas que habían seguido a las revueltas de febrero, los políticos (todos menos Lenin) cometieron el error de no tomarlos en cuenta. Las dificultades del abastecimiento urbano asustaron a los campesinos, despertaron entre ellos el temor a la hambruna: eso fue, con la desaparición de la autoridad del estado, el motor de las invasiones de haciendas; querían ponerse a sembrar todo lo que fuera sembrable. De manera significativa, los desórdenes sociales se calmaron súbitamente cuando llegó la época de la cosecha.

Los obreros pobres y los parados, que habían estado en la primera fila de las manifestaciones de febrero en Petrogrado, aún no conocían su propia importancia, y sus peticiones seguían siendo de carácter laboral. En cuanto a los empresarios, tenían miedo de la revolución populista; hasta entre los SR o Socialistas Revolucionarios, y los mencheviques, reinaba un planteamiento social conservador. Los bolcheviques de Lenin eran los únicos que no le tenían miedo, que deseaban la revolución “social”. Su fanatismo y la unidad monolítica de sus cuadros de mando explican la receptividad que encontró su propaganda. Cuando los hechos de febrero degeneraron en protestas crecientes, en una carrera por el botín, nadie pudo parar el “tsunami”; Lenin fue capaz de auparse a él y dirigirlo, prometiendo todo a todos, y diciendo a todo el mundo lo que quería oír: “Camaradas trabajadores, quitad las fábricas a quienes os explotan. Camaradas campesinos, tomad la tierra de vuestros enemigos, los terratenientes. Camaradas soldados, parad la guerra, marchaos a vuestras casas. ¡Robad lo que os ha sido robado! ¡Destruid sin piedad toda esta sociedad capitalista!”

Debido al carácter espontáneo de la Revolución de Febrero, lo que siguió estuvo marcado por una especie de flotación en el vacío, por los poderes paralelos del Gobierno Provisional y del Soviet de Petrogrado, lo que significó una doble indecisión para el partido del orden –no se le ocurrió proclamar la República hasta el 1 de septiembre de 1917– y para los socialistas. El primer Gobierno (del 3 de marzo al 5 de mayo), compuesto por liberales y un solo eserista (SR), Kerenski, en la cartera de justicia, tenía en su agenda la preparación de elecciones para convocar una Asamblea Constituyente. Los socialistas no tenían prisa, ni los bolcheviques tampoco, hasta que llegó Lenin en abril de 1917 a Petrogrado. Pensaban que era “el momento de la burguesía” y se contentaban con las reivindicaciones constitucionales de 1905. El Soviet de Petrogrado daba cabida a todos los socialistas, con una mayoría eserista y menchevique, representando al numeroso “popolo minuto”, las fuerzas de la calle, los obreros de las manifestaciones, los soldados abandonados, las mujeres hambrientas y los estudiantes idealistas que se habían echado a la calle en febrero. El Soviet, a diferencia del de 1905, no era ilegal. Uno de sus vicepresidentes, el joven y ambicioso abogado Alexandr Kerenski, era ministro de justicia en el primer Gobierno Provisional, prueba de que los socialistas dejaban que la “revolución burguesa” viviera su vida. Pero socialistas y liberales se odiaban profundamente y el Soviet, exento de responsabilidades, tenía poder efectivo. Lo manifestó con la Orden nº 1, que desmanteló el ejército ruso y disparó la creación de Soviets en todas las grandes ciudades de Rusia. Marzo y abril fueron una “orgía de democracia”, el caos total. Un analista comentaba: “Hasta ahora ha ocurrido no una revolución, sino sólo la eliminación de un monarca incapaz.”

Lenin llegó en abril de 1917 a la Estación Finlandia de Petrogrado en el famoso “vagón precintado” de los alemanes. En sus “tesis de abril” dijo que la caída repentina del zarismo había roto todos los esquemas revolucionarios; que había que luchar contra el gobierno revolucionario moderado para impedir su consolidación. Los partidos liberales KD y Octubrista fueron rápidamente eliminados. El primer ministro Pável Miliukov dimitió el 5 de mayo y el gobierno se disolvió. Lenin tuvo razón en sus análisis frente a todos sus colaboradores, que a su llegada habían abucheado sus propuestas tachándolas de exaltadas y temerarias. La propaganda bolchevique invitaba a los soldados rusos a dejar el frente para irse a casa, a los campesinos les aconsejaba repartirse las haciendas de nobles y terratenientes; a los obreros, adueñarse de las fábricas. Rusia era aún un gran país agrario, con un proletariado poco numeroso, de manera que la verdadera revolución social no se hizo contra el capitalismo o la burguesía, sino que fue una gigantesca revancha de los campesinos contra todo lo que amenazaba o cuestionaba su vida de pueblo rural tradicional. Esa ola no iba dirigida a hacer triunfar el comunismo, sino a destruir el estado y la sociedad rusa en su totalidad, para implantar el caos y sobre él, el triunfo revolucionario. Las masas de desocupados, hambrientos y sin dirección, hicieron sin saberlo esa labor titánica de destrucción social y política. En medio de ese caos, todos los líderes rusos dudaban y vacilaban, menos Lenin y sus seguidores, que predicaban a favor del caos imperante. Por eso su minúsculo partido de 20.000 afiliados creció hasta los 250.000. Los campesinos más aguerridos saquearon durante la época de deshielo en abril y luego volvieron a sus pueblos para encerrarse en su tradicional economía de autosubsistencia. El segundo gobierno provisional se mostró incapaz de restablecer las comunicaciones y los transportes, y en verano, aunque había reservas de alimentos suficientes, no pudieron obligar a los campesinos a sacarlas al mercado, ni transportarlas a las ciudades. El hambre urbana del invierno de 1916 volvió con fuerza renovada.

La debilidad del segundo gobierno provisional llegó a un punto crítico en los frentes bélicos. En la primavera de 1917, el ejército ruso se quedó sin alimentos por primera vez en más de un año; los elementos de la retaguardia llegaron a hacer efectiva la Orden nº 1 del Soviet de Petrogrado; por primera vez en toda la primera guerra mundial, las deserciones se convirtieron en un problema serio. Cuando el 30 de junio de 1917 el laureado general Alexéi Brusilov, dio comienzo a una nueva ofensiva en Galitzia Oriental, que prometía dar unos resultados comparables al menos a la del año anterior, el desastre se precipitó en las filas rusas. El fracaso fue demoledor: 120.000 muertos y ningún avance significativo. El 19 de julio los alemanes lanzaron una contraofensiva que barrió las posiciones rusas y el ejército sencillamente se desbandó al completo, se desintegró. Brusilov puso su cargo a disposición del gobierno, al constatar que no había medio alguno de obligar a las tropas a combatir. La derrota arrastró consigo al segundo gobierno provisional de la Revolución de Febrero y con él a los socialdemócratas moderados. El derrumbe del frente desató en la capital una oleada de disturbios populares. La desbandada descomunal del ejército –13.000.000 de soldados desesperados y desorientados, sin comida ni equipo, ni una sola razón lógica para seguir en sus puestos– fue decisiva. Ni el ejército ni la policía quisieron enfrentarse a los manifestantes y a los agitadores, ni mucho menos pelear contra los vándalos y los saqueadores. Muchos obreros urbanos, al ver que no habían conseguido cambiar nada al apoyar a los SR y al ala menchevique (pero mayoritaria) del POSR, buscaron el liderazgo bolchevique, que prometía pan y el fin inmediato de la guerra, sin condiciones ni aplazamientos.

El 3 de julio, atemorizados ante la perspectiva de tener que ir al frente para participar en la ofensiva programada por Brusilov, algunos soldados decidieron imitar a los revolucionarios y organizaron una manifestación armada, exigiendo la caída del gobierno y el fin inmediato de la guerra. Al día siguiente se les unieron 10.000 marinos de la base naval de Kronstadt, carcomidos por más de un año de inactividad militar, hambre y abandono por sus jefes y oficiales. Lenin se lanzó a explotar el movimiento espontáneo y se puso a sostener la pancarta de cabeza de los manifestantes para que lo identificaran como su líder, pero el Soviet, inesperadamente, le dio la espalda, y salieron a la luz documentos firmados por Lenin en los que quedaba patente su relación con la inteligencia militar alemana y el dinero que había recibido de ella con el fin expreso de sembrar el caos en la retaguardia rusa. Los 500.000 rublos que había recibido Lenin ya se habían gastado en abril, empleados en imprimir carteles, pasquines y periódicos propagandísticos, unos 320.000 ejemplares, que fueron ávidamente leídos en todo el país. Esta campaña de prensa en contra de Lenin hizo mucho daño a los bolcheviques: Lenin desapareció el primero, huyendo al extranjero. Sus lugartenientes fueron detenidos y encarcelados como traidores a sueldo del enemigo alemán. La tormenta de Petrogrado se calmó súbitamente; Alexandr Kerenski pudo así formar un tercer gobierno provisional revolucionario, aprovechando que los alemanes estaban echando toda su carne en el asador de Verdún, en el Frente Occidental, y se habían puesto a la defensiva en el Frente Oriental. Pero el nerviosismo de sentirse en el penúltimo episodio de la agonía final de Rusia disparó nuevos acontecimientos. Fue entonces cuando se produjo el confuso escándalo Kornílov, que la historiografía posterior consideró como un intento de golpe de estado, lo cual es totalmente falso.

El general Lavrentii Kornílov, de firmes convicciones patrióticas y republicanas, se persuadió, ante el desmembramiento progresivo de las tropas combatientes, de que si nadie hacía nada, Rusia iba a sufrir una derrota militar tan aplastante que incluso amenazaría su propia existencia nacional, dado el carácter despiadado de los alemanes como potencia ocupante, que había podido ser visto en Rumanía en 1916. Líder popular de una generación joven en el generalato (tenía sólo 47 años), había sido promovido al mando supremo del frente de guerra, y tenía asegurada la lealtad de sus oficiales e incluso de los soldados puestos bajo su mando. Pero el socialista Kerenski estaba profundamente molesto por su popularidad, y comenzó a esparcir rumores que hacían de él un nuevo Napoleón ruso, deseoso de aplastar los “logros revolucionarios” e instaurar una dictadura militar a ultranza. A raíz de su plan de desprestigio, mal orquestado, Kerenski acabó dando pie a una ridícula comedia de malentendidos, en la cual su voluntad malintencionada fue decisiva, y que hizo nacer el mito del golpe de estado. Kornílov, informado y seguro de que Alemania lanzaría una ofensiva irrefrenable en apenas unas semanas, pensaba en cómo no perder la guerra, y no en cómo hacerse con el poder político. Los periódicos socialdemócratas llamaban a las unidades leales a él “La División Salvaje”, cuando no contaba más que con 1.350 jinetes regulares –medio regimiento de caballería–, a los que había logrado agregar, mediante promesas, a media brigada de cosacos, con 1.600 jinetes, que se consideraban unidos a Kornílov sólo por un acuerdo puntual. En agosto, las previsiones de Kornílov se vieron realizadas: Riga, que había resistido varias veces los ataques alemanes, capituló. El camino a Petrogrado, la capital rusa, estaba abierto a los alemanes, y la Finlandia independentista no la defendería, con lo que se aceleraría aún más la derrota definitiva de Rusia.

K. a la derecha, en primer plano

Cuando Kerenski desactivó las manifestaciones de soldados que no querían ir a “morir” al frente en junio –con Lenin subiéndose a las tribunas callejeras como improvisado líder entre el 3 y el 5 de julio, y luego “desapareciendo” oportunamente al publicarse sus acuerdos secretos con los alemanes– el presidente socialista del gobierno provisional puso en marcha un plan “subsidiario” con la intención de redondear su victoria política. Llamó a Kornílov por teletipo y le informó de que había estallado un nuevo levantamiento bolchevique exigiendo el final de la guerra a cualquier precio. Todo era una mentira, pero en el caótico ambiente de aquel verano, sonaba muy verosímil. Kerenski pidió a Kornílov tropas de caballería –las que pudieran llegar más rápidamente a la capital– para evitar la caída “inminente” de su gobierno. El 26 de agosto, Kornílov y Kerenski hablaron nuevamente por teletipo; las cintas de los mensajes que cruzaron fueron conservadas y archivadas, y hoy pueden ser consultadas. Kornílov exigió que se convocase un nuevo “gobierno de salvación nacional” con Kerenski a la cabeza. Éste quiso interpretar que Kornílov le estaba exigiendo la jefatura de ese gobierno, declarándose en estado de rebelión militar. Ni corto ni perezoso, decretó a las 07:00 horas del 27 de agosto la destitución de Kornílov como generalísimo, acusándolo de intentar un golpe de estado. Al recibir la notificación por telegrama, el Estado Mayor ruso pensó que se trataba de una intoxicación informativa, una trampa, y en base a las informaciones que manejaba, concluyó que Kerenski había sido hecho prisionero y que los bolcheviques habían tomado el control en Petrogrado.

"El revolucionario insatisfecho", de KrimovEl Estado Mayor avisó a Kornílov dando por ciertas sus suposiciones, quien apremió al contingente que había enviado hacia la capital (el cuerpo de caballería nº 3) para que acelerase la marcha. En aquel momento el malentendido creado por Kerenski podía desmontarse, pero éste, deseoso de representar su papel de “Salvador de la Revolución” se negó a responder las preguntas que Kornílov le pasaba por teletipo, y mandó un comunicado oficial a la prensa acusando al recién destituido de alta traición. Enfurecido por ese agravio inopinado, Kornílov telegrafió a todos los generales del frente afirmando que o Kerenski mentía o había sido suplantado por los bolcheviques. Kerenski obtuvo con esa circular la prueba que necesitaba –astuto jurista– para llevar a Kornílov ante un consejo de guerra por rebelión militar. Contra lo que dice la leyenda creída a pies juntillas por los historiadores, fue Kerenski quien pidió a Kornílov que enviase a Petrogrado al 3º cuerpo de caballería; contra la misma leyenda, no fueron ni “el pueblo” ni los bolcheviques los que detuvieron a la “División Salvaje” –medio regimiento más media brigada, que corrían a restaurar el orden democrático–. El 3º cuerpo simplemente recibió la orden de detenerse a medio camino, y la obedeció –no hubo ni resistencia heroica de ferroviarios, ni trenes blindados, ni siquiera los automóviles artillados tan del gusto de las películas soviéticas (el 3º cuerpo viajaba a caballo, y a un ritmo tal que hizo morir de agotamiento a algunos de sus animales)–. La orden llegó de un compungido Estado Mayor, que había descubierto tardíamente que en Petrogrado no estaba pasando sencillamente nada, y que había sido engañado de manera incomprensible por el presidente Kerenski.

El general Krymov viajó a Petrogrado para verificar las noticias, comunicó al 3º cuerpo que la capital estaba tranquila y el gobierno no corría ningún peligro, y ordenó en consecuencia que se detuviera. Seguidamente pidió entrevistarse con Kerenski. No se sabe qué pasó durante la entrevista; sólo que Krymov se suicidó con su pistola poco después. Kerenski ofreció el puesto vacante de Kornílov a varios generales, pero ninguno quiso aceptarlo; así que, sin ningún remordimiento, restituyó al “rebelde traidor” Kornílov como generalísimo. La realidad de estos hechos fue ratificada por una Comisión Investigadora, creada para esclarecer el asunto, por orden del Consejo de los Comisarios del Pueblo presidido por Lenin, ya en el poder, en junio de 1918. Pero la propaganda soviética recibió instrucciones de mantener vivo el mito del golpe de estado, y así lo hizo en la letra impresa y en el celuloide, adornándolo con inexistentes gestos heroicos completamente fabulados. Aunque la “provocación” de Kerenski no consiguió más que dañar la imagen de Kornílov, y ensuciar la suya propia y la de su gobierno, sí consiguió “hacerle la cama” a los bolcheviques. Como parte de su plan, Kerenski afirmó que “la única amenaza” estaba “a su derecha” (el conservador Kornílov), y en nombre de “la unión de todos los revolucionarios” –bajo su propio liderazgo personal– liberó a los bolcheviques encarcelados en julio, y distribuyó 40.000 fusiles entre la población civil, que cayeron asimismo en manos de esos bolcheviques: fueron dos decisiones aparentemente intrascendentes que acabarían costándole el poder.

LA REVOLUCIÓN VISTA POR LOS RUSOS, EL “PUEBLO LIBERADO”

“Los que vivieron en Rusia durante esos años terribles, –1917 y 1918– durante los cuales el país perdió su alma y fue poseído por un nuevo y extraño espíritu, saben que en el aire había un no sé qué de entusiasmo trágico, que aceleraba el latido de los corazones y daba a la vida un sabor nuevo. Un edificio inmenso se había derrumbado; paseábamos entre sus ruinas, admirando a la vez su magnificencia y la fuerza del devastador golpe que lo había reducido a escombros en menos de un invierno. La autoridad y el orden estaban locos o de vacaciones; no nos alimentaban, a veces atentaban directamente contra nuestras vidas, pero también nos obligaba a ganar nuestro pan, a levantarnos a primera hora de la mañana, a hacer esto y aquello. El instinto sutilmente anárquico del pueblo ruso, que había encumbrado en su siglo a Pugachev y Stenka Razin, triunfó en el breve intermedio de la Revolución. Todo lo que esa misma Revolución podía engendrar como inspiración y poesía lo agotaron enseguida los revolucionarios a lo largo de aquellos dos años extraños.” Así lo expresó Vladimir Waidle en La Russie absente et présente. Paris, 1949, pp. 173-174. Una pasión triunfó: la de la igualdad. Olvidadas las jerarquías, los grados y los títulos, ya nadie se prosternaba frente a sus excelentísimas, grandísimas y esplendentes Altezas. Todos eran iguales. Los nuevos amos de Rusia se saludaban “¡Camarada!”. Sus Comisarios no ganaban más que un buen obrero; las mujeres comenzaban tímidamente a ser vistas como iguales a los hombres. Las religiones, también; aunque les pasó lo mismo que a las nacionalidades: aquella igualdad duró sólo un breve tiempo, nada más. La Iglesia ortodoxa rusa se encontró de repente liberada, separada del estado que la tutelaba estrechamente. Pudo elegir por primera vez en varios siglos a un patriarca, y preparar un concilio, que se quedó en fase de preparación. El estado abandonó el calendario juliano, de tal manera que el 1 de febrero de 1918, la gente se despertó y era 14 de febrero. El puente fronterizo occidental dejó de ser el más largo del mundo; antes se necesitaban trece días para atravesarlo de este a oeste. El alfabeto perdió sus letras inútiles: la ortografía simplificada facilitaría la tarea de los maestros y de los alumnos…

LA TOMA DEL PODER POR LOS BOLCHEVIQUES

Desde siempre, Lenin había dicho que la revolución implicaba el poder ilimitado para el partido bolchevique. Por eso, después del golpe de estado del 25 de octubre, la vieja exigencia de una Asamblea Constituyente dejó de interesarle. Las elecciones realizadas a partir del 12 de noviembre de 1917, fueron acompañadas por dos decretos que cerraban el paso a la democracia: uno del 27 de octubre, contra la libertad de prensa; y otro del 28 de noviembre, que ponía fuera de la ley al partido liberal KD. Las manifestaciones a favor de la asamblea provocaron el arresto de líderes del SR y de los Mencheviques. El 7 de diciembre de 1917 se fundó la Comisión Extraordinaria contra la Contrarrevolución y el Sabotaje (Cheká), destinada a tener un largo futuro de terror político bajo diversas denominaciones. Las elecciones del 12 de noviembre de 1917 fueron las primeras elecciones generales, directas, libres y secretas de la historia de Rusia. Las siguientes serían las de 1993. Los SR cosecharon el 55% de los votos, sobre todo en el campo; los bolcheviques el 25%, un voto concentrado en los grandes centros urbanos (los obreros y los soldados de retaguardia), lo que significaba una cierta ventaja estratégica; el partido KD no llegó al 2% del total, pero obtuvo un 34% en Moscú y un 26% en Petrogrado; los Mencheviques (POSR Moderado) tampoco pasaron del 2%, mientras que las diversas formaciones nacionalistas sumaron el 7,5% –con un número de votos superior al 50% (mayoría absoluta) en Ucrania y en el Cáucaso–.

Participaron en las votaciones 36.000.000 de rusos y de otras nacionalidades. “Seremos minoritarios, incluso si contamos con la ayuda de los SR Izquierdistas”, informó el Comisario encargado de las elecciones, Moshe Uritski, al Comité Central bolchevique. Contra todos los obstáculos levantados por los bolcheviques, la asamblea logró reunirse el 5 de enero de 1918. Antes que terminara la noche del 5 al 6 de enero, el comandante de un destacamento de marinos que había tomado el control de la sala de sesiones inopinadamente, anunció que la Asamblea quedaba disuelta “por orden del Comisario del Pueblo; además, la guardia está cansada.” La indignación de los numerosos partidarios de la Asamblea Constituyente no sirvió de nada contra la fuerza bruta de los marineros bolcheviques. En aquel entonces, Gorki fue el crítico más acre de los bolcheviques. Desde abril de 1917, los había criticado muchas veces en su periódico Novaya Zhizn. Así, el 23 de abril de 1917 había escrito: “El crimen y la violencia son los argumentos del despotismo […] No encuentro palabras que sean lo bastante duras para criticar a los que pretenden probar algo con balas, bayonetas o bofetadas en la cara.” Había calificado la “Jornadas de Julio” orquestadas por Lenin y los suyos como “escenas asquerosas de locura, estupidez y miedo. Detesto a los que se aúpan instigando los instintos más sombríos de las masas” (publicado el 14 de julio de 1917). Los días 17 y 18 de octubre siguientes denunció las intenciones de un golpe de estado bolchevique que todo el mundo sabía que se iba a producir de un momento a otro –y que quizá nadie intentó evitar por puro cansancio de tanto caos revolucionario habido y sufrido desde el mes de febrero anterior–: “Asesinos profesionales empezarán a manejar la historia de la Revolución rusa […] aventureros sin vergüenza y fanáticos enloquecidos.” (publicado el 18 de octubre de 1917). El 7 de noviembre siguiente escribió: Lenin, Trotski y sus compañeros ya se han emborrachado y adiccionado con el poder […] consideran posible y hasta normal cometer todo tipo de crímenes, como esas matanzas a las puertas de San Petersburgo, la destrucción de Moscú por vándalos y saqueadores, la prohibición de la libertad de expresión, los arrestos inesperados y arbitrarios, todas las abominaciones antes perpetradas por la policía zarista de Pleve y Stolypin.”

Maxim Gorki (1918)

Comentarista clarividente, Gorki terminó denunciando “la imposibilidad de realizar las promesas de Lenin, la profunda locura suya, su anarquismo nihilista al estilo de Nechaev y Bakunin.” Cuando los bolcheviques ya tenían en sus manos todo el poder el 10 de noviembre de 1917 dijo: “Imaginándose los napoleones del socialismo, los leninistas completan la destrucción de Rusia. El pueblo ruso, el pobre e ignorante pueblo, tendrá que pagar con ríos de sangre, con mares de sangre […] Lenin es un “líder” y un noble ruso. Como tal, se considera con derecho a realizar sobre el pueblo ruso un cruel experimento político condenado de antemano al fracaso […] un ensayo despiadado que destruirá lo mejor de las fuerzas de los trabajadores, y detendrá el lógico y normal desarrollo de Rusia y de su su Revolución por años, o por décadas.” El 19 de noviembre, Gorki volvió con sus proféticos avisos del desastre que se avecinaba con los bolcheviques en el poder: “Especialmente desconfío cuando un ruso recibe el poder, todo el poder, en sus manos. Esclavo ayer, se vuelve un déspota sin frenos tan pronto como alcanza la oportunidad de convertirse en el amo de su vecino. Los “reformadores de Smolny” no se preocupan por Rusia; la sacrificarán a sangre fría en aras de su sueño por una revolución mundial, o europea, o internacional, que nadie sabe siquiera si llegará a empezar algún día.” El 9 de enero de 1918 protestó contra la disolución a la bayoneta de la Asamblea Constituyente, la represión de las manifestaciones populares con disparos de los soldados, y denunció las mentiras que salían todos los días en la portada del Pravda (“Verdad”, el periódico oficial de los bolcheviques). Comparó la represión de los primeros meses de gobierno bolchevique con el “Domingo Sangriento” de 1905. “¿Con qué van a hacer estos bolcheviques la revolución social? ¿Con bayonetas y fusiles?” tronaba el 11 de enero.

Gorki acabaría doblegado por el poder soviético

El exterminio total de los que piensan de modo diferente a los bolcheviques es un viejo método, no una novedad; lo hemos tenido en la política interior rusa de todos los gobiernos desde los tiempos de Iván el Terrible.” […] “¿Por qué pues tendría Vladimir Lenin que renunciar a un método tan simple y expeditivo?” En marzo de 1918, la desesperación de Gorki no conoce límites; los bolcheviques han tenido ya tres meses para mostrar al mundo cuál va a ser su estilo de gobierno y su forma de resolver los acuciantes problemas que se les plantean: “Claro, es más sencillo matar que convencer; ese método tan sencillo parece ser muy bien comprendido y empleado por gentes educadas en el asesinato, y que se entrenan a la vista de todo el mundo para matar.” (28 de marzo de 1918). El 28 de febrero anterior, un profético Sigmund Freud escribió a una corresponsal y amiga suya de origen ruso: “El estado de su patria y el descrédito de las tendencias radicales me dan lástima. Creo que no se puede simpatizar con las revoluciones antes de ver en qué acaban. Tendrían que ser breves, y ninguna lo es, mucho menos la presente. La bestia humana necesita, sin remedio, ser domada en algún momento. En una palabra, uno se vuelve reaccionario al ver el terror engendrado por el progresismo revolucionario; como le ocurrió al rebelde de Schiller al contemplar los horrores de la Revolución Francesa.” […] “Creo que pueden matar a un millón de “ciudadanos libres” en este país. Más incluso. ¿Por qué no habrían de hacerlo?” […] “Entiendan: lo que se está haciendo no es una revolución social, sino la destrucción por mucho tiempo de un país y una tierra que hubiera hecho posible esa misma revolución.” […]

HISTORIAS PARALELAS: La BATALLA de VERDÚN (febrero-marzo de 1917). El mando francés observa que la cadencia de tiro del bombardeo artillero alemán se ralentiza, disminuye. Aquel regalo es tan bien recibido que los primeros mensajes cruzados el 25 de febrero atestiguan un gran optimismo. El general Castelnau telegrafía al Generalísimo Joseph Joffre ese mismo día: “Aunque la situación no está todavía lo suficientemente clara como para que Pétain y yo podamos formular una apreciación general, creo sin embargo, que si podemos ganar los dos o tres días que deben permitirle al jefe del II Ejército poner las cosas en orden, y hacer sentir su acción, habrá desaparecido definitivamente todo peligro de que Verdún pueda perderse.” Joffre envía el día 27 el siguiente mensaje al general Pétain: “Quiero expresarle mi satisfacción por la rapidez con que ha conseguido organizar el mando. En las condiciones en que se encuentra la batalla, usted comprende tan bien como yo, que la mejor manera de contener el esfuerzo incesante del enemigo es atacando nosotros también. Es preciso recuperar el terreno que nos han conquistado. Las municiones no le faltarán; las posiciones que flanquean la orilla izquierda le permiten aplastar continuamente con sus fuegos al adversario.” “Le permiten aplastar continuamente” era una frase bien bonita, pero poco realista.

Con bastante discreción, Pétain da a entender que no la ha leído sin sorprenderse. A estas alturas, su última afirmación es tan evidente que expresa más bien un deseo que una posibilidad, mucho menos una realidad. El pueblo de Douaumont caerá el 5 de marzo de 1917, los alemanes avanzarán todavía más, aún tendremos varias veces la impresión de asistir a una victoria alemana. La situación francesa en el frente de Verdún será también calificada, varias veces aún, de muy inquietante y hasta de dramática. Pero la arremetida inicial de los alemanes ha sido contenida. A continuación, la próxima crisis para los defensores se producirá tres días más tarde, el 6 de marzo de 1917. Los alemanes atacarán simultáneamente en ambas orillas del río. Un balance provisional sobre la primera fase de la batalla, a la altura del 3 de marzo, arroja la siguiente situación: en el frente del ataque alemán se ha avanzado entre 5 y 8 km, según los puntos, y sus vanguardias se encuentran a menos de 10 km del centro de Verdún. Se conoce aproximadamente el número de cañones perdidos o abandonados por los franceses: algo más de 150. Las pérdidas en vidas humanas son menos fáciles de comprobar. Los Servicios Históricos oficiales han dado cifras distribuidas por grandes unidades (divisiones). Ahora bien, como no todas las divisiones desplegadas en el sector amplio del frente habían intervenido en los combates librados entre el 21 de febrero y el 5 de marzo, las cifras que han dado están desenfocadas, faltas de detalle. Se tienen sólo subtotales para la 57ª división de infantería francesa, concerniente a seis días de combates (del 21 al 26 de febrero), y la 72ª división, también de la infantería francesa: 681 muertos confirmados, 3.186 heridos, y 16.407 desaparecidos. La proporción de muertos y desaparecidos confirma la impresión general de caos en las líneas francesas desde el comienzo de la batalla, el día 21 de febrero. Entre los muertos se cuentan sólo los cadáveres que han podido ser identificados o simplemente sumados. Desaparecidos son los hombres que estaban en sus puestos al comenzar la batalla y no han vuelto a ser vistos en ningún sitio: la mayoría habían sido despedazados o enterrados por los bombardeos artilleros de los primeros días. Las cifras oficiosas que manejaba la cadena de mando francesa para el período transcurrido entre el 21 de febrero y el 5 marzo eran: 7.900 muertos (1.160 %, x 11,6), 28.000 heridos (879%, x 8,79), y 33.000 desaparecidos (201%, x 2). Sobre las pérdidas alemanas hasta el 5 de marzo no se conocen hasta aquí datos mínimamente orientativos; los historiadores hablan de bajas entre “importantes” y “muy importantes”, pero inferiores a las franceses en cualquier caso.


HISTORIAS PARALELAS: El ASUNTO “CLARITA STAUFFER” (1945-1947).
Cuando las autoridades angloamericanas del CAR solicitaron del gobierno español la entrega de la ciudadana hispano-alemana Clara Stauffer, en el ministerio español de asuntos exteriores se redactó un texto adjunto a una copia de la solicitud: “Es hija de la conocida familia de empresarios Gil Stauffer, entusiasta falangista y amiga personal de Pilar Primo de Rivera, habiendo contribuido con su trabajo personal muy eficazmente durante el movimiento de España, estando luego activamente ocupada en problemas sociales. Es grotesco que se persiga a una señorita de tan alta categoría. Ha sido, últimamente, varias veces objeto de muy feas noticias publicadas en la prensa y radio extranjeras, que tenían su origen en el hecho de que un periodista británico se introdujo entre los necesitados acogidos por ella, lanzando después con mala fe sus artículos sensacionalistas.” Clarita Stauffer continuó viviendo en España, sin perder nunca su influencia sobre una parte de la colonia alemana en el país. Su piso acabó siendo lugar de cita de compatriotas, muchos de los cuales compartían la misma ideología a la que Stauffer nunca renunció. Uno de sus amigos y asiduos visitantes fue Otto Skorzeny. Murió en Madrid en 1983, a los 80 años de edad.

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