El Frente Interior


LA ÉPOCA DE STALIN (1924 -1953): EL GRAN TERROR de 1935-1938.
 
En 1935 el gobierno soviético había disminuido la edad de imputabilidad criminal a los 12 años, en parte con el propósito de estar en condiciones de amenazar a sus prisioneros políticos con la detención de sus hijos menores de edad si se negaban a “admitir los crímenes que habían cometido”, es decir, si no querían firmar las confesiones preparadas por el NKVD que se les presentaban cuando caían en su poder. Ese mismo año un segundo decreto autorizaba la detención y encarcelamiento de los familiares de cualquiera que hubiera sido hecho prisionero por crímenes contra el estado. De hecho, se estableció como sistema la toma de rehenes. La igualdad con las normas nazis de Hitler en torno al Sippenhaft, es decir, el castigo a la familia del que fuera cogido actuando contra el estado, posteriores a las soviéticas, es total, y lo mismo cabe decir de las prácticas que tales normas venían a sancionar [1] como se explica a continuación. Durante los interrogatorios previos a los juicios abiertos contra los bolcheviques por los Órganos de Seguridad del Estado, muchos de ellos fueron amenazados con la detención, tortura, prisión y muerte de sus familiares. Muchos de ellos se someterían a la extorsión, harían su papel de culpables en el espectáculo judicial, y luego serían ejecutados. La promesa de inmunidad para sus familiares, una vez muerto el acusado, no sería respetada: Kámenev por ejemplo fue amenazado con el fusilamiento de su hijo: accedió a firmar su confesión cuando Stalin le aseguró personalmente que su familia no sufriría daño alguno, lo cual era mentira. Lo mismo hizo Zinóviev. Iván Smirnoff cedió durante su interrogatorio al ver que los guardias del NKVD iban a torturar a su hija. Stanislav Kosior soportó torturas crudelísimas, pero se derrumbó al tener que contemplar cómo su hija era introducida en la cámara de tortura y violada ante sus propios ojos.
 
EL ORIGEN DEL GRAN TERROR

En 1933 culmina la Hambruna, que causa 6.000.000 de muertos —tantos como el holocausto judío de los nazis—. Se desata una crisis política en Ucrania, donde el dirigente del PCUK, Mykola Skrypnyk, se suicida por la indignación y la impotencia que le provocan las medidas del gobierno. Millones de campesinos son deportados en masa a Siberia y los campos de concentración del Ártico. En enero de 1933, en el Comité Central del PCUS, Stalin pide la cabeza de Smirnov y de varios otros altos cargos comunistas que habían hablado en privado de unirse para lograr su destitución. No logra más que su exclusión, pero el Comité Central aprueba la resolución del Politburó de depurar el PCUS “de todos los elementos poco seguros o inestables, y de todos los intrusos”. En mayo comienza la depuración del partido, que alcanzará al 18% de todos sus miembros. En junio Stalin crea la plaza funcionarial de Procurador Federal (fiscal general de la RSFSR), y se la entrega a Akulov, para vigilar a la OGPU de Yagoda desde dentro. Akulov autoriza el regreso de cientos de deportados de Siberia y otorga indultos a grupos de condenados a muerte para aumentar el prestigio de Stalin.

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Notas:
[1] El nazismo fue condenado por sus crímenes en los Juicios de Núremberg de 1946-1947; los del sovietismo, contemporáneos y equiparables en escala e inhumanidad, nunca serán juzgados ni condenados. Y en los libros de Historia pugna por abrirse paso la verdad sobre ellos, negada por los historiadores socialdemócratas (o de más a su izquierda) que se sienten progresistas, admiradores más o menos confesos de la Unión Soviética, desde su misma fundación en 1922. Baste leer por encima el tratamiento heroico que se reserva a la Revolución Rusa y la época de Lenin en cualquier libro de Historia publicado en España y considerado “serio” en los últimos cien años, sí, cien años. Los historiadores de hoy, los que ostentan las cátedras universitarias, son un ejemplo vivo de cómo la ideología política ha influenciado y desvirtuado la historiografía de Occidente en el último siglo. Revertir tal interferencia falseadora y acrítica parece hoy, a la altura del siglo XXI, punto menos que imposible. No se pretende aquí decir que el nazismo fue bueno; sólo que el comunismo, soviético y no soviético, fue tan malo como el nazismo. Ambos fueron totalitarismos dictatoriales basados en una ética terrorista, pero el comunismo revolucionario está en los altares y el martirologio de la democracia española, de inspiración progresista, y eso debe ser dicho en alguna parte por elemental higiene democrática.
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LAS NACIONALIDADES DEL ANTIGUO IMPERIO RUSO
 
La firma de Iósiv V. Djugaschwilli “Stalin”, Comisario del Pueblo para las Nacionalidades, fue estampada junto a la de Lenin en la famosa “Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia”, del 2 de noviembre de 1917, sancionando una “unión voluntaria y honesta” en el marco de una “confianza completa y recíproca”. La doctrina de la Declaración era confusa y contradictoria. En 1913, en una carta al político georgiano S. C. Shaumian, Lenin había escrito: “Estamos a favor del centralismo democrático, sin condiciones. Estamos contra la federación acéfala de las nacionalidades […] estamos contra la separación, pero a favor del derecho a la separación.” En 1917, en El Estado y la Revolución, admitió la necesidad de que existiera la federación, pero como algo circunstancial, como una transición hacia la República unificada e indivisible, única y centralista; o sea, que la separación para Lenin y los suyos era un derecho, pero la federación era un deber transitorio. En 1918 afirmó que “los intereses del socialismo son mil veces superiores al derecho de las naciones a disponer de sí mismas.” Stalin se aferró siempre a ese principio y nunca dijo nada distinto. Después de haber alentado las secesiones y el federalismo, los bolcheviques trataron de imponerse militarmente y a la primera, tanto a los pueblos que no querían someterse a su revolución, como a sus élites con vocación independentista o nacionalista. Con Finlandia y Polonia, y con Estonia, Letonia y Lituania, fracasaron –aunque lo intentaron–. En Ucrania, Bielorrusia, el Cáucaso y Asia Central triunfaron y se impusieron a sangre y fuego. Rosa Luxemburg criticó esa contradicción entre la teoría y la práctica, como criticó la violación de las demás libertades perpetrada por los bolcheviques. Ni Lenin, ni Trotski, ni Stalin se tomaron la molestia de refutar las denuncias de Luxemburg.
En noviembre y diciembre de 1917, Polonia, Finlandia, Lituania y Letonia proclamaron su independencia. Ucrania y Estonia las siguieron en enero y febrero de 1918, y Armenia, Azerbaiyán y Georgia, en abril. Los pueblos de Asia Central también seguían el mismo camino. La historia de la disgregación del Imperio Ruso fue compleja y diversa. Cada una de las regiones que al final de la crisis revolucionaria logró cortar sus antiguos lazos con Rusia, siguió su propia historia, a salvo de los horrores revolucionarios. Tan pronto como comenzó la Primera Guerra Mundial en 1914, el gobierno zarista entendió la imposibilidad de conservar en Polonia el statu quo de 1863. Prometió a los polacos la autonomía y la unificación con sus hermanos de las provincias imperiales de Austria-Hungría y Alemania. En 1915, la derrota sufrida por los rusos canceló una posible evolución en este sentido. En 1917, el Gobierno Provisional reconoció la independencia de Polonia, pero sin renunciar al control soberano (militar y diplomático) por parte de Rusia. Pero tras la Revolución de Octubre, los dirigentes nacionalistas polacos desistieron de buscar un acuerdo sólo con Rusia e intentaron, con el apoyo de Alemania primero, y con el de los Aliados después, una solución basada en un consenso internacional. La continuidad de ésta se habría de dirimir entre 1919 y 1920 en los campos de batalla frente a los incipientes ejércitos soviéticos.
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EL BÁLTICO: FINLANDIA
Finlandia tenía un estatuto diferente. El zar era gran duque de este país, que tenía una Constitución. Tan pronto como los bolcheviques dieron su golpe de estado, los finlandeses proclamaron su independencia, reconocida tanto por los rusos como por el resto del mundo. Casi enseguida empezó una guerra civil entre prosoviéticos y patriotas –“burgueses” según los bolcheviques–, encabezados éstos por el general Mannerheim. En el sur del país se organizó una efímera república socialista de los trabajadores, apoyada por los bolcheviques. Mannerheim, con la ayuda de tropas alemanas –la Primera Guerra Mundial aún no había terminado– aplastó el movimiento prosoviético. El caso finlandés manifestó que el derecho a la autodeterminación estaba reservado, según los bolcheviques, sólo a los trabajadores, y que éstos “podían oponerse al separatismo burgués.”
 
 
EL CÁUCASO y ASIA CENTRAL

A pesar de que los bolcheviques no pudieron conservar la herencia territorial zarista en el Báltico y el suroeste, fueron capaces de recuperar el territorio perdido en el sudeste y en Asia Central. En el Cáucaso todas las fuerzas en conflicto, sociales, étnicas, locales e internacionales, empujaban a la región hacia el desastre. Armenia y Georgia habían tenido una evolución totalmente diferente del resto de Rusia durante la primera guerra mundial. El temor a la invasión del Ejército Otomano había mantenido a los georgianos y a los armenios firmes en el frente bélico. No hubo derrotismo ni insubordinación “revolucionaria” en el Ejército Ruso del Cáucaso. La influencia bolchevique no logró desarrollarse. Después del golpe de estado bolchevique de noviembre de 1917, los Mencheviques de Tiflis se apoderaron fácilmente del arsenal abandonado por el ejército imperial ruso en Georgia y organizaron una Guardia Popular. Hasta Octubre, los Mencheviques georgianos, muy bien representados en Petrogrado, habían sido partidarios de una República Rusa centralizada e indivisible, y hasta votaron en contra de la independencia finlandesa. Pero la Revolución de Octubre los hizo volverse separatistas, para salvar su democracia de la “dictadura proletaria”. Entraron en una efímera Federación del Transcáucaso con Armenia y Azerbaiyán. Pero el petróleo de Bakú no permitía la independencia ni la neutralidad. La cuestión nacional, envenenada en la región por hostilidades étnicas y religiosas, multiplicó los pretextos de las potencias fronterizas para llevar a cabo intervenciones militares. Los armenios, masacrados por los otomanos durante la primera guerra mundial, llamaron a los rusos bolcheviques; los azeríes, por temor a éstos, llamaron a los turcos; los georgianos, por miedo a bolcheviques y turcos, apelaron a los alemanes y después de la guerra, a los británicos.

Para colmo de males, armenios, azeríes y georgianos se disputaban la posesión de varios distritos, multiplicando con ellos los frentes de guerra locales y la destrucción. En sus fronteras, los rusos “blancos” y “rojos” seguían enzarzados en su Guerra Civil; en el interior, los odio étnicos y religiosos complicaban unas insurrecciones campesinas ferozmente reprimidas. Las misiones extranjeras, civiles y militares, echaban leña al fuego y se combatían mutuamente. En Bakú, los británicos de la Fuerza Expedicionaria del mayor general L. C. Dunsterville, fusilaban a los bolcheviques locales, entre los cuales estaba Schaumian. Los bolcheviques conquistaron Azerbaiyán en abril de 1920, Armenia en noviembre y Georgia en marzo de 1921, so pretexto de poner fin a una guerra entre Armenia y Georgia, en gran parte inventada para justificar la ocupación. Como dijo Zinóviev en septiembre de 1920: “No tomamos el indispensable petróleo de Azerbaiyán y el necesario algodón del Turkestán como los tomaban los antiguos explotadores, sino como “hermanos mayores” que sujetan la antorcha de la civilización.” La población musulmana esperaba del Gobierno Provisional, y después del Soviet Bolchevique, una amplia autonomía que, por su parte los numerosos colonos rusos establecidos en las provincias centroasiáticas del Imperio temían. En febrero de 1918, el poder soviético masacró un levantamiento popular en Kokand, en el actual Tadjikistán, y creó la República Socialista Soviética del Turkestán, integrada en la RSFSR Rusa. Reconoció brevemente a las “repúblicas aliadas” de Bujará y Khorasán. Tan pronto como fue derrotado el ejército blanco del Almirante Koltshak, el Ejército Rojo ocupó militarmente la región. Jiva y Bujará cayeron en 1920, como el Cáucaso, pero la resistencia, galvanizada por la dimensión islámica del conflicto, continuó hasta 1922.

LOS ZARES ROMANOV (1918)

En julio de 1918 se envió a Yekaterinburg un equipo especial de Comisarios de la Cheká (de menos de un año de existencia), escoltado por fusileros letones y austríacos, tropas de élite extranjeras a sueldo del Partido Bolchevique, con órdenes expresas de Lenin de exterminar al completo a la familia del zar Nikolái II. No hubo ninguna discusión al respecto en el Consejo de los Comisarios del Pueblo; simplemente, Lenin dio instrucciones a Dzerzhinski y al presidente de la República Yakov Sverdlov, de perpetrar el asesinato colectivo de forma inmediata para socavar la moral de las fuerzas antibolcheviques, denominadas “guardias blancos”. El zar Nikolái, la zarina Alexandra, sus hijas, menores de edad, y el heredero al trono, el niño zarévitch Alexéi, fueron brutalmente tiroteados en el sótano de la casa incautada a un antiguo comerciante de Yekaterinburg, con varias armas automáticas. A los que sobrevivieron al ametrallamiento se los remató a la bayoneta. Acto seguido fueron asesinados de forma análoga todos los sirvientes y asistentes que habían permanecido voluntariamente al lado del zar y su familia. Después, los cadáveres fueron enterrados en secreto en un lugar indeterminado de la campiña cercana a la población, probablemente en algún bosque, para evitar que el lugar de la “ejecución” se convirtiera en un “santuario” de la causa zarista. Yankel Yurovski, el hombre que dirigió el equipo de los ejecutores, fue escogido por Dzerzhinski por ser hombre de confianza e incondicional de Lenin y de la Cheká. Más tarde, su éxito en esta operación magnicida le valió su ascenso a uno de los puestos de mando más elevados de la Cheká. Del resto de ejecutores, la historiografía oficial soviética dijo que quedaron sin ningún tipo de recompensa extraordinaria. Yurovski ordenó a los que se habían presentado voluntarios para participar en la misión de ejecución de los zares que devolvieran todos aquellos objetos de valor de los “ajusticiados” que habían “recogido” en la casa donde estaban confinados y, muy a su pesar (porque el botín era “regio”) tuvieron que obedecer bajo amenaza de muerte.

LOS NACIONALISMOS “CAMPESINOS” (1919)

La muerte a manos de la Cheká fue el destino de varios centenares de oficiales y clases del antiguo ejército imperial ruso, de casi todos los agentes de la policía de orden público y judicial, y de los miembros de la “Okhrana”, la policía secreta de los zares creada por Alejandro III en el siglo XIX. En enero de 1919, en plena Guerra Civil Rusa, los bolcheviques dieron por fundada la República Socialista Soviética de Bielorrusia, y tres días más tarde dieron un golpe de estado y se hicieron con el poder en Letonia. Sólo en la capital Riga fueron ejecutadas 57 personas en los días siguientes al golpe de estado. En febrero de 1919 los bolcheviques se hicieron con el poder también en Estonia y desataron una brutal campaña de redadas y asesinatos contra los líderes políticos estonios que duró dos meses. Más expeditivos aún fueron cuando alcanzaron el control político de la región del Cáucaso, donde murieron a manos de los Chequistas más de 1.000 personas en sólo siete días. Pero la fuerza represiva de la Cheká estaba quedándose desbordada, especialmente ante las tareas que el desarrollo de la Guerra Civil Rusa iba planteando. El 11 de enero de 1919, el Consejo de los Comisarios del Pueblo, incapaz de hacer frente a la hambruna desatada en amplias y numerosas regiones de Rusia, incluidas las ciudades de Moscú y Petrogrado, promulgó un decreto conocido como “Prodrazverstka” o ley de confiscación del “excedente” de grano. Equipos de Chequistas fueron enviados a las zonas rurales con órdenes terminantes de volver cargados de grano. Los campesinos habían de entregar a estos agentes del gobierno “el trigo que no se necesitara en sus casas”. Los Chequistas no hacían distingos ni se paraban a establecer criterios puntillosos; se les dieron algunas recomendaciones antes de partir, aunque sin carácter vinculante. Quienes intentaban salvar a sus familias de la muerte por inanición, tratando simplemente de ocultar sus reservas de grano, tan magras como imprescindibles, eran fusilados sobre la marcha o llevados a los cada vez más atestados centros de detención de la Cheká, donde desaparecieron para siempre.

LA CONFISCACIÓN DE “TESOROS” (1920)

Lenin también dio con que su estado bolchevique tenía necesidades urgentes de valores financieros fuertes, divisas e instrumentos de cambio en los mercados financieros extranjeros. Rápidamente decretó la confiscación de todo tipo de objetos de alto valor económico, empezando por las familias más acomodadas antes de la Revolución. Los encargados de esta campaña de saqueo estatal organizado fueron los hombres de la Cheká. El gobierno quería hacerse con el oro y las joyas de los “antiguos lacayos del régimen zarista y explotadores de la clase obrera”. Con este pretexto, hubo atracos masivos de objetos preciosos, mobiliario costoso y obras de arte, que sin embargo no fueron empleados en la adquisición de fondos líquidos para el gobierno más que en contadas ocasiones. Las víctimas del “decreto de confiscación de bienes de lujo” fueron los nobles que aún no habían conseguido huir al extranjero, empresarios, comerciantes, gentes de la reducida clase media rusa, intelectuales y académicos, técnicos especialistas (ingenieros, arquitectos, químicos), médicos, y también antiguos funcionarios locales de bajo rango, como los administrativos postales o los veterinarios de las zonas rurales. Pero el decreto confiscatorio no dio los resultados esperados: lo recaudado fue mucho menos de lo previsto por el Consejo de los Comisarios del Pueblo. Y ello se debió en buena parte a que los propios Comisarios antepusieron sus intereses personales a los del estado: Anatoli Lunacharski, fanático laicista y Comisario del Pueblo de Educación y Cultura, encargó a los Chequistas la “requisición” de obras de arte en museos estatales y colecciones privadas. Casi todas las semanas llegaban a la villa que se había apropiado en Moscú camiones repletos de antigüedades, muebles de alto valor y cuadros. También decoró las casas de sus amistades con el producto de estas “acciones requisitorias”, y su joven y llamativa esposa lucía cada poco tiempo joyas y regalos de una sofisticación escandalosa, y de origen desconocido. Sin embargo, con un cierto aire de justicia poética, la mayoría de los Comisarios del Pueblo tuvieron que desprenderse de las riquezas saqueadas apenas unas décadas más tarde. Después de las Grandes Purgas de la década de 1930 en el Partido del estado, el mobiliario de los pisos y casas de los altos cargos y del Consejo de Comisarios “represaliados” se sacó a subasta a precios de saldo entre los oficiales del NKVD, o Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (Tropas del Ministerio del Interior).

EL “SEGUNDO ESCALÓN” EN LA GUERRA CIVIL RUSA (1921)

En los frentes de la Guerra Civil Rusa se pudo ver un grado de crueldad con la población civil y los soldados, armados y desarmados, inaudita hasta la fecha, sobre todo en el verano de 1919. Un oficial bolchevique llamado Bashkirov, antiguo jefe de escuadrón de un destacamento especial de la Cheká, admitió ante su nieto –pasados más de 50 años desde los hechos– que sus tropas habían violado y asesinado a todas las enfermeras de un hospital militar de los “blancos” que había caído en su poder. Y cuando las unidades del general blanco Anton Denikin reconquistaron las ciudades de Tsaritsyn, Kiev y Kursk, estuvo en condiciones de lanzar una ofensiva decisiva contra Moscú, teniendo a tiro a los líderes bolcheviques en su capital. Lenin, ante el peligro cierto que se cernía sobre sí y su estado, dio una orden secreta a las unidades locales de retaguardia, y las empeñadas en el frente bélico, de liquidar a todos los oficiales y soldados blancos que hubieran sido hechos prisioneros con anterioridad. La medida, de una utilidad política y militar más que dudosa, fue ejecutada con rapidez y total eficacia. Ésa era la actitud más extendida entre los padres de la revolución popular hacia sus prisioneros de guerra. Las primeras unidades de la Cheká que llegaban a un pueblo o ciudad tras ser conquistado por el Ejército Rojo (Krasnaya Armija) se centraban, como primera y fundamental misión, en el exterminio de todo funcionario, agente de policía y cualquier tipo de cargo público con cualesquiera responsabilidades. Seguidamente buscaban y exterminaban a todas las familias de soldados u oficiales de las fuerzas blancas, y a todo aquel cuyas propiedades pudieran ser valoradas en 10.000 rublos o más. Hubo miles de científicos e ingenieros, irremplazables de cara a la reconstrucción postbélica, que cayeron asesinados como “explotadores”, además del 50% del personal médico de toda Rusia y sus provincias imperiales, eliminado u obligado a exiliarse.

La gente caía asesinada en sus casas, en plena calle o en los sótanos de grandes edificios que habilitaba la Cheká cuando se establecía en una ciudad recién conquistada, sin tener en cuenta edad, estado mental o capacidades físicas. En Kiev, Odessa y Nikolaev se pasaba a la bayoneta hasta los bebés señalados como hijos de simples soldados de los ejércitos blancos y ucranianos nacionalistas, aunque hubiesen sido reclutados a la fuerza. Durante dos años aproximadamente, los Comisarios de la Cheká no sólo permitieron a los soldados y marineros bolcheviques delinquir impunemente, sobre todo cuando estaban borrachos, sino que veían con buenos ojos las vejaciones y atrocidades que éstos cometían con personas señaladas como desleales al régimen. De este modo extendían de manera consciente un ambiente de terror social muy conveniente a sus fines. Cuando tomaron los ejércitos blancos la ciudad ucraniana de Jarkov, después de la retirada de sus ocupantes bolcheviques en junio de 1919, descubrieron por la increíble cantidad de restos humanos amontonados que hallaron, que en la sede local de la Cheká habían sido metódicamente descuartizados todos los oficiales blancos retenidos en la ciudad junto con sus mujeres e hijas residentes. En Petrogrado, se calcula que los fusilamientos de prisioneros de guerra blancos realizados por la Cheká sin juicio previo supusieron la liquidación de unas 6.000 personas de toda edad y condición.

“ARTISTAS DE LA LIQUIDACIÓN” (1921)

Había incluso artistas de la liquidación en la Cheká que en otras circunstancias hubieran sido investigados como sociópatas o psicópatas peligrosos. Una unidad moscovita de la Cheká, denominada “Orlov“, era tristemente famosa por su afición a los fusilamientos de niños en plena calle. Otra que actuaba en Kiev estaba dirigida por otro “sádico romántico”, el comisario letón Laczis, protegido de Trotski que reclutaba sobre todo mujeres jóvenes detenidas por ejercer la prostitución, dirigidas por la famosa chequista Roza Shvartz. Esta ex-prostituta reclutada por Laczis llegó a ostentar la terrible marca de más de 200 prisioneros caídos por su propia mano en los locales de la Cheká local. Roza y sus subordinadas organizaban cada cierto tiempo torturas y ejecuciones públicas de soldados blancos prisioneros con toda su familia. Seis meses de ocupación bolchevique en Kiev fueron testigo de la tortura y muerte de más de 100.000 personas a manos de Shvartz y el resto de células operando bajo la dirección de sus superiores. Lo más irónico del caso es que, tras acabar la Guerra Civil, la famosa Chequista hizo una gira propagandística por toda la URSS, donde era conocida como “la Rosa Roja” y la gente pugnaba por fotografiarse junto a ella, que solía ir simbólicamente vestida con vestido blanco adornado con costosos encajes.

LA “NECESIDAD” DEL “TERROR ROJO” (1918-1922)

Pero había ejecutores todavía más “productivos”. Por ejemplo, Deitch y Vikhmann, de la Checa (= unidad local o cárcel política) de Odessa, quienes ordenaron a sus agentes que ataran a los prisioneros blancos a las calderas incandescentes de los barcos anclados en puerto hasta que murieran quemados, o que les rompieran todos los huesos. A los prisioneros tomados por la Checa de Voronezh, sin distinción de sexo ni edad, se les hizo morir en su mayor parte introduciéndolos en barriles de madera, rociándolos con clavos, y, cerrándolos en ellos sin posibilidad de fuga, arrojándolos por un precipicio próximo a la ciudad. En Nikolaev, un sofisticado Chequista llamado Bogbender se hizo famoso por su afición a matar “enemigos de clase” emparedándolos. En Alupka, los Comisarios locales fusilaron a todos los heridos reunidos en los hospitales de campaña que encontraron. El Chequista húngaro Bela Kun, el “internacionalista” favorito de Lenin que se alzó con el poder por breve tiempo en su país en 1919, ejecutó a no menos de 40.000 personas en Crimea, uno de los bastiones de los blancos, incluyendo a 12.000 prisioneros de guerra. En Piatigorsk la Checa local tomó como rehenes a varios miles de civiles para chantajear a los blancos, y una vez concluida su utilidad como valor de cambio, los masacraron a todos. ¿Quién podía creer entonces que Lenin y Trotski no estaban al tanto de lo que estaba ocurriendo por todas las Rusias en nombre de la supervivencia y el triunfo del comunismo obrero? Haber rechazado tales acciones habría supuesto para ellos, en la lógica brutal de aquellos días, una muestra de debilidad que no se podían permitir el lujo de darse.

LA REBELIÓN DE LOS MARINOS DE KRONSTADT (1921)

La natural y consciente falta de todo escrúpulo mostrada por Lenin, Trotski y sus seguidores se volvió a mostrar cuando la marinería de la mayor base naval rusa del Báltico, en Kronstadt, se levantó en armas contra el gobierno comunista en marzo de 1921. Los marineros estaban furiosos por el acaparamiento de los escasísimos alimentos que llegaban a las ciudades por parte del Partido Bolchevique, las draconianas normas laborales impuestas so pretexto de la guerra contra los blancos y la persecución taxativa e indiscriminada contra cualquier tipo de disidencia o alternativa política al comunismo. Exigieron el fin de la “dictadura del proletariado” comunista y mayor libertad política. Los mismísimos marineros que habían ayudado a los bolcheviques a tomar el poder en noviembre de 1917, a derrotar a las fuerzas del Gobierno Provisional e incluso habían protegido a Lenin en las horas más críticas de su golpe de estado, fueron primero calumniados insistentemente por una campaña de propaganda implacable, y después masacrados por un asalto masivo de las tropas bolcheviques.

La base de Kronstadt tenía almacenadas pocas municiones y apenas ninguna reserva de alimentos. En el recinto de la base, al principio del levantamiento, fueron detenidos unos 500 comunistas, con algunos Comisarios de la Cheká entre ellos, y se garantizó su vida y un trato respetuoso. Trotski organizó un asalto militar en toda regla contra la base sublevada, con un prolongado bombardeo de artillería seguido de varias oleadas de ataques de infantería, que finalmente quebraron la resistencia de los rebeldes. Tomada por completo la base, se dio orden de fusilar a 1.800 marinos de entre los que se habían rendido, sin hacer distinciones de ninguna clase. Pero menos del 10% de estos reos fue ejecutado por los Chequistas; casi todos cayeron a manos de unidades militares regulares bajo el mando superior de Trotski y el coronel (futuro mariscal) Tujachevski. Veinte años después, Trotski cayó en desgracia al llegar al poder su rival Stalin, y se le acusó de haber ordenado aquellas muertes; él descargó la culpa sobre Dzerzhinski (ya fallecido) y Tujachevski (encarcelado y luego fusilado). Pero en la época del Motín de Kronstadt los tribunales militares no recibían órdenes ni de la cadena de mando militar (Tujachevski) ni de la Presidencia de la Cheká (Dzerzhinski), sino del Comisariado del Pueblo para la Guerra o Ministerio de la Guerra (dirigido por Trotski).

LOS CHEQUISTAS Y LAS “TROIKAS”

La Cheká tenía una red de tribunales propia que llegaba a todos los rincones de la recién proclamada URSS: la formaban las llamadas “troikas” (equipos de tres hombres), que decidían con total arbitrariedad y sin ajustarse a ningún código legal. Los comunistas más moderados, conociendo los abusos en los castigos y en las medidas de fuerza que eran el rasgo distintivo de la Cheká, y conscientes de los innumerables casos de personas inocentes arrestadas y luego torturadas y ejecutadas, pidieron que la Cheká fuera sometida a las nuevas autoridades judiciales soviéticas recién constituidas. Pero Dzerzhinski se opuso taxativamente a subordinarse a un poder judicial al que consideraba lento y blando, y Lenin lo respaldó. En consecuencia, entre 1918 y 1921, la Cheká estuvo prácticamente exenta de cualquier forma de control externo: no hubo ni leyes que regularan sus actividades ni cuerpo legal que pudiera cuestionar la legitimidad de sus actuaciones. Por lo tanto, fue una verdadera agencia de terrorismo de estado al servicio del Partido Comunista liderado por Lenin y Trotski. Al principio, el personal de operaciones de la Cheká se componía de toda clase de individuos, la mayoría de ellos reclutados únicamente entre activistas antimonárquicos y anticapitalistas notorios. Ahora se sabe que algunos de ellos eran sádicos patológicos o desequilibrados mentales, muchos de ellos con un amplio historial de crímenes a sus espaldas anterior a la Revolución. Pero la mayoría de los Chequistas eran marineros de las unidades navales de la Flota del Báltico y del Mar Negro, soldados del ejército bolchevique, jóvenes estudiantes comunistas de origen rural y obreros ya mayores de algunas empresas industriales.

Los que habían sido delincuentes juveniles ya tenían cierta experiencia en tácticas de guerrilla urbana y en golpes de mano (necesarios para realizar robos de cierta entidad), y por tanto eran instrumentos ideales para las brigadas móviles de la Cheká. Muchos de los Chequistas más “radicales” eran adolescentes de 17 años, con muy mal genio y la costumbre de tirar de gatillo a la menor oportunidad. En la mayoría de los casos, luego figurarían en las nóminas de los servicios secretos soviéticos durante toda su vida. Estaba por ejemplo Boris Gudz, un “alegre pistolero” de sólo 14 años, cuya hazaña más comentada había sido la de presentarse en el domicilio del Jefe Superior de la Policía Imperial de Tula, el general Von Wolsky, al poco de iniciarse la Revolución en 1917 y arrestarlo él solito a punta de pistola. En la Cheká hizo una gran carrera; fue luego fichado por el Departamento de Contrainteligencia de la refundida OGPU (sucesora de la Cheká) y sirvió como espía en Japón durante unos años decisivos en la década de 1930. Los escalones más altos de la Cheká estaban ocupados principalmente por verdaderos partidarios del “Terror Rojo”. Su forma de pensar queda muy bien resumida en un famoso comunicado oficial emitido por el vicepresidente del organismo y lugarteniente de Dzerzhinski, Yakov Peters, publicado en respuesta a un atentado sufrido por Lenin en Moscú: “Recuerden los enemigos de la clase obrera que cualquier persona que sea detenida con un arma en la mano, sin el correspondiente permiso e identificación, será ejecutada en el acto, y cualquier persona que se atreva a hablar mal del gobierno soviético será detenida inmediatamente y enviada a un campo de concentración. Los miembros de la burguesía deben sentir el peso de la mano dura de la clase obrera. Todos los ladrones capitalistas, los saqueadores y los especuladores serán enviados a realizar trabajos públicos forzados; se les confiscarán sus propiedades, y las personas implicadas en conspiraciones contrarrevolucionarias serán aniquiladas y aplastadas por el pesado martillo del proletariado revolucionario”. 

 

EL “CELO REPRESIVO” EN DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN

En 1920, la Sección de Investigación de la Checa de Odessa estaba en manos de un abogado llamado Galperin, que enviaba a la muerte a la gente que caía en manos de sus hombres con la misma facilidad que su homólogo en Yalta, un pescador casi analfabeto. La mayoría de aquellos infortunados eran pequeños comerciantes o armadores de pesqueros. Las ejecuciones en masa se dieron repetidamente en muchas regiones. “Yo era una excelente nadadaora” —recordaba Evgenia Krichuk, una residente de Odessa en 1920–. “A veces llegaba nadando a los amarraderos más aislados y alejados del puerto. Una vez, llegué nadando a uno de los que estaban más lejos del muelle de la ciudad y lo que vi casi hizo que me desmayase. Debajo de mí, bajo la superficie del mar, había un bosque de figuras humanas desnudas. Sus manos se movían con el batir de las olas como si estuvieran saludando. Eran los cadáveres de los ejecutados por la Checa local, cuyos verdugos les ataban pesadas piezas de hierro a los pies, y luego los tiraban al mar desde la cubierta de uno de sus pequeños barcos patrulleros.” Hacia esas mismas fechas de 1920, los asesinos apasionados y algo desequilibrados de los primeros momentos fueron siendo progresivamente reemplazados por comunistas leales y comedidos, sometidos a una exigente disciplina, para que cumpliesen las órdenes a la perfección, sin espectáculos de crueldad innecesarios. En ellos se confió para “pacificar”, alternando castigos y clemencia, y haciendo un sabio uso del terror, a las poblaciones derrotadas en la Guerra Civil por el Ejército Rojo.

Pero durante dos años más, hasta 1922, siguió existiendo la “Comisión Extraordinaria”, y mientras existió, no hubo hombre ni familia en el país, excepto los realmente desposeídos de todo, que no tuviese algo que perder, aunque sólo fuese su tranquilidad. Casi todas las personas cultas del antiguo Imperio Ruso y sus dependencias estaban implicadas, de un modo u otro, en la vida pública o empresarial de antes de la Revolución, lo que las hacía estar sujetas a toda clase de intimidaciones, humillaciones, robos y vejaciones. No sería hoy fácil encontrar en Rusia un cierto número de familias cuyos miembros no hubieran sido, en algún momento, detenidos o maltratados por los miembros de la Checa de la localidad en que vivían. Gracias a la destrucción en muchas ciudades de los registros judiciales pre-revolucionarios, muchos delincuentes comunes pudieron enrolarse “sin manchas” en la Cheká, irrumpir después en las casas de los particulares “desleales” y sencillamente desvalijarlas. Y si los residentes oponían resistencia, podían matarlos fácil y libremente so pretexto de haberlos descubierto en pleno trabajo contrarrevolucionario. El coronel Chernov del KGB contó sobre su propia existencia en aquellos años: “Yo ingresé en la Cheká en 1921, en la región al norte del Cáucaso, como miembro “veterano” de la organización juvenil comunista en la clandestinidad. La mayoría de los miembros de la Cheká eran obreros, gente disciplinada y honrada, que se limitaba a cumplir con sus obligaciones. Pero al expandirnos se nos unieron otras personas. De dos de ellas se descubrió más tarde que habían desertado del ejército zarista y que durante cuatro años habían vivido únicamente de lo que habían estado robando y de otras prácticas criminales organizadas. Se les fusiló de acuerdo con las prescripciones del Código Penal Militar, pero estoy seguro de que hubo otras personas entre nosotros sospechosas de conductas similares. En aquellos días no se podía saber nada seguro ni controlar adecuadamente a nadie.”

Estábamos verdaderamente entregados a combatir el sabotaje, el mercado negro, el bandidaje y el robo, y en muchas zonas conseguimos eliminarlos, e incluso capturar a los criminales que asaltaban a la gente en sus propias casas. En muchos pueblos teníamos “informadores” que nos tenían al corriente de los movimientos de las bandas armadas organizadas, y tan pronto como las veían y nos avisaban, enviábamos inmediatamente grupos de nuestros agentes para cazarlos. Pero en un par de ocasiones cayeron en emboscadas tendidas por bandidos. Por ejemplo, en la zona de Piatigorsk los bandidos emboscaron una vez a un grupo de nuestras fuerzas fingiendo una llamada advirtiendo de un robo, y mataron a todos sus componentes a sangre fría. Evidentemente lo hicieron para demostrar que eran más fuertes que nosotros y enseñarnos que no debíamos inmiscuirnos en sus asuntos. Más tarde supimos que los autores de la emboscada eran delincuentes comunes “profesionales”; al final los acorralamos a todos en una operación cerca de otra ciudad, Vladikavkaz, y cayeron durante un gran tiroteo. Para nuestra sorpresa, encontramos que llevaban documentos auténticos de la Cheká extendidos por una célula radicada en la Siberia Meridional. Desgraciadamente, y debido a las condiciones en que se desarrollaba la Guerra Civil, fuimos incapaces de comprobar si habían robado los documentos a Chequistas muertos por ellos, o si los habían conseguido legalmente y luego habían desertado de la Cheká para vivir de sus crímenes bajo la protección de su condición de Chequista.”

Algunos hombres que habían gozado de una buena educación, deseosos de integrarse en el nuevo régimen, se enrolaban en la Cheká, sobre todo porque “el Chequista” el héroe más temido del momento; y además en un período de escasez crónica de comida, los miembros de la Cheká eran un colectivo prioritario a la hora de los repartos alimentarios procedentes del gobierno. Buenas chaquetas de cuero y piel, armas automáticas Mauser alemanas, respeto, aventuras, persecuciones y coches (todo ello privilegios de excepción en aquellos tiempos de carestía absoluta); todo esto ejercía una atracción magnética entre los jóvenes decididos. Además la Cheká estaba exenta del reclutamiento militar en un momento en que el Ejército Rojo, decididamente, no era un destino apetecible ni un lugar cómodo en aquellos tiempos turbulentos. La Cheká proporcionaba también una instrucción profesional y clases vespertinas fuera de la jornada de servicio. Era una buena escuela para los hombres despiertos dispuestos a todo, y muchos de ellos llegaron a ser Oficiales de Contrainteligencia o Espías profesionales en las décadas de 1930 y 1940, habiendo empezado como agentes subalternos de la Cheká. “Aunque en la Cheká había gente de todas las edades, la mayoría éramos jóvenes, especialmente los agentes de a pie”, contaba el coronel Gorlin del KGB sobre sus tiempos de juventud. “Yo entré en 1919, con 17 años, y en nuestro grupo había 5 ó 6 chicos de mi edad. Trabajábamos entre 14 y 16 horas diarias y nuestra tarea consistía, además de patrullar por determinadas zonas, inspeccionar mercados, restaurantes, parques públicos y residencias particulares. Participábamos en la detención de conocidos delincuentes, traficantes del mercado negro, contrabandistas y enemigos del poder soviético. Lo hacíamos todo siguiendo las instrucciones de nuestra sede local o de los Soviets locales. Perdí el ojo izquierdo cuando estábamos deteniendo a un atracador que robaba en las casas, en la ciudad de Batumi (Georgia) y asesinaba a quien pudiera testificar en su contra. Más tarde supimos que había sido un antiguo oficial del ejército, mentalmente trastornado. Cuando rodeamos su casa, empezó a disparar y a arrojarnos granadas, hiriéndome las esquirlas de una de ellas en lado izquierdo de la cara y el ojo. También me hicieron dos heridas bastante feas en el pie izquierdo. Así que estaba unido a la Cheká por lazos de sangre, y me quedé en el servicio secreto durante los siguientes 36 años.”

 

EL CASO “KANEGHISSER” (1921)

Aunque Dzerzhinski trataba de extender sus unidades hasta en las poblaciones más remotas, por todo el país, Petrogrado le preocupaba de manera especial, porque la mayor parte de sus habitantes habían estado ligados en algún momento al régimen zarista. El hombre que dirigía la Checa de Petrogrado en 1918, y que simultáneamente tenía la representación de los Ministerios del Interior y de Asuntos Exteriores del Consejo de los Comisarios del Pueblo en la demarcación urbana y toda la región de Rusia Septentrional era Moshe Uritski. Nacido en 1873, había sido comerciante maderero en la pequeña provincia forestal de Cherkassy, antes de inicar su carrera política. Empezó como socialdemócrata y, a partir de 1903, se unió al grupo Menchevique del POSR (“minoritario” o moderado). Personaje gris y poco destacado, la “Okhrana” o policía secreta imperial nunca se ocupó seriamente de él, dejando que emigrase sin trabas a Alemania en 1906, en lugar de deportarlo a Siberia. Al estallar la Primera Guerra Mundial se estableció en la neutral Estocolmo y, después, en Copenhague. Fue un personaje menor del movimiento socialista ruso hasta que Trotski lo nombró su representante. Después del golpe de noviembre de 1917, fue el Comisario responsable de las reuniones de la Asamblea Constituyente, próxima a su disolución por la fuerza. Más tarde recibió de Trotski, o se lo apropió con la aquiescencia de éste, el título de Ministro del Interior. Al poco tiempo, todos los artistas, intelectuales y escritores rusos tenían que recabar su autorización personal para poder salir de Petrogrado. Si acudían a él damas aristocráticas para pedir clemencia para sus familiares, las sometía a la simbólica humillación de tener que pedirlo de rodillas, lo cual era una afrenta personalísima para ellas. Todos aquellos que no se plegaban a sus juegos y sugestiones iban a parar a la cárcel, y muchos aristócratas y personajes famosos estaban encarcelados en 1918. Uritski disfrutaba visiblemente de su cargo. Por ejemplo, a veces firmaba cientos de condenas a muerte en un solo día, bebiendo mucho vino para darse ánimos y anestesiar sus remordimientos.

Uritski cayó asesinado antes de acabar el año 1918. Leonid Kaneghisser, el hombre que disparó contra él, era un poeta romántico e idealista que se había alistado como voluntario en el ejército zarista al estallar la primera guerra mundial. La Revolución de Febrero de 1917 lo llevó a convertirse en un destacado miembro de las Juventudes Socialistas, pero después de la firma del humillante Tratado de Brest-Litovsk con Alemania, se desengañó por completo de sus esperanzas en el régimen bolchevique. Kanegisser era un patriota fanático, y el tratado firmado con una Alemania victoriosa había otorgado a ésta el 25% del territorio ruso, con un 33% de su población total, y el 53% de su fuerza industrial total. A partir de entonces, Kanegisser juró odio a muerte a los bolcheviques y a su régimen y, de manera especial a la gente que había empezado a detener y ejecutar a sus amigos, cadetes y oficiales jóvenes, en cuya compañía acabó formando un círculo clandestino de resistencia antibolchevique. Inexpertos e ingenuos como eran, no sabían a quién se estaban enfrentando en realidad; desde el principio, su causa estaba condenada al fracaso. Pronto fueron traicionados y detenidos; la mayor parte de ellos fue fusilada inmediatamente, y entre los que cayeron murió un tal Pereltzweig, amigo íntimo de Kanegisser desde hacía diez años. Dos semanas después, éste se vengó asesinando a Uritski. Grigori Zinoviev, jefe del POSR Bolchevique en el norte de Rusia, escribió un artículo en “Izvestia” en el que decía que el asesino “como cabía suponer, había sido un Eserista o SR Derechista”. Esto era mentira, como Zinoviev sabía muy bien, pero en aquel momento sólo era importante una cosa para el Partido: exterminar a toda la oposición política de los partidos revolucionarios que habían colaborado con el bolchevismo. La conclusión del artículo daba la consigna a seguir, según un guión de lo más previsible: “La revolución obrera responderá al terrorismo contrarrevolucionario contra las personas a su servicio, con el terror de las masas proletarias, dirigido contra todos los burgueses y sus lacayos.”

En la Comuna (municipio) de Petrogrado, dirigida por Zinoviev, fueron fusiladas en represalia 500 personas inocentes, escogidas al azar. No fue ésta la primera vez que se utilizó este tipo de represalias de estilo nazi. Los líderes bolcheviques dejaron claro que la ejecución de cualquier asesino que se cogiera “in fraganti” iría seguida de la detención y ejecución de todos sus familiares. Por tanto, los opositores radicales al régimen no sólo iban a tener que sacrificar sus propias vidas en su lucha, sino que también habrían de asumir el sacrificio de sus familias y, quizás, a todos aquellos que se les pudiera relacionar con ellos. Pero el terror no paraba aquí. Para Lenin, Trotski y la mayoría de los bolcheviques, era un método aceptable el tomar rehenes y masacrarlos, aunque no tuviesen ningún lazo familiar o relación con los activistas antibolcheviques que fueran descubiertos e identificados. Se trataba de simple terrorismo dirigido contra todo posible adversario político, para disuadirlo antes incluso de que se decidiera a actuar.

EL ATENTADO CONTRA LENIN (1918)

Uritski fue sustituido inmediatamente por un desconocido bolchevique llamado Bokij, miembro de la Cheká desde sus inicios más tempranos, un joven sádico con gusto por la sangre. Fue a Bokij a quien se le ocurrió la idea de importar a Rusia el concepto británico de “concentration camp”, y como era una solución muy útil en aquel momento, Lenin y Trotski le dieron la posibilidad de probarla. Bokij fue nombrado comandante del campo experimental nº 1. Su yerno, el escritor Razgon, llegaría a admitir más tarde que habría resultado imposible saber con certeza el número de los que hallaron la muerte en manos de Bokij, fueran los que fuesen los motivos de su detención. Los jefes de la Checa de Moscú no eran menos fanáticos y sanguinarios. El responsable de las unidades regionales de la Cheká en Moscú no era otro que Yurovski, que había dirigido el asesinato del zar Nikolai II y su familia en Yekaterinburg. Durante décadas, los maestros de las escuelas soviéticas enseñaron a sus jóvenes alumnos que una tal Fania Kaplan, que trató de asesinar a Lenin en 1918 disparando contra él dos tiros de pistola a quemarropa, cuando estaba saliendo de visitar una fábrica en Moscú, fue perdonada por el clemente jefe soviético. Esto es totalmente falso.

Kaplan era una activista del Partido SR Izquierdista, miope y enfermiza, pero imbuida de una ciega certeza de llevar siempre la razón de su parte: fue ejecutada, siguiendo órdenes directas y expresas de Lenin, por un Comisario de la Cheká, lo mismo que todos los familiares de ella que pudieron ser encontrados. Hasta sus más lejanos parientes estuvieron encarcelados durante décadas, hasta después de 1945. Además, inmediatamente después del atentado contra Lenin, fueron fusiladas en represalia, como advertencia a quien hubiera apoyado la acción, más de 300 personas detenidas por la Cheká, al azar, y por iniciativa personal de Dzerzhinski y su segundo, Yakov Peters. A la mayoría de los ejecutados los habían metido en la cárcel los bolcheviques en 1917; entre ellos estaban los ministros zaristas Cheglovitov, Beletski y Khvostov, y varios grupos de generales, almirantes y aristócratas. A éstos les siguieron otros lotes de ejecutados “en masa”; la élite social, política e intelectual rusa fue reducida a polvo por el bien de un “brillante futuro comunista”. Felix Dzerzhinski y sus colaboradores más directos creían que la oposición al gobierno bolchevique sólo podría detenerse con el exterminio en masa, junto con el uso de “agentes provocadores”. No veían nada reprensible en su comportamiento. Al fin y al cabo todo se hacía en favor de la causa comunista y, por tanto, estaba de más todo sentido de culpabilidad o remordimiento.

LA “LIQUIDACIÓN” DEL ANARQUISMO (1919-1920)

Después de unas manifestaciones anarquistas en Petrogrado y en las bases de la Flota del Báltico, los bolcheviques empezaron a desarmar y detener a “sospechosos” de contrarrevolución en el mismo lugar en que se disolvían los manifestantes. En 1919 supuestos anarquistas arrojaron una bomba en las oficinas del Comité Local del Partido Comunista en Moscú. Después “se le encontró” a un anarquista una carta en la que se podía leer: “Moscú está ahora en estado de alerta. Hace dos días el Comité Local de los bolcheviques voló por una bomba y murieron más de diez personas. Parece ser una acción de los “anarquistas clandestinos”, con los que no tengo nada en común.” Unos días después apareció una declaración, presuntamente hecha por los organizadores de aquel acto terrorista, en los que los anarquistas reclamaban para sí la autoría de la bomba. Las autoridades locales de Moscú y la Cheká acusaron inmediatamente a los partidos anarquistas –“que claramente iban de la mano de agentes provocadores de los guardias blancos”– de terrorismo contra la clase obrera. La caza de los anarquistas se convirtió en misión prioritaria de la Cheká de Moscú dirigida por Yurovski. Las direcciones de los pisos y las casas de los líderes anarquistas rusos ya estaban registradas en las listas de la Cheká, y los Comisarios fueron a cazar a sus habitantes con una rapidez escalofriante. Fueron detenidas centenares de personas; los pisos de los que opusieron resistencia fueron asaltados, y los que trataron de defenderse fueron asesinados. El Partido Anarquista era una fuerza insignificante comparada con la Cheká. En vísperas del segundo aniversario de la Revolución de Octubre, la Cheká acordonó una manzana entera de viviendas, en cuyos sótanos tenían los anarquistas su imprenta y sus oficinas; la manzana fue rodeada y los pocos anarquistas que trataron de escapar fueron abatidos; fueron colocadas cargas explosivas en los puntos principales de las estructuras edificadas, y fueron activadas por un artificiero militar, explotando simultáneamente y dinamitando todos los inmuebles del sector acordonado. La manzana entera se derrumbó, matando a los que quedaban en los sótanos, y a aquellos residentes que no tuvieron tiempo de huir antes de que llegara la Cheká. Ese fue el final definitivo del Partido Anarquista Ruso.

LA DESTRUCCIÓN DEL PARTIDO S.R. IZQUIERDISTA (1918-1919)

El Partido SR o Socialista Revolucionario, aunque escindido en dos alas irreconciliables (Izquierdista o radical, y Derechista o moderada), era un adversario mucho más serio para la Cheká, especialmente por el apoyo que podía conseguir en las zonas rurales. Los SR eran tan fanáticos y despiadados como los bolcheviques en su odio hacia el capitalismo y el imperialismo pero, a diferencia de éstos, no estaban dispuestos a exigir el fin de la guerra, y combatían la hegemonía bolchevique en el gobierno de coalición del que formaban parte. En 1918, una revuelta fallida de los SR Izquierdistas fue aplastada por el ejército regular y los Chequistas y, tras la ejecución de 20 personas, los rebeldes arrojaron las armas y se rindieron. Por su parte, los SR Derechistas mantenían sólidos contactos con los servicios de inteligencia extranjeros en Moscú y Vladivostok. En 1918 la Cheká reveló que las embajadas de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en la capital del Extremo Oriente estaban implicadas en el intento de un SR llamado Derber de establecer un gobierno paralelo “siberiano” en Tomsk. La Cheká exigió a estas potencias aliadas que retirasen sus misiones diplomáticas en Vladivostok.

Poco después de este incidente, se “descubrió” la llamada “conspiración diplomática” –también conocida como la “conspiración de los embajadores en Rusia”–. Robert Bruce Lockhart, jefe de la misión consular británica en Rusia, y su ayudante, Sidney Reilly, estaban implicados, además del cónsul francés, Grenard, y el cónsul saliente de los Estados Unidos, Kolomantiano. Se les acusó de abusar de su inmunidad diplomática para poner en pie de guerra una organización contrarrevolucionaria, violando el Derecho Internacional. Su supuesto objetivo era destruir los puentes ferroviarios y otros puntos clave de la red de comunicaciones, con el fin de impedir la distribución de alimentos y causar así la hambruna, para que “el gobierno de los trabajadores y los campesinos” fuera derrocado, con el apoyo de “corruptos fusileros letones”. La historia de la conspiración se convirtió en la base de cientos de libros y películas en la URSS, y se utilizó durante décadas para demostrar la actividad subversiva de los servicios diplomáticos extranjeros en Rusia a partir de 1918. En esencia la historia tenía un trasfondo real, en cuanto que Lockhart y Reilly estaban haciendo lo posible por favorecer los esfuerzos antibolcheviques en Moscú y Petrogrado, colaborando especialmente con los SR Derechistas, y animándolos a emprender acciones de envergadura. Lockhart se entrevistó con Berzin, jefe del Batallón de Artillería Ligera de la Brigada de Fusileros Letones de guarnición en Moscú, y trató de convencerlo para que se uniera a un complot para realizar un levantamiento contra el Soviet de la capital. Berzin, que había sido desde tiempo antes un informador camuflado de la Cheká, denunció las proposiciones de Lockhart, y en su siguiente encuentro con Berzin fue detenido por un Comisario. Fue puesto en libertad más tarde por el vicepresidente Yakov Peters, y abandonó Rusia. Pero Dzerzhisnki y sus oficiales hicieron de todo este asunto una célebre “denuncia política” contra las “potencias imperialistas”.

En agosto de 1918, la Cheká asaltó la embajada británica en Petrogrado, por lo cual su administrador, Francis Cromie, se defendió a tiros, matando a un chequista e hiriendo a otros dos, hasta que fue abatido por el resto de los asaltantes. Fue detenido y encarcelado todo el personal de la embajada en el Fuerte de San Pedro y San Pablo, una antigua fortaleza imperial, y el personal ruso de la embajada fue torturado hasta la muerte. La prensa bolchevique contó que habían sido detenidos durante el asalto a la embajada “a 40 oficiales de los Guardias Blancos” (fuerzas militares antibolcheviques en plena Guerra Civil); pero sólo se dijo para aplacar al indignado y asustado cuerpo diplomático de Petrogrado. Simultáneamente se detuvo a unas 50 personas, acusándolas de captar información y de fomentar actividades terroristas, aunque la información que recogían era sólo de tipo comercial y de carácter público. En apoyo de sus teorías sobre la existencia de una “conspiración a gran escala”, la Cheká publicó una carta supuestamente escrita por un tal René Marchant, miembro de la embajada francesa, –muy probablemente, un comunista francés que colaboraba con la Cheká– dirigida al presidente de Francia Raymond Poincaré, en la que anunciaba que los diplomáticos franceses y británicos en Petrogrado habían estado fomentando la “lucha de clases” en Rusia y que con ello habían agravado la terrible situación de los civiles rusos. Kolomantiano, como antiguo cónsul estadounidense, era vigilado como agente secreto y se sabía que llevaba pasaporte falso. Él y un antiguo teniente coronel ruso llamado Frise fueron sentenciados a muerte y fusilados. Sidney Reilly, que tuvo un papel importante los planes de la inteligencia británica también fue sentenciado a muerte y fusilado. A pesar de que algunos detenidos fueron absueltos y liberados, hubo 15 condenas a muerte en un grupo de militares, estudiantes, maestros de escuela y periodistas, que “desaparecieron” en manos de la Cheká y aparecieron fusilados más tarde.

LA “CUESTIÓN RELIGIOSA” (d. 1921)

Tras la detención incomunicada del patriarca ortodoxo de Rusia, Tikhon, y de una gran mayoría del clero ortodoxo ruso de todos los rangos (obispos, deanes, sacerdotes, monjes, monjas, diáconos etc.), los obispos encerrados en el campo de concentración de las Islas Solovki —más allá del Círculo Polar Ártico, en el Mar Blanco— se distanciaron de su sucesor interino, Sergei, y el cisma de la llamada “Iglesia foránea” (o de “allende las fronteras” de Rusia), esbozado en 1921 en el Sínodo de Karlovci, se agravó. Sergei había declarado: “La Unión Soviética es nuestra patria civil, cuyas alegrías y éxitos compartimos como nuestros, cuyas desgracias son nuestras.” Los intérpretes señalan que ese “cuyas”, también en femenino en ruso, remite a “patria” (femenino en ruso), y no a “unión” (masculino en ruso). No importa: el problema de fondo, que duraría hasta 1991 y dividió trágicamente a la Iglesia ortodoxa rusa, es en esencia: ¿Puede la Iglesia existir institucionalmente en un estado que tiene como meta explícita su destrucción? En 1925, el PCUS y su movimiento juvenil “Komsomol” crearon la “Liga de los Militantes Sin Dios”. En buena teología cristiana, la Iglesia no se identifica con ningún régimen y tiene el deber de existir allí donde la fundó Dios, y tratar de dar a conocer a éste a todos los hombres. ¿Dónde reside el límite a ese compromiso explícito? ¿A qué precio debe subsistir en un estado cuya ideología implica su persecución y erradicación? ¿Puede dejarse tomar como rehén de ese estado, y calmar así las ansias religiosas de una sociedad “oficialmente atea”?

El patriarca interino Sergei, como hizo su antecesor Tikhon, al afirmar la lealtad del cristiano ortodoxo en tanto que ciudadano soviético, precisó que la concepción cristiano-ortodoxa del hombre era incompatible con el marxismo. La fórmula de supervivencia eclesial de Tikhon y Sergei implicaba vivir ascética y angostamente, algo casi imposible humanamente; mostrar ambas mejillas al estado, y esperar de Dios que éste se apiade de una Iglesia explícitamente condenada. La Iglesia cristiana de los primeros siglos había tenido el mismo problema con el Imperio Romano, que había provocado el cisma de Donato en el África romana: el de los “mártires” contra los “serviles”, es decir, entre los dispuestos a llevar su fe hasta las últimas consecuencias, y los que no creían que hubiera que llegar a tanto, sino más bien llegar a un arreglo con los poderes establecidos, aunque fueran sus enemigos declarados. Al final, unos y otros fueron reprimidos por igual, sin que la policía política llegara a detenerse en hacer distingos.

LA “LOBOTOMÍA” CULTURAL

La represión bolchevique contra los intelectuales y artistas rusos tiene uno de sus primeros actos simbólicos con el “fusilamiento” del poeta Nikolai Gumiliov y la deportación del crítico y filósofo Maxim Gorki a un exilio interior en 1921. Gorki, que era autor de gusto para Lenin, aunque lo hubiera criticado ferozmente, suplicó personalmente al “viejo maestro” bolchevique que conmutara la pena de muerte para el poeta Aleksandr Blok por el exilio perpetuo en el extranjero, puesto que estaba gravemente enfermo. Pero no hubo piedad: Blok murió en agosto de 1921, y veinte días más tarde fue ejecutado Gumiliov, falsamente acusado de participar, junto con otras 200 personas, en un complot monárquico inventado por la Cheká, denominado “Organización Militar de Petrogrado”. Lenin organizó y supervisó personalmente el “Proceso a la O.M.P.”, que llevó a la muerte a oficiales de la marina, científicos y profesores universitarios de cierto renombre antes de la revolución de 1917. El famoso químico Tikhvinsky, bolchevique de los primeros tiempos, y el gran poeta Gumiliov fueron incluidos en las listas de fusilados. También en agosto de 1921 fueron detenidos y condenados a muerte los dirigentes del Comité Panruso de Lucha contra el Hambre (no gubernamental). Entre éstos últimos figuraba un nutrido grupo de intelectuales y escritores rusos.

EL FENÓMENO “KULAK” Y SU ERRADICACIÓN (1929-1932)

El poder soviético explicó la resistencia a su doble ofensiva de “Deskulakización” y “Colectivización” en las zonas rurales de la URSS debido a los “excesos” cometidos por los activistas bolcheviques enviados a poner ambos procesos en práctica. El 3 de abril de 1930, el Procurador Judicial de Riazán escribió: “Las autoridades locales “deskulakizan” a campesinos de ingresos medios y pobres, antiguos soldados rojos de la Revolución, “spetsys” o especialistas; les quitan todo, hasta los pañales de sus bebés.” Entre los “abusos criminales” señalaba la “deskulakización de los maestros de las escuelas primarias, el cierre no autorizado de templos, la profanación de tumbas, las ejecuciones en público, las detenciones masivas perpetradas por gentes no habilitadas legalmente para hacerlas, y otros actos ilegales como el rapado de cabezas de las campesinas que se resisten a dar su apoyo a los activistas colectivizadores venidos de las ciudades”. Señalaba la frecuencia de los “motines de mujeres” ligados a “los excesos de la política antirreligiosa” “Los “excesos” –pero sin “excesos” ¿cómo colectivizar?– habían anulado el apoyo que una parte de la población rural había prestado al principio al poder soviético. La posibilidad de saquear impunemente y sin límites los bienes de los kulaks atrajo a algunos elementos delincuentes, como señalaba la OGPU de Ucrania: “Esos criminales perseguían a los deskulakizados —entre los cuales había numerosos ciudadanos de ingresos medios— desnudos, los golpeaban, organizaban orgías en sus casas, los obligaban a cavar las fosas donde habían de ser enterrados, desnudaban a las mujeres y las violaban.”

HISTORIAS PARALELAS: ALEMANIA y la AVIACIÓN MILITAR. La Luftwaffe en 1941: los vencedores se dirigen hacia el este. Las circunstancias de la muerte del Generaloberst (coronel general) Ernst Udet, máximo responsable efectivo de la Luftwaffe desde 1938, —bajo las órdenes directas de Hermann Göring, jefe nominal pero dedicado más bien a las intrigas políticas en el entorno de Hitler, que al ingente trabajo de dirigir la fuerza aérea y todas sus dependencias—, fueron mantenidas en secreto por orden expresa de Hitler. Udet, agobiado por graves problemas personales, mentales y de salud, y frustrado por la injerencia en el desarrollo de los proyectos para los aviones de combate alemanes de tercera generación que debían reemplazar a los ya superados He 111, Ju 87 y Bf 110, se había suicidado pegándose un tiro, y tal cosa no debía trascender a la opinión pública. Aquella noche, el departamento de información de la Luftwaffe, y luego el Ministerio de Propaganda, anunciaron: “El general encargado de los abastecimientos de la Luftwaffe, Generaloberst (coronel general) Ernst Udet, ha muerto esta mañana en el transcurso de unas pruebas de una nueva arma. Ha muerto a consecuencia de las heridas recibidas mientras era conducido al hospital. El Führer ha ordenado que este jefe, muerto de forma tan trágica en el cumplimiento de su deber, sea enterrado con todos los honores militares. En reconocimiento a sus hazañas en la Primera Guerra Mundial, de sus 72 victorias como piloto de caza, y de los grandes servicios que prestó en la creación de la Luftwaffe, el Führer ha tomado la resolución de perpetuar el nombre del Generaloberst Udet otorgándolo como sobrenombre exclusivo al Jagdgeschwader número 3, que a partir de hoy pasa a denominarse JG 3 Udet.”

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