Obreros y Campesinos


La “HOZ” del EMBLEMA COMUNISTA: El Campesinado

Nikolái Kondratiev (1892-1938)

Al campesino ruso le fue mal y al campesino soviético le fue peor. El campesino, que vio la Revolución de 1917 como una esperanza de liberación, cargó después con todo el peso de un sistema totalitario radicalmente nuevo, inaudito. Ése fue el primer terror de masas desatado por Stalin en su propio país. Los años de la Colectivización (1929-1933) marcan un giro crítico en el destino del campesinado, pero sus consecuencias van más allá. Se dejó escapar la posibilidad histórica de un desarrollo fundado en en el restringido mercado de la NEP. Las desestructuraciones del campo, la economía, el medio natural y la sociedad, estuvieron acompañadas por una urbanización salvaje en las peores condiciones imaginables. Además la “gran guerra contra los campesinos” (1919-1922 y 1929-1933) se libró a la par de la domesticación intelectual y espiritual del país: ofensiva contra la religión, terror contra la intelligentsia y los titulados universitarios o “spetsy” (especialistas). En septiembre de 1930 se anunció el fusilamiento del catedrático Riazanov, y de 48 responsables del sector industrial alimentario acusados de sabotaje; entre noviembre y diciembre se organizó un proceso-espectáculo contra un ficticio “Partido Industrial”, manipulado (supuestamente) por el presidente francés Henri Poincaré y por T. E. Lawrence (el de Arabia…). Luego se preparó también el proceso contra el inexistente “Partido Campesino Trabajador”, supuestamen-te dirigido por el matemático del Gosplan, el internacionalmente famoso Nikolái Kondratiev.

David Riazanov (1880-1938)

Se arrestó en masa a todos los “especialistas” del campo agrícola: economistas, sociólogos, agrónomos y directivos de cooperativas agrarias. Aleksandr Chayánov fue acusado de ser el responsable ideológico del “PTC” y se dijo que su relato de ciencia ficción Viaje de mi hermano Aleksei a la tierra de la utopía campesina, de 1920, era un “manifiesto kulak” y el “programa del Partido Campesino”. Chayánov situaba dicho viaje en el año futuro de 1984. Quizás el propio George Orwell conoció el relato de Chayánov. El proceso no se celebró finalmente, pero Kondratiev y Chayánov desaparecieron y no salieron vivos del sistema penal soviético. La persecución contra los “especialistas” agrícolas prosiguió durante muchos años. Esa gente participó con los campesinos deportados en la construcción manual, en granito, del Canal del Mar Blanco, en Karelia, obra faraónica ejecutada en tan sólo veinte meses por una fuerza laboral forzada de 500.000 hombres, con un coste superior a las 100.000 vidas. Maxim Gorki perdió el poco honor que le quedaba ya por entonces al alabar esa “maravillosa obra” que permitía la “reeducación de los criminales por el trabajo”. Con la destrucción del campesinado desapareció la última clase social que quedaba en pie en la URSS. Las antiguas élites habían dejado de existir (por vía de exterminio) antes de 1920; el proletariado fue aniquilado “como clase” entre 1918 y 1921; la intelligentsia había sido diezmada, desterrada o domesticada. En una sociedad sin clases se erguían sólo los “aparatos”: el Partido, el Ejército y los “Órganos” de represión policial. Pero la Colectivización, con sus consecuencias, les iba a afectar a su vez.

Aleksandr Chayanov (1888-1937)

En efecto, tanto las modalidades de la Colectivización como el tratamiento de la “Hambruna del 33” habían señalado diferencias de comportamiento entre los hombres del gobierno. En la base, muchos buenos comunistas prefirieron devolver su carnet del Partido antes que ensuciarse de sangre: “v sielo nie paidú”, “al campo no iré”. El mismo Sergo Ordschnikidzhe, que no era muy humanitario, se preguntaba en sus informes a finales de 1930 si “se puede construir el socialismo con cadenas y colectivizando a 25 millones de familias en sólo unos meses.” Las reticencias de los mejores “especialistas”, como Kondratiev y Chayánov, fueron interpretadas como “sabotaje” e inmediatamente castigadas con la pena capital. El castigo vendría después para los políticos, hasta para Ordschnikidzhe, amigo personal y compatriota de Stalin —ambos eran georgianos—. Tardaría unos años aún, pero llegaría finalmente, para todos. Así se entienden el terror y los grandes procesos posteriores a 1935, como un gran “proceso de selección” en el seno de los “aparatos” soviéticos. Todos los que “flaquearon”, poco o mucho, a la hora de la Deskulakización o de la Hambruna del 33, fueron catalogados como miembros de una “Conjura Criminal”; en 1933, el Partido Comunista de Ucrania (PCUK) había sido depurado; no tardaría en llegarle el turno al PCUS en toda su extensión.

LOS OBREROS Y LOS BOLCHEVIQUES

Una arenga de Lenin en noviembre de 1918

El partido bolchevique vio hincharse sus efectivos a partir de noviembre de 1917; todos los que habían trabajado en sus filas entre febrero y octubre fueron llamados a partir de entonces “veteranos”, para distinguirse de la avalancha de arribistas llegados una vez pasado el peligro. Muchos eran obreros, pocos habían cursado más que la primaria y la mayoría no tenía ni idea de qué era el marxismo. El partido bolchevique dejó de ser una secta de intelectuales y terroristas, y la disciplina sustituyó al criterio individual. El nuevo obrerismo se manifestó enseguida en la obediencia vertical y una despiadada represión contra los adversarios de cualquier tipo. El “control obrero” de la actividad industrial proclamó la jornada de ocho horas y prohibió el trabajo nocturno de las mujeres y los niños, pero en la práctica fue un desbarajuste total, provocando la emigración de los ingenieros y gerentes. Una vez agotados los almacenes de materias primas y material mecánico, a partir de marzo de 1918, las fábricas empezaron a cerrar por la imposibilidad de continuar con la producción. En el campo, en el otoño de 1917, el desorden se adueñó de todo. En una guerra de todos contra todos, los pueblos organizaron sus propias “autodefensas” y el “reparto negro” (la ocupación “libertaria” de las grandes haciendas y su reparto entre los ocupantes) aún produjo una mayor confusión. De hecho, no había mucho que quitar al supuesto barin (señor territorial), al kulak (supuesto campesino acomodado) o a los productores independientes que habían decidido permanecer al margen de las comunas después de 1906.

Foto “oficial” de un “Comité de Campesinas Pobres”

En Bielorrusia y Ucrania, los pocos empresarios agrícolas y los más numerosos medieros se prepararon para resistir y se armaron. En todas partes la antigua comuna campesina del mir renació, con sus problemas y limitaciones de tipo antiguo. Un verdadero alivio para un extenso sector de los campesinos (un 35% en promedio) fue la desaparición del arrendamiento. En la primavera de 1918, después de un invierno como hacía mucho que no se recordaba, del caos en el campo y de la secesión de Ucrania, la hambruna se presentó con toda su crudeza. ¿Cómo proveer de alimentos a la Rusia Central y a las grandes ciudades? Una solución racional hubiera sido aumentar la producción agraria y garantizar el buen funcionamiento de los transportes; hacía falta un esfuerzo productivo excepcional, pero el conservadurismo a ultranza del mir impidió cualquier paso, en ese u otro sentido. En su voluntarismo iluso, los bolcheviques decidieron conseguir lo que no había logrado ningún gobierno de los cuatro provisionales anteriores: traer grano a las grandes ciudades, cuando los campesinos no tenían ningún incentivo para vender a las autoridades urbanas, al no haber productos de consumo manufacturados que pudieran comprar. Lanzaron al mismo tiempo, en la brutal primavera descrita por Isaak Babel en sus Crónicas del año 18, una campaña de “renovación rural”, y otra de requisa represiva de alimentos, a punta de pistola, a cambio de nada. La “renovación” pretendió dividir a los campesinos, implantando una lucha de clases irreal, con “comités de campesinos pobres”, minoritarios y entregados las fuerzas estatales venidas de las ciudades. La “requisa” proclamó la autoridad de los agentes del gobierno para sacar del campo todo lo que las ciudades, baluartes del bolchevismo triunfante, podían necesitar.

“Destacamento Alimentario” de la Cheká (1919)

Los “campesinos pobres” recibieron la potestad de robar a los kulaks, la mayoría de sus convecinos, lo que necesitaran. No se hicieron de rogar. ¿Quién era el tal kulak? Nadie lo sabía, así que los comités de pobres le ponían la etiqueta a quien querían, para así podérselo quitar todo. Tal fue el primer error garrafal, y la primera agresión bolchevique contra el campesinado ruso. Los comités de pobres desaparecieron a finales de 1918, pero la requisa siguió con su “frente del trigo” y sus “destacamentos alimentarios”: 50.000 bolcheviques armados hasta los dientes encargados de robar cuanta comida pudieran en los pueblos a su alcance. Los historiadores soviéticos dijeron más tarde que “la contrarrevolución” generó la hambruna, el excepcional frío invernal y la paralización de la producción, y que el “Terror Rojo” no fue más que una reacción contra un pandemonium: el “terror blanco”. Las cosas fueron exactamente al revés. La muy agresiva e impasible política del poder soviético en todos sus “frentes” acabó de desmantelar lo poco que quedaba de la economía organizada y las estructuras sociales rusas, multiplicando el número de los enemigos del régimen. No se puede excusar esto en una “bienintencionada inconsciencia” o en “errores de método”; se trataba de un voluntarismo tan ciego como aplastante. Lenin afirmaba: “Existen dos métodos posibles para luchar contra la hambruna; el capitalista y el socialista. El primero consiste en decretar la libertad del mercado de grano. Nuestra vía es la del monopolio estatal del trigo.”

Un incendio durante la Revuelta de Tambov (1921)

Para afrontar los gigantescos problemas económicos y organizativos planteados tras el invierno de 1917, el método socialista sólo tenía una solución: la dictadura –¿la del “proletariado”? no, la apoyada en la opresión del campesino, e incluso del proletario, como había profetizado Plejánov–. “La definición “científica” de la dictadura no significa más que un poder que nada viene a limitar, y que ninguna ley y ninguna norma puede amarrar”, fueron las palabras de Lenin. Todos los partidos, menos el SR Izquierdista, fueron prohibidos en bloque; a partir de abril de 1918 comenzó la guerra contra los anarquistas, el asalto bélico de sus casas y hasta la voladura de los edificios donde tenían sus locales. La ruptura con los SR Izquierdistas, producida por la firma de la Paz de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918), llevó en julio a una rebelión de éstos en Moscú. El 30 de agosto siguiente hubo un atentado contra Lenin, atribuido a una fanática activista de los SR Izquierdistas, Fania Kaplan –nunca suficientemente probado ni esclarecido– que sirvió de excusa perfecta para desencadenar una oleada de “terror de clase”, en realidad, de terrorismo generalizado. Gorki no bajaba la voz, pese al creciente peligro que ello le creaba; en su periódico Novaya Zhizn publicó el 30 de mayo de 1918: “Todo lo que dije sobre el salvajismo de los bolcheviques, sobre su falta de cultura, sobre su crueldad, que raya en el sadismo, sobre su total ignorancia sobre la psicología del pueblo ruso, y sobre el hecho de que están realizando un monstruoso experimento con el pueblo que está llevando a la clase trabajadora a devorarse a sí misma, todo esto y mucho más de lo que dije sobre el bolchevismo, guarda toda su fuerza.”

LOS CAMPESINOS Y EL HAMBRE (1918-1922)

“Tren de trigo” de la Cheká (1920)

Las requisas del “comunismo de guerra” fueron eficaces en cierto sentido: en 1919, la “dictadura alimentaria” cosechó 2.000.000 de toneladas de grano; en 1920, 3.500.000 toneladas. Pero a muchos campesinos no les dejaron ni las semillas para sembrar al año siguiente, las llamadas “sementeras”. El hambre puso fin a la igualdad soviética: prioridad al Partido Comunista, al Ejército y al Estado. Para los bolcheviques, la comida, la ropa, la calefacción y las medicinas. El país, debilitado por el hambre y el frío, volvió a conocer los ya lejanos estragos del tifus y el cólera. La mortalidad subió un 200% en cifras generales, un 400% en Petrogrado, pasando de ser una metrópoli de 2.000.000 de habitantes a una simple ciudad de 600.000 muertos de hambre. La natalidad bajó a un 1,3% en las ciudades, y a un 2,2% en el campo. Si bien los campesinos habían sido las víctimas de la primera guerra mundial, si bien fueron las víctimas de la Guerra Civil en Ucrania, las ciudades sufrieron mucho más que el campo entre 1918 y 1920. A finales de ese último año la población urbana había decrecido un 30%. Se calcula que de 1918 a diciembre de 1920 las epidemias de tifus, el hambre y el frío mataron a 7.500.000 rusos, principalmente en las ciudades. Eso acabó de exterminar a las antiguas élites prerrevolucionarias, que no tenían acceso al racionamiento estatal. Los que pudieron huir, se exiliaron a toda prisa. Todos los cuadros de la antigua administración pública desaparecieron, menos el clero ortodoxo. La Iglesia no participó en la Guerra Civil, ni fue atacada por los bolcheviques hasta 1921, por más que hubiera habido matanzas locales de popes y monjes.

Chequistas de un “Destacamento Requisidor”

La crisis económica entró en su fase más aguda después de la victoria bolchevique en la Guerra Civil, prácticamente asegurada a finales de 1920. Era el resultado del “comunismo de guerra”, que había consumido hasta la raíz una economía ya tocada y anémica con el fin de arrancar los medios de subsistencia para poder vencer. En ese sentido, el poder bolchevique fue el responsable de la crisis, y esa responsabilidad fue especialmente patente en la cuestión agraria. Los campesinos habían hecho posible el poder soviético, derrotando al gobierno provisional de Kerenski, al guardar sus excedentes de grano en lugar de entregarlos para alimentar a las ciudades. Así lo vio el ministro de agricultura del segundo gobierno provisional, el eserista Viktor Chernov: el campesinado es el verdadero autócrata de Rusia. Lenin no olvidó la lección: los campesinos se crearon a sí mismos y crearon al régimen bolchevique problemas inacabables. Los “Blancos”, ciegos a la cuestión agraria, pagaron su ceguera con la derrota. Una vez derrotados los Blancos, los campesinos se levantaron contra los “Rojos”, para cobrarles sus errores, sus injusticias y su ceguera. Finalmente los bolcheviques cobraron muy caro a los campesinos sus propios errores y abusos. “Hoy en día el pueblo es como el ganado sin pastor: lo llenará todo de mierda y luego morirá”, pronosticaron algunos campesinos en 1918. Ivan Bunin, mientras tanto, anotaba en su diario que “el socialismo y el comunismo no le sirven de nada al mujik”.

“Mujik” = campesino (en ruso)

Al expropiar y repartirse las fincas de los hacendados, el “reparto negro”, los campesinos echaron a rodar la piedra que los acabaría aplastando. El regreso al “Mir”, la nivelación social entre los campesinos, todo los empujó hacia la autarquía, a producir muy poco o nada para el mercado. No se trataba de un “fenómeno capitalista”, pero resultaba igualmente ruinoso para el estado y perpetuaba la hambruna en las ciudades. Más tradicionalista, más “mujik” que nunca, el campesino se retiró de la “sociedad global”, porque no podía ofrecerle nada; Tan Bogoraz comentaba: “Cada año retrocedemos un siglo.” La luna de miel entre los campesinos y los bolcheviques no duró más allá de unas pocas semanas. Contra lo escrito hasta ahora en los libros de Historia, Lenin quiso colectivizar el campo desde el principio, y el “Comunismo de Guerra” apuntaba hacia la estatalización de la agricultura. En 1918, los intentos de implantar la Kommuniia, aborrecida por los campesinos –de lo que dejaron testimonio fehaciente testigos como Isaak Babel, Pilniak o Scholokhov– la creación de los “Comités de Campesinos Pobres” para dividir a las comunidades rurales y a las cosacas, todo llevó a la destrucción de la vida rural. Las palabras de la Baba de Pasternak en Dr. Zhivago resumen la visión campesina del bolchevismo: “¿Su bandera roja? ¿Qué crees que es? ¿Una bandera? ¡No! Es el pañuelo rojo de la peste, que lo usa como señuelo. Digo bien, como señuelo. La hija de la peste mueve su pañuelo para atraer a los muchachos y llevarlos al matadero, a la muerte, para llamar a la peste que los recoja. Pobres de los que crean que el trapo bolchevique es una bandera: llama a todos miserables, de todos los países, para que vayan todos con la peste “a recibir su tierra”, pero la de la fosa…”

Familia “mujik”, agosto de 1918

En un estilo totalmente diferente, el caudillo militar bolchevique Vladimir Antónov-Ovseenko, encargado de reprimir la Revuelta de Tambov en 1921, expresó una idea similar en su informe final al Consejo de los Comisarios del Pueblo. Analizando las causas del levantamiento armado de los campesinos, relacionadas con acciones previas de requisición de grano, decía que para los sublevados “somos nosotros los merodeadores, los confiscadores de las fuerzas militares, los invasores, el ejército de ocupación”. Desde el principio, los bolcheviques temieron al campesinado y se enfurecieron con su ignorante terquedad. Lenin soñaba con imponer en Rusia grandes explotaciones ceralistas mecanizadas como las de los Estados Unidos, y rechazaba de plano cualquier posibilidad de un éxito del pequeño propietario agrícola de cuño francés. Por eso lo convirtió en un demonio legendario llamado “Kulak” (en ruso, “puño cerrado”, tacaño egoísta), con aspecto de capitalista rural, vampiro de los “campesinos pobres”. No había campesinos ni líderes agrarios en el Partido Comunista; los votos del campo habían ido en bloque a las candidaturas de los SR Izquierdistas, los Socialistas Revolucionarios… ¿A santo de qué había que tener escrúpulos por quitarles el grano que no entregaban voluntariamente? recalcaba Lenin. Eran tan enemigos de la revolución como los SR a los que habían votado…

Huyendo de la revuelta, verano de 1921

En septiembre de 1917, el tercer gobierno provisional había creado un Comité del Trigo para montar el monopolio estatal del grano, y Comités de Alimentación para su distribución. Los bolcheviques habían condenado esos Comités en su momento, pero en la primavera de 1918 los resucitaron, les asignaron unidades de Chequistas armados y los lanzaron a “cosechar”. Maxim Gorki publicaba el 18 de mayo de aquel año, en su periódico Novaija Zhizn, una carta abierta del “Mir” de la localidad de Baska: “El tres de abril llegaron unos trescientos Guardias Rojos que robaron a todos los aldeanos acomodados, es decir, que les cobraron una multa: mil rublos a la mayoría, dos mil a otros, y seis mil a otros más; en total, 85.350 rublos. Imposible es calcular todo lo que se llevaron en harina, ropa, grano etc. Nos robaron a todos. Es penoso contar cómo nos dieron de latigazos; nos dieron tales palizas que aún se me ponen los pelos de punta con sólo recordarlo. Qué horror. Nosotros los de Baska pasamos dos días espantosos, en un estado tal de terror que no tengo fuerzas para describir todos los horrores que nos hicieron pasar.” En otras aldeas, “después de marcharse los Guardias Rojos, y siguiendo el ejemplo de esos bandidos, nosotros empezamos a robar a los más prósperos del pueblo, y también a asaltar los pueblos vecinos por las noches. En una palabra: la vida se ha vuelto insoportable.” Así empezó una guerra más larga y más extensa en su geografía que la propia Guerra Civil entre “Rojos” y “Blancos”.

Campesino ucraniano, 1920

Rusia había conocido a lo largo de su Historia muchas revueltas campesinas, pero la guerra de los bolcheviques contra los campesinos rebasó con creces la violencia de los míticos motines de Stenka Razin y Yemelian Pugachov, tanto por su dimensión geográfica, como por el número de pueblos afectados. A finales de 1918, el Collegium de la Cheká informó al Comité Central de que durante ese año había habido “doscientos cuarenta y cinco levantamientos rurales “mayores” antisoviéticos, sólo en la Rusia Central”. Las rebeliones de los Cosacos de Orenburg, el Don y el Kubán, y la guerra anarquista de los “negros” de Makhno en Ucrania, fueron movimientos rurales al igual que la Rebelión del Volga Medio en 1919, y la Revuelta de Ferganá, en el Turkestán, en el verano del mismo año. En el invierno de 1920, Néstor Makhno contaba con 50.000 hombres; en enero de 1921, el líder campesino Antonov contaba con otros tantos “mujiks” en armas en las Oblasty (provincias) de Tambov y Voronezh. El Kubán y Siberia fueron escenario de grandes rebeliones populares por las mismas fechas. A medida que iba desapareciendo el peligro de un retorno al antiguo régimen imperial, y que la victoria bolchevique en la Guerra Civil se iba consolidando, el número e intensidad de las rebeliones campesinas aumentaba.

Artillería soviética en Tambov (1921)

Al describir la situación de Rusia en 1921, escribía el historiador Mikhail N. Pokrovsky: “La Rusia Central se encontraba literalmente rodeada por un anillo de rebeliones campesinas, desde Makhno en el Dniéper hasta Antonov en el Volga.” No incluía en su relación Bielorrusia, la Cuenca del Don, el Cáucaso, Siberia y el Asia Central. El movimiento rebelde era casi universal, masivo, hasta el punto de que fue preciso emprender un ciclo formal de operaciones militares, comisionada a los mejores conductores de tropas que tenía el Ejército Rojo en aquellos momentos: Tujachevsky, Yakir, Frunze, Fedko y Budienny. Tujachevsky desplegó la nueva artillería “Roja” en pruebas contra la Rebelión de Antonov en la Oblast de Tambov. También fueron ensayados nuevos automóviles blindados, aviones Nieuport de caza y ataque al suelo, y granadas de artillería con carga química de gas mostaza. Todo ello para apoyar un contingente de 45.000 fusileros. Las instrucciones reservadas del Consejo de Comisarios para Tujachevsky eran claras: “La erradicación de esas partidas se debe concebir no como una operación más o menos larga, sino como una misión muy seria, una misión militar muy urgente, una campaña, hasta una guerra en sí misma.” El Ejército Rojo empleó todos los medios a su alcance, haciendo rehenes para luego fusilarlos sin piedad, devastando el territorio y deportando a los vencidos que se rendían.

Tropas soviéticas motorizadas (1921)

Solzhenitsyn estudió en profundidad la Revuelta de Tambov y la represión subsiguiente, sobre las que escribió sus “Dos Cuentos” de 1995. La dureza de la represión fue tal que el Ejército Rojo empezó a dar signos de resistencia a acatar las órdenes; las “operaciones de limpieza” fueron entonces traspasadas a la Cheká/GPU, que hubo de esforzarse a conciencia para coordinar las deportaciones masivas y la construcción de nuevos campos de concentración. En fecha tan temprana como el 9 de agosto de 1918, al recibir la noticia de que había estallado un pequeño levantamiento rural en Penza, Lenin había telegrafiado a la sede regional del Partido: “Desatar terror masivo, sin piedad, contra kulaks, curas, guardias blancos. Stop. Encerrar a todos los elementos dudosos en un campo de concentración fuera de la ciudad. Stop.” Antes aún, el 21 de abril de 1918, la política represiva del estado bolchevique había sido anunciada en su órgano de comunicación Izvestia (Noticias): las rebeliones campesinas eran reediciones de la “Vendée” francesa de 1792, revueltas contrarrevolucionarias, y recibirían el mismo tratamiento que les dispensó la Convención Jacobina, es decir, la represión militar. Hoy en día, la historiografía francesa reconoce que las matanzas a escala general de 1792 en el oeste de Francia sirvieron de modelo militar y de referencia ideológica a Lenin.

Tren blindado, 1920

Para catalogar a los Cosacos, a los “Negros” de Makhno, a los campesinos de Tambov, a los de Siberia y a los del Volga Medio, se empleó el mismo diagnóstico de anatema: La Vendée. Para reducirla se desata una guerra sin cuartel, con toda la fuerza del ejército, empleando a los mejores generales, y todo el material de guerra disponible. Vladimir Antónov-Ovseenko, cuando llegaba a una localidad con sus tropas, mandaba en primer lugar pegar en todas partes un mismo aviso: “Con profundo dolor moral nos vemos obligados a recurrir a la pena de muerte, contra la cual fuimos los primeros en alzarnos. Pero la lucha sangrienta de la fortaleza sitiada por el enemigo mundial no conoce otras leyes. No somos los verdugos, somos las víctimas. Entre dos males, hemos escogido el menor.” Hay un diálogo en el monumental Dr. Zhivago de Pasternak que ilustra como pocos lo sucedido en incontables pueblos rusos: un tren para en la estación de un pueblo y el maquinista pregunta al jefe de estación qué ha ocurrido:

Echaron afuera el Comité de Campesinos Pobres, primero; no obedecieron el Decreto de Incautación de los caballos para el Ejército Rojo, segundo; fíjate que todos en este pueblo son tártaros, quieren mucho a sus caballos; no se sometieron a la Orden de Movilización. Tercero: ya entiendes. –Sí, así todo se explica. Por eso los bombardearon. –Exactamente. –¿El tren blindado? –Cierto.

“-¿El tren blindado?” “-Cierto.”

Los bosques se llenaron de familias que huían de la represión, de hombres que huían del reclutamiento forzoso. Las familias tenían que huir con ellos, porque los Rojos las tomaban como rehenes para castigar la deserción. Los rehenes no tardaban mucho en ser fusilados. Esos desertores, conocidos a veces como los “Verdes”, o como los “Hermanos del Bosque”, no eran “Blancos”, ni mucho menos monárquicos. El conflicto tampoco era todavía una cuestión religiosa. Makhno era un antiguo “bombardero” anarquista, veterano de los presidios de antes de la Revolución. Aleksandr Antonov, el líder de Tambov, afiliado al Partido SR, era otro ex convicto. Querían “Tierra y Libertad”, la “Volia” (libertad, en ruso), que significaba el final ácrata de toda forma de poder y autoridad. Con toda su implacable furia, la ofensiva del Ejército Rojo hubiera tardado mucho en derrotar a los campesinos, de no haber sido por la hambruna, y por la lucidez de Lenin al imponer la NEP o Nueva Política Económica. En marzo de 1921, el gobierno bolchevique dio un giro de 180 grados a su política contra el campo, invocando la necesidad de firmar un “Brest-Litovsk rural”.

Escena cinematográfica sobre la toma de Kronstadt

La Rebelión de Tambov, que tuvo ecos en el Volga, los Urales y Siberia, a la par que el Motín de Kronstadt de los emblemáticos marinos revolucionarios, hizo reaccionar a Lenin de golpe. Unos días atrás había estado hablando, acerca la hambruna incipiente, de “incurias”, “abusos”, “especulación”. Seguía exigiendo investigaciones policiales, requisas exhaustivas y “feroces medidas de terror”. De repente, ese día inició sus discursos afirmando que había que abandonar la “política y las abominaciones de los “Bashi-Bazuks” contra los campesinos medios”. ¿Qué provocó semejante cambio? El levantamiento de la guarnición de Kronstadt, iniciado el 1 de marzo de 1918, hizo mucho ruido dentro y fuera de Rusia por su dimensión simbólica: ¡los marineros rojos! ¡el honor de la Revolución! Engendró toneladas de literatura histórica y de ficción novelada. Sin embargo, no fue más que la insubordinación aislada de 5.000 individuos de marinería. Propagandísticamente devastador, muy desagradable para el movimiento socialista internacional, tanto más cuanto que la “Comuna de Kronstadt” cayó definitivamente ante el Ejército Rojo el 18 de marzo, justo el día del 50º aniversario de la capitulación de la Comuna de París. Trotski, Comisario del Pueblo de Guerra, no le dedicó a tan magno acontecimiento más que un par de líneas en sus memorias. En ellas culpa del motín al “régimen de la ración de hambruna”y lo considera crípticamente “la última llamada”. El “Comunismo de Guerra” fue abandonado en esos días, pero Tambov pesó más que Kronstadt en la decisión. El X Congreso del Partido Comunista, con el cañoneo final sobre Kronstadt como ruido de fondo, contempló con estupor a su líder Lenin sacándose un conejo más de su chistera –y creía que la época de los “sustos” ya había pasado– anunciando la “Nueva Política Económica”.

La Hambruna del 22

En abril de 1921, las ineludibles labores agrícolas de primavera obligaron a los campesinos a dejar su guerra para más adelante. Luego llegó el verano con una sequía tremenda, excepcional, que arruinó la cosecha de los cereales de verano. Y a raíz de esta cosecha fallida se produjo la “Hambruna del 22”. Los campesinos llevaban varios años viviendo desconectados de los circuitos económicos nacionales, y año a año, su producción y su productividad había ido bajando. En 1921, las tierras de labor en cultivo representaban el 75% de la extensión cultivada en 1913. El rendimiento por hectárea había caído de manera espectacular. Sólo se dispone de datos muy generales, muy imprecisos, y se hace necesario echar mano de las medias estadísticas: en Ucrania quedó inculta el 30% de la extensión arable; el 45% en la Cuenca del Volga y en la región de las Estepas. Entre mayo y agosto de 1921 no llovió ni un solo día en Ucrania, ni en el Volga, ni en las Estepas al norte del Cáucaso. En esas regiones vivían 40.000.000 de personas, y producían el 60% de todo el grano nacional.

Cocina de campaña de la ARA (1922)

Las Estepas fueron las primeras en caer: en junio, 1.000.000 de campesinos tomaron sus animales muertos de sed y trataron de llegar al Volga para que pudiera abrevar; muchos murieron por el camino. En julio ya nadie estaba en condiciones de emprender la “marcha de la sed”: no había agua. La cosecha de 1921 no llegó al 33% de lo que fue la de 1913. En los pueblos, eso significó que no había prácticamente ni un grano de trigo. La gente empezó a sangrar a sus animales para beber, y luego se los tuvo que comer; cuando se acabó la correosa carne de las cabezas más viejas, la emprendieron con las hierbas silvestres y el cuero recocido. Epidemias de tifus, cólera y viruela comenzaron a diezmar a la población debilitada por el hambre. Cuando llegó el invierno ruso, proverbialmente duro, la mortandad se aceleró y la escasez se hizo general. 5.000.000 de campesinos murieron de hambre; hubo 12.000.000 de afortunados que fueron salvados de la inanición gracias a la ayuda internacional. Los bolcheviques crearon una “Ayuda contra el Hambre de la Internacional Obrera” a la que contribuyeron religiosamente los sindicalistas y afiliados a los partidos de izquierda de toda Europa. El patriarca ortodoxo Tikhon hizo un llamamiento a todas las iglesias, y recibió una respuesta inesperadamente favorable. Pero de no haber sido por la American Relief Administration (ARA), esas contribuciones se habrían quedado muy cortas. Antes de que la ARA estableciera sus puntos de distribución de alimentos, sólo habían llegado 318.000 toneladas de alimentos, mantas y medicinas. Con la ayuda norteamericana, esa cantidad se decuplicó.

La industria en 1921 era el 14% de lo que fue en 1913

La hambruna quebró cualquier resto de voluntad de resistir que quedara a esas alturas en las zonas rurales. Con una 35% menos de animales de tiro que en 1917, los campesinos tardaron cuatro largos y oscuros años en recuperarse de la catástrofe, suavizados por la “descompresión” económica de la NEP. Después de aquella hambruna, el campesinado perdió los restos de su peso representativo en la vida institucional soviética. Al decretarse la NEP, Rusia se encuentra en una situación apocalíptica, comparable a la de Europa Central tras el final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). El Ejército Rojo y la Cheká habían podido vencer a los adversarios militares y políticos del Poder Rojo, habían abarrotado las cárceles, los campos de concentración y los cementerios, pero no habían podido ponerse aún a edificar un modelo económico y social. Responsable del desastre, el poder soviético realizó una autocrítica limitada, lanzada por el propio Lenin: “Cometimos muchos errores, y sería un crimen mayor no reconocer que hemos sobrepasado la medida […] Sufrimos una derrota en el frente económico, una derrota muy dura […] Nuestro intento por pasar inmediatamente al comunismo nos valió una derrota más seria que todas las que sufrimos a manos de Koltschak, Denikin y Pilsudsky.” Una vez más, el viejo maestro tenía razón.

“Besprizornye”, los niños abandonados de la calle

El producto interior bruto en 1921 era el equivalente al 33% del de 1913, e igual al de 1860. La industria metalúrgica, con una producción anual de 112.000 toneladas en 1920, sumando la fundición de todos los metales juntos, se encontraba al nivel del siglo XVIII. El carbón había escaseado tanto que fue sustituido por la leña, y las demás ramas de la industria apenas habían alcanzado el 14% de los niveles de producción de 1913. 1921 fue literalmente El año desnudo, como tituló su crónica literaria Boris Pilniak. En las ciudades se vivió con desesperanza, y mucha gente huyó de ellas con la falsa ilusión de poder comer en el campo; allí, la desesperación era de peso entre los campesinos; muchos padres acababan por abandonar a sus hijos a las agencias de ayuda internacional porque no podían alimentarlos; por último, el éxodo de los emigrantes de “los viejos tiempos” seguía fluyendo hacia el exilio. Había muerto en Rusia, entre 1918 y 1921, más gente que en toda la primera guerra mundial a nivel planetario, un 8% del total demográfico del Imperio Ruso en 1913. Las ciudades estaban menos pobladas que en 1897, y había menos obreros que en 1880. De los 3.000.000 de proletarios industriales de 1916 apenas quedaban 1.200.000. Esa descomposición de la clase obrera suponía una doble amenaza: una para la economía, y otra para el poder. Pero, dándole la vuelta a las cifras, la ausencia de una clase obrera activa e inquieta, facilitó la instalación de una paradójica “dictadura proletaria”.

El fin de la guerra dejó a Rusia como en 1860

En términos económicos, Rusia había retrocedido más de medio siglo. En medio de ese páramo había plantado un enorme ejército, una gran masa campesina muerta de hambre, y un Partido que era el dueño de todo, y responsable de todo lo que ocurría. La destrucción de la vida económica, institucional, política y cultural, con la desaparición física de sindicatos, soviets, universidades y todo tipo de asociaciones de toda clase, dejó mucho espacio a cubrir por el crecimiento de la burocracia y la militarización del Partido y de la sociedad civil. La salida del abismo se hizo al ritmo de la arcaización y la estatalización. Los campesinos no querían otra cosa que vivir, sobrevivir, y que los dejaran en paz en sus aldeas. El estado quería a toda costa construir, mientras soñaba con el milagro de la revolución socialista mundial. En unas condiciones semejantes, no era posible construir el socialismo, sencillamente porque no había ni materiales de construcción. Se abrió paso un socialismo tarado, retrasado, según Bujarin, atado al pulmón de acero de la NEP, regido por un estatismo partidista, apoyado única y exclusivamente en una burocracia colosal y cautiva. Con tales perspectivas, la sociedad rusa quedó reducida a “una especie de superestructura de una infraestructura que se llama Partido Comunista”, según lo definió Martin Maliá. Lenin predicaba la necesidad de emprender una retirada estratégica para darse un respiro (“peredyschka”) en la construcción revolucionaria. En su libro 1794 versus 1921 dice que, después de su victoria en Fleurus, el poder jacobino no tenía motivo para mantener el “Terreur” y la centralización económica. Según Lenin, Robespierre cayó por culpa de ese error, y la Revolución fue liquidada por el Napoleón de Termidor.

LOS CAMPESINOS: EL NUEVO ENFOQUE DE LENIN (1922-1928)

David Riazanov

Con su línea de la Nueva Política Económica, Lenin ordena una retirada económica momentánea para evitar la ruina. Propone prevenirse contra un “Termidor” político, conservando firmemente el monopolio del Partido Bolchevique y, dentro de él, una férrea disciplina, obediencia total y absoluta. Uno de los teóricos bolcheviques, David Riazanov, define la NEP como un “Brest-Litovsk campesino”, que fue en esencia, una política agraria. Lenin explicaba en 1921, después de Tambov y Kronstadt: “Ahora los campesinos se mueren de hambre; mañana, nos moriremos en las ciudades.” Una de sus últimas máximas antes de quedar silenciado por sus repetidos ataques apopléjicos fue: “Sólo un loco puede pensar en la fuerza para tratar al campesino: un solo camino, la persuasión.” La mayoría de los bolcheviques no pudo nunca entenderla, y siguió considerando la cuestión agraria como un “problema maldito”. Lenin quería infundir confianza entre los campesinos; mientras que a principios de 1921 se pensaba aún en establecer un control directo del estado sobre el sector agrario, el Código Agrario de 1922 atribuye de manera definitiva a los pueblos y comunidades rurales las tierras que controlan de forma efectiva, con retroacción a fecha de 22 de mayo de 1922. Eso, en continuidad con la legislación de 1861 y la del primer ministro zarista Stolypin en la década de 1900, con la facultad para el campesino individual para salirse de la comunidad y de fundar una empresa propia. El derecho de los campesinos al control sobre la tierra que cultiva es definido como un “usufructo”, no como una “propiedad”, que es exclusiva del estado. En lugar de la requisa se impone un impuesto, mucho más alto que el de la época zarista –un 339% más alto– pero que ponía fin al robo legal y a la arbitrariedad; esas medidas se acompañaban del permiso dado al comercio libre.

La recuperación agrícola no alivió la miseria rural

Los campesinos necesitaban ropa y útiles de trabajo; para comprarlos querían vender a buen precio el excedente eventual de su cosecha. Los productos manufacturados eran escasos, malos y caros. Sus precios crecían al doble o el triple de rápido que los precios agrícolas, como bien pudo observar Trotski durante la Crisis de las Tijeras de 1923. Casos concretos (P. Sorlin): un campesino de Vorónezh que en 1923 cultivaba el 100% de su parcela, cosechaba 2,5 toneladas de trigo, o sea, cinco veces menos que en 1913. Después de pagar el impuesto en grano, de reservar lo necesario para su consumo familiar y las sementeras, no le quedaba nada; no podía comprar nada. En Vladímir, pequeña ciudad del Donetz o en Nizhni Novgorod, los rendimientos agrícolas eran mejores, y el agricultor podía vender muy poco, de 0,1 a 0,5 toneladas. Si acudía a la tienda del estado o a la cooperativa estatal, recibía a cambio de su trigo o centeno papel moneda. Si quería comprar ropa, cerillas, clavos o jabón, el gerente de la tienda del estado, que no tenía existencias, anotaba el pedido y le daba un turno para dentro de tres meses. Cuando regresaba, el papel moneda en 1923 había perdido un 8% de su valor cada mes, y los precios industriales habían subido mucho. Resultado: en 1923, para comprar un par de zapatos, un campesino necesitaba trabajar 6 veces más que en 1913. Los campesinos no tardaron nada en comprenderlo y buscaron el camino del comercio libre. Pero la recuperación agrícola fue muy rápida. El nuevo rublo de 1924 la facilitó mucho, para mayor enfado de los bolcheviques, que no veían sino la aparición consentida del capitalismo en el campo. En 1926, la población rural en la URSS era de 120.000.000 de personas, el 80% del total, distribuidas en 28.000.000 de hogares dotados de tierras estatales en usufructo. Sólo 2.000.000 de familias, calculados en unos 8.000.000 personas, no tenían tierras que cultivar.

Las enfermedades infantiles no tenían cura

Según la clasificación “política” bolchevique, arbitraria, 5.000.000 de familias eran “pobres” (20.000.000 de personas) y 1.200.000 familias u “hogares” (5.000.000 de personas) pertenecían a la categoría “satánica” de los Kulaks. Los Kulaks eran los “íncubos”, y los Nepmani, los supuestos nuevos ricos que se beneficiaban de la apertura económica de la NEP, los “súcubos” del diablo en la biblias bolcheviques. En 1921 no existía ningún campesino, de los que hubieran sobrevivido al caos y la guerra, del que se pudiera decir que era rico. Después de la Hambruna del 22, todos tenían que poner dinero sólo para poder volver a trabajar la tierra. Los que habían perdido su caballo y su arado, tenían que volver a comprarlos, o arrendarlos. Pero el estado no les prestaba dinero, porque todo el crédito disponible estaba dedicado a la industria. No había más remedio que pedirle al campesino menos desfavorecido, o más afortunado al salir de la hambruna, que prestara su animal y su arado sobre pagos futuros en especie. Los bolcheviques enseguida vieron en ese pobre hombre a un usurero. Aquél tenía algún animal, y algo de sementera. No era rico; era tan pobre como el resto, pero había tenido suerte: una parcela más fértil, algo de lluvia, ausencia de plagas; un hombre más fuerte, o más joven, o con dos o tres hijos jóvenes. Este campesino acordó prestar sus escasos recursos, a cambio de futuros, del grano que se obtuviera al año siguiente. Después de dos buenas cosechas, la sequía se presentó en 1924, menos grave que en 1921; para los que tuvieron mala suerte, aquello significó la quiebra. El Código Agrario no permitía la enajenación de las tierras, pero sí los contratos de medianía. Así, el campesino prestador se volvía el mediero de todo o de parte de la parcela de su prestatario, quien a su vez trabajaba parcialmente como obrero para el prestador. Los bolcheviques sacaron cuentas y colocaron a 1.500.000 campesinos en esa categoría de “endeudados” en 1925. Y sin embargo, la igualdad en la vida real del pueblo campesino no había sufrido lo más mínimo: simplemente, hoy a uno le iba bien, y a otro no; pero no por eso dejaban de comer ninguno de los dos; era ley de vida, una ley que no quitaba nada a nadie. Nadie se consideraba más que otro por tener que prestarle el tiro y el arado, porque la vida podía darle la espalda al año siguiente, todos los sabían por experiencia. Pero los bolcheviques quisieron ver en esos arreglos de toda la vida un retorno a la “explotación capitalista” que ellos imaginaban.

Los niños ayudaban tan pronto podían trabajar

El supuesto “kulak” no era más que su vecino supuestamente “pobre”: ni vivía mejor que él, ni era un terrateniente, ni un explotador de nadie. Tenía a lo mejor un rocín flaco, un arado y alguna otra herramienta, y trabajaba como cualquier otro unas 10 hectáreas de terreno, suyas o de otro. A veces, llamaba a sus vecinos para que le ayudaran a cambio de comida, casi siempre; arrendaba su rocín y su arado los días que no los necesitaba, e incluso había días en que hacía un jornal para otro vecino. En las mentes bolcheviques, pertenecía al sector más dinámico del campesinado y, si bien despertaba la envidia de alguno que otro, también gozaba del aprecio de mucha más gente, porque su éxito era un seguro para todos, dado que la solidaridad secular campesina no era prescindible. Pero para el Partido Bolchevique, bien alimentado, bien vestido, urbano, era la negación del comunismo personificada. Lo peor del caso es que esa minoría de “negaciones comunistas” aportaba el 20% del trigo que salía al mercado interno, del que se hacía el pan que comían los bolcheviques de la ciudad.

"Desposeídos políticos", marginados legales

En cuanto se atacaba al kulak, la producción descendía. Era indispensable, como lo era el Nepman, el pequeño buhonero ambulante que desde 1921 iba de pueblo en pueblo con su carrito, cambiando jabón, sal, hojas de afeitar y otros productos de consumo doméstico por comida. Pero las dimensiones microbianas de este comercio, tan antiguo y tradicional como la vida de los pueblos rurales, no se ganaba la indulgencia del Partido Bolchevique, que denunciaba a “la burguesía campesina y comerciante”, y al “capitalismo agrario”. Mas tarde, el kulak y el Nepman serían los chivos expiatorios ideales para todos los males de la URSS. Su actividad permitió el resurgimiento de las ciudades. El regreso al comercio libre, la privatización de pequeñas empresas, los “estímulos materiales” cambiaron rápidamente la situación de muchos rusos. Una novela de la época pinta un cuadro bastante clarificador: tras años en el ejército, un hombre vuelve a su ciudad natal, y en la estación puede comprar pan sin hacer cola. Y al cruzar la calle, ve un cartel a mano en una casa: “se vende de todo a todos los ciudadanos, pan y pescado como antes de la guerra, carne y embutidos caseros”. En la tienda hay un mozo sonriente que le explica entusiasmado: “No hemos esperado en vano. Lo que Lenin nos quitó, nos lo devuelve.” Ciertamente, Lenin había “quitado” cuando era “entusiasta” y creía en la posibilidad de “saltar” al comunismo sin transición; ahora Lenin “devuelve” pero sólo está retirándose para tomarse un respiro. El clima comienza a cambiar en todo el país para los que pueden dar fe de un pasado libre de “referencias contrarrevolucionarias”, en una convivencia pacífica de formas capitalistas y socialistas –del estado– de ganarse la vida. Por primera vez en mucho tiempo, la gente podía escoger, comparando precios y calidad, entre la tienda del estado y la del vecino. Se podía ir al teatro estatal o a alguno de los independientes, si los había, en la gran ciudad. La NEP dio sin más la posibilidad de elegir, dentro de los límites que imponía la situación postbélica de la economía.

Los niños de la NEP seguían sufriendo carencias patentes

Moscú recuperó sus niveles de población de 1913 a partir de 1925; sin contar con Petrogrado, en las demás ciudades va ocurriendo lo mismo, y algunas tienen algún crecimiento neto. Empieza a haber un tímido éxodo rural de los ucranianos y caucasianos que, tras sobrevivir al comunismo de guerra y a la hambruna, deciden cambiar de vida. Como el sector industrial se va recuperando con mayor lentitud, mucha gente se ve sin empleo en la ciudad; las “artesanías” particulares autorizadas empiezan a abrir, así como los puestos de “multioficios”. Hasta los que encuentran trabajo tienen muchos problemas para salir adelante. En la ciudad, el problema de la vivienda es terrible: desde 1914 no se ha construido un solo edificio urbano, y muchas quedaron destruidas a lo largo de la década siguiente. El sistema del “apartamento colectivo”, compartido entre varias familias hacinadas, se instala para un futuro de generaciones. La ropa cuesta muy cara, la comida se lleva el 50% de los ingresos. La escasez y las barreras a la distribución hacen florecer nuevamente el mercado negro. En el invierno de 1922 la harina se vende en Moscú al triple del precio obtenido por el supuesto kulak. La fruta, la verdura y la carne, a diez veces su precio en origen. Sólo los nuevos próceres del Partido, el ejército y el estado pueden permitírselo, y no se privan de hacerlo. Quien puede pagar al mercado negro y a las pocas tiendas autorizadas, puede encontrar de todo, como en 1917. Los beneficiarios son personas ostentosas, que hacen gala de una vida de derroche, lo cual pone en las manos de los bolcheviques iracundos pruebas e imágenes palpables para su próximo contraataque contra la propiedad y el comercio.

EL PROLETARIADO POSTREVOLUCIONARIO (1918-1929)

La gente apañaba por sí misma lo que no había en las tiendas

La vieja clase obrera había desaparecido, y sus últimos supervivientes se habían instalado en puestos de mando político y militar. El nuevo proletariado, que crece un 80% de 1921 a 1927, es joven y de origen campesino. No tiene formación, y su prudencia frente a las máquinas hace que se trabaje muy despacio. Para ganarse la vida, hay que trabajar al menos 60 horas a la semana, muchas más de las 40 oficiales; los retrasos y el absentismo laboral son mayoritarios. Esos obreros irresponsables “no quieren bronca”, se mantienen lejos de la agitación política y no saben qué es la famosa “oposición obrera”. Las huelgas del verano de 1923 son desactivadas enseguida y constituyen la excepción que confirma la regla. Los dirigentes bolcheviques son despiadados con el “infantilismo proletario”. Trotski brama contra el “analfabetismo, la mentalidad retrógrada del obrero inmigrante, su falta de disciplina horaria y laboral, su incapacidad para trabajar ordenadamente, falta de instrucción y de formación técnica” en un discurso de 1922. La ausencia de una “clase obrera consciente” justifica a los ojos de dirigentes y funcionarios comunistas la necesidad de reactivar la dictadura y el control bolchevique sobre la población trabajadora. En la NEP el estado se reserva el sector minero, la siderurgia de base y la química pesada; permite la producción privada en pequeños talleres y obradores que produzcan bienes de consumo. A falta de estadísticas, hay casi 2.000.000 de trabajadores en el “sector privado”, que puebla todo un mundo de puestecitos y oficios de poca monta en las ciudades y los pueblos; por ejemplo, los “bajos hornos” o forjas rurales, o las microempresas, con menos de 5 trabajadores, que son el 92% del total. En éstas últimas, el padre y su hijo trabajan todo el año, asistidos en invierno por dos o tres compañeros que trabajan en el campo durante el verano; producen zapatos, ropa y aperos agrícolas.

Proletarios ayer, funcionarios "felices" hoy (1924)

Sólo hay una llamativa excepción a este panorama de gentes flacas y llenas de remiendos que simplemente quieren vivir sin guerras ni atrocidades: el funcionariado. Constituye una novedad con un brillante porvenir, con posibilidades de ascenso y de acceder a productos y comodidades inauditas. En 1913 la administración imperial rusa contaba con 600.000 funcionarios, cacareadísimos como uno de los excesos del zarismo por los escritores e intelectuales revolucionarios; en la soviética de 1928 son ya 4.000.000; el servicio público es una forma fácil de luchar contra el desempleo, y el resultado de la voluntad de enmarcar y controlar a toda la sociedad. En esa burocracia sobra mucha gente incompetente, prácticamente analfabeta funcional. El caso del Comisariado del Pueblo de Justicia es el más flagrante, pero en términos políticos los bolcheviques no ven en él –ni en su Partido de 750.000 miembros en 1924– ningún problema digno de atención, sino más bien al contrario. Los funcionarios y los miembros del Partido son un sector social que recibe del estado todo lo que tiene: sus intereses y sus convicciones hacen que se identifique con el sistema soviético. Los “spetsy” (especialistas) leales, ingenieros y científicos fieles al comunismo, son también protegidos y reciben prestaciones materiales, raciones extra, bonos y pases. “Spetsy”, empleados y miembros del Partido no forman parte de la nueva clase dirigente, ni tampoco una burguesía; son algo mucho peor, la Nomenklatura en ciernes, los que siempre lo ven todo bien si viene de arriba, las élites de los “leales”.

Los "amigos del estado" forman una nueva élite (1925)

En 1924 Stalin señala que en el Partido hay un 57% de “analfabetos políticos”; poco después eleva la tasa al 80%. Eso aniquila la eficacia del servicio público, pero facilita la imposición de una obediencia ciega, una disciplina “total”. Hasta el disidente Trotsky acepta que el Partido sea “totalmente aparte y por encima de todo” y de todos; muerto Lenin, dijo ante el XIII Congreso del Partido Comunista: “Ninguno de nosotros quiere ni puede tener razón contra su partido. En definitiva, el partido siempre tiene razón […] No se puede tener razón sino con y para el Partido, porque la Historia no ha creado otra vía para realizar su razón. Los británicos tienen un dicho histórico: “Right or wrong, my country”; con más razón histórica podemos los comunistas decir: tenga razón o no en algunos puntos, o en alguna cuestión concreta y parcial, es mi partido. Y si el Partido toma una decisión que tal o cual de nosotros estima injusta […] dirá: justo o injusto, es mi partido y aguantaré las consecuencias de sus decisiones hasta el final.”  

 

LA “CARA OSCURA DE LA LUNA” SOCIALISTA

Rosa Luxemburg (m. 1919)

Las concesiones económicas impuestas por Lenin a sus discípulos tuvieron su contrapartida en un control implacable sobre sobre los “no de fiar” en lo político. Lenin subrayó que era imprescindible que el Partido conservara rígidamente “el control político”, siguiera una disciplina férrea en sus rangos y practicara una obediencia total e incondicional a su jefatura. Todas las profecías catastrofistas de Rosa Luxemburg lanzadas en 1918 comenzaron a hacerse realidad en la URSS de cinco años más tarde. El X Congreso del Partido Comunista adoptó una resolución, mantenida como “reservada” o secreta durante los años siguientes, que prohibía la la formación de “fracciones” dentro del Partido; los que no supieron obedecer, o no tuvieron la inteligencia suficiente para aparecer como sumisos subordinados, cayeron en manos de la OGPU, la temible “Administración Política Unificada del Estado” o policía política, que hizo desaparecer físicamente al 25% de los miembros del Partido Comunista por supuesto “desviacionismo”. Así, el Partido Bolchevique fue transformado en nuevo modelo de partido: el Partido totalitario. En su Revolución Rusa, escrita en 1918, Rosa Luxemburg observaba que el “remedio” de la dictadura y el terror era peor que el mal. Anunciaba una marcha fatal hacia el personalismo y la autocracia: “El poder no es nunca una bola de arena que al rodar se disgrega; es siempre una bola de nieve que, rodando, no hace sino crecer y concentrarse.” En 1921 Lenin insistía en que no había que “temer los procedimientos dictatoriales para acelerar la asimilación de la civilización occidental por la Rusia bárbara”, y que “la democracia soviética no está en contradicción con el mando de un solo hombre; desde el punto de vista soviético, el poder personal, la atribución de poderes dictatoriales a una sola persona es una necesidad”.

 

EL FENÓMENO “KULAK” (1929-1932)

Tren de "kulaks" deportados (1930)

El comunista ucraniano Ivan Slinko, de Mirgorod, escribió en 1929 al camarada Kalinin, Presidente del Comité Central Ejecutivo del PCUS, a raíz de los crímenes y abusos que vivió durante la “Deskulakización” desatada unos meses antes: “¿Es que se pueden soportar estas detenciones masivas de campesinos, de campesinos pobres y medios, hasta de antiguos partisanos rojos de la Revolución de 1917? Jamás, bajo ningún gobierno, se habían visto las cárceles tan abarrotadas. La prisión territorial de Lubni tiene espacio para cien presos: han metido en ella a 1.350 personas; la de Romanniy, para ciento ochenta: han metido en ella a 2.000 presuntos “kulaks”. ¿Qué opina de ello, camarada Kalinin? ¿Le parece bien? Lenin decía: “La fuerza del poder es la confianza del pueblo.” Hoy nadie les tiene confianza a los comunistas como yo. Por esa política incorrecta del Partido, dejo el Partido y me uno al partido de la revolución popular campesina.” Slinko no dudaba en denunciar: “¿Quien sino el usurpador Stalin es responsable de la Colectivización forzada del pasado invierno [de 1929-30]? Y ahora nos echa la culpa a nosotros, los comunistas de base.” Varios obreros y empleados de Vologda se atrevieron a firmar una petición dirigida a Mikhail I. Kalinin. Describieron en ella la tragedia los 35.000 deportados hacinados en la terminal ferroviaria de su ciudad: “Los sacaron de los vagones de ganado como perros, y los amontonaron en iglesias y galpones sucios y fríos, tan apretados que no podían moverse y ni siquiera echarse. Ahí los tienen, medio desnudos, en el frío, la suciedad, el hambre y los piojos. Cada día mueren por lo menos cincuenta, y pronto el número de niños menores de edad, inocentes dejados morir en esa cochambre, asombrará al mundo: ya son más de 3.000… Si por lo menos, al pisar los cadáveres de los niños, nos estuviéramos acercando al socialismo o a la revolución mundial, podríamos pensar que no se llega al socialismo sin pagar un precio, pero, de todos modos, así no llegaremos nunca al socialismo.”

HISTORIAS PARALELAS: ALEMANIA y la AVIACIÓN MILITAR. La Luftwaffe en 1941: los vencedores se dirigen hacia el este. Los ataques a los aeródromos soviéticos en junio de 1941 tuvieron mucho más éxito de lo que jamás hubieran podido imaginar los alemanes. Los aviones de combate soviéticos eran destruidos a centenares cuando salían al descubierto en fila y sin hacer intento alguno de dispersarse u ocultarse a la vista de sus enemigos. La publicación oficial soviética de la postguerra titulada Historia de la Gran Guerra Patriótica de la Unión Soviética decía lo siguiente: “Durante los primeros días de la guerra, las formaciones de bombarderos enemigos lanzaron ataques masivos sobre 66 aeródromos de la línea fronteriza, especialmente sobre aquellos donde estaban basados los nuevos tipos de cazas soviéticos. El resultado de estas incursiones constituyó una grán pérdida para nosotros, pues al mediodía del 22 de junio de 1941, unos 1.200 aparatos fueron destruidos, incluyendo más de 800 que no llegaron a despegar.” Pero si el daño material infligido a la fuerza aérea soviética VVS fue grande, no lo fue tanto en lo que respecta a las pérdidas de pilotos adiestrados. Además, la falta de bombarderos adecuados de gran radio de acción por parte de los alemanes significaba que las fábricas soviéticas de producción aeronáutica, trasladadas a la región de los Montes Urales, e incluso más allá, en el este asiático, Siberia occidental y central, quedaron fuera del alcance del invasor.

Con la VVS fuera de combate, la Luftwaffe pudo volver a su acostumbrada misión de dar apoyo al ejército. Se repitieron los ya probados métodos de utilización de todos los aviones de bombardeo disponibles contra las comunicaciones enemigas, concentraciones de tropas e incluso de apoyo táctico, con los que tantos éxitos se habían cosechado en Polonia, Francia, Europa Occidental y la Península Balcánica. Como en ocasiones anteriores, el rápido avance del ejército alemán por la Polonia ocupada por los soviéticos, y posteriormente por Ucrania y Bielorrusia, hicieron cambiar las cosas. Además, los aviones en que estado mayor de la Luftwaffe había confiado para reemplazar a los ya superados He 111, Ju 87 y Bf 110, que eran el bombardero Heinkel He 177 y el cazabombardero Messerschmitt Me 210, estaban sufriendo una serie de contratiempos que amenazaban con hacer fracasar sus proyectos de desarrollo. Los errores cometidos en los dos últimos años de preguerra, 1937 y 1938, dejaron sentir sus efectos. Era ahora cuando el fracaso del antiguo as de caza de la primera guerra mundial Ernst Udet, al no conseguir mantener a la Luftwaffe equipada adecuadamente con máquinas avanzadas y periódicamente actualizadas, tanto en calidad como en cantidad, se evidenció en toda su extensión y gravedad. La salud de Udet, afectado de graves problemas personales e incluso mentales, empezó a resentirse; sufría constantes hemorragias nasales e insoportables dolores de cabeza, debidos en parte a una antigua toxicomanía nunca totalmente curada. Finalmente, arruinado psíquica y físicamente, se suicidó el 17 de noviembre de 1941, de un tiro en la cabeza.

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